Los domingos, a propósito de Alauda Ruiz de Azúa
No es habitual toparse con sensibilidades especiales. Gente con capacidad para mirar y preguntarse acerca de lo que les rodea desde un prisma distinto. Y si ya es raro encontrar este perfil de personas, lo es mucho más si a esa personalidad se le suman factores como la madurez. Alauda Ruiz de Azúa irrumpió en el panorama fílmico español con una desgarradora Cinco lobitos que no tenía derecho a funcionar lo bien que lo hacía. Una ópera prima cargada de un saber estar prodigioso para alguien primerizo y rebosante de una lucidez y atención al detalle, que no harían más que confirmarse con sus posteriores proyectos. Con Querer, enriqueció la capacidad de establecer un entramado relacional complejo como hizo en su primera película, añadiéndole aquí una fuerte y delicada carga temática que evidenciaba una cualidad que su última película hasta la fecha pondría en primer plano: la curiosidad. Los domingos aúna a la perfección el crecimiento de una autora que se está consolidando como una de las grandes mentes inquisitivas de la industria en España. Mantiene el cuidado por los pequeños detalles en las relaciones entre sus personajes, trabajados y elaborados con mimo y siempre con espacio para que respiren de manera fiel a los pilares que los conforman; y también añade la complejidad temática de abordar una problemática real desde un enfoque poco convencional o menos habitual. Todo esto aderezado con su más que contrastado trabajo actoral y condensado en el limitado metraje que una película ofrece en contraposición a una serie. Los domingos, como el resto de su todavía corta filmografía, cuestiona los pilares en los que sustentamos nuestra vida de manera casi automática, dando por sentado que nuestra manera de funcionar es la correcta. Y es precisamente en esa disonancia que se crea cuando rompemos nuestra burbuja donde la carga emocional explota. La incomprensión sale a flote como leitmotiv temático en su obra y siempre lo hace desde un entorno tan cercano como lo es el del núcleo familiar, planteando toda una serie de ambivalencias afectivas que están profundamente arraigadas en lo no verbalizado de aquello que nunca hemos cuestionado. La familia de Ainara en Los domingos queda completamente desarmada ante las tentativas de esta por meterse a monja; en Querer, Miren deja fuera de juego a su marido y a sus hijos al poner su denuncia por violación continuada; y en Cinco lobitos, la maternidad de Amaia cuestiona su rol como hija antes de que pueda reforzarla como madre. Todavía es pronto para auspiciar nada de manera definitiva, pero desde su debut Alauda Ruiz de Azúa ha demostrado una madurez poco habitual, exenta de juicios fáciles y sostenida en una mirada que se retira lo justo para dejar que sean los personajes y sus contradicciones quienes ocupen el centro. Un cine donde no hay villanos absolutos ni respuestas cerradas, solo vínculos que se tensan cuando aquello que parecía incuestionable deja de serlo. En un panorama que a menudo diluye su contundencia con el subrayado, la obra de Alauda reivindica la duda, la escucha y la incomodidad como formas legítimas de relato. Y solo por eso —por recordarnos que pensar y sentir no siempre van de la mano— su presencia resulta no solo necesaria, sino profundamente refrescante.







