Top 2025 – 4. The Mastermind

En el cine de Kelly Reichardt todo parece sencillo. El conjunto resulta de la suma de partes reducidas al mínimo, de escenas descompuestas en planos sobrios, austeros, aparentemente simples. Y, sin embargo, al ponerlos uno al lado del otro, Reichardt compone no solo la compleja psicología de un personaje, sino la realidad de una época: la de los Estados Unidos de los años setenta, con el malestar social provocado por la guerra de Vietnam y las políticas de Nixon como telón de fondo; un país que parece avanzar por inercia, donde los relatos heroicos han quedado enterrados en el pasado.

Si tanto en Meek’s Cutoff (2010) como en First Cow (2019) la directora se encargaba de deconstruir los códigos del western para hablar de los orígenes de la nación americana, en The Mastermind hace lo propio con el género de atracos —junto al propio western, uno de los más inherentes a la cultura norteamericana—. En la primera mitad, al ritmo de melodías de jazz, la película elabora de manera meticulosa el crimen perfecto. Todo parece sencillo en la era pre-digital, dónde no existen cámaras de vigilancia ni historiales de búsqueda. Reichadt transporta esa sensación de libertad y, más que eso, la ligereza que conlleva, a cada escena de la película.

El ladrón, un padre de familia en paro con gran sensibilidad artística y mucha picardía, poco tiene que ver con los clásicos atracadores made in Hollywood. Por eso, y porque es imposible remar en contra del encanto de Josh O’Connor, por un momento pensamos que tal vez todo saldrá bien. Pero su astucia se transforma en patetismo cuando la policía captura a uno de sus socios —el más volátil de los que integran la banda— y ordena su detención. Entonces empieza la huída, la destrucción del mito. El tono ligeramente cómico de la primera mitad se vuelve ahora amargo. La dureza de la realidad sustituye las maquinaciones fantasiosas. El protagonista, despojado de bienes materiales, recorre el país sin rumbo ni plan, y arrasando con la noción de familia por el camino. Y en esta huída no hay ni exaltación ni gloria, solo desdicha y, lo que es peor, insignificancia.

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