Cómo se gestiona la pérdida es uno de los desafíos que aparecen ante nosotros, con suerte, no demasiadas veces a lo largo de los años. El sentimiento es muy similar, según explican los expertos, si el ser querido fallece o solo se va tu vida. Obviamente es un proceso realmente complicado y no siempre se maneja de la misma manera. Suena lógico, pero aquí la razón entra en crisis o directamente se pausa porque lo emocional altera todo hasta tomar el control, tanto que siempre escala a lo físico en diferentes niveles. Probablemente en ese punto, varado, se encuentra Karsh (Vincent Cassel), que sueña con el cuerpo de Becca (Diane Kruger), su mujer fallecida, y lo imagina a veces en una especie de cripta o de nicho, parcialmente mutilado por las cirugías a las que fue sometido con el avance de la enfermedad incurable que padecía, situándose él como inquietante observador del otro lado. Atrapado en el duelo ha llegado a modular su vida por fuera y por dentro, haciendo burdos cambios como cambiar de casa, pero también entregándose a un nuevo negocio literalmente de ultratumba: poder acompañar y ver a tu ser querido en el camino de la muerte, si es que ese camino existe como tal. Es realmente truculento e incluso amenazante. Lo es desde el principio en realidad, primero con la visita al dentista que le dice que sus dientes se están pudriendo, aunque sea figuradamente, por ese duelo tan dilatado. A continuación durante la cita a ciegas, donde Karsh se pone, como él mismo advierte, oscuro, sin contar el propio escenario para el encuentro: un restaurante con vistas al cementerio, y confiesa la pulsión que tuvo al enterrar a su mujer: no quería dejarla sola allí en el ataúd, estaba siendo arrastrado físicamente a compartir ese viaje; la cita, aún atraída por el viudo, se ve superada cuando ve en directo la traslación de esa necesidad y el estrecho vínculo que tiene con su mujer muerta, con su cuerpo en descomposición: la tecnología que han inventado permite recrear una imagen 3D del cadáver que descansa en un sudario desarrollado para ello… Hay algo descorazonador y fascinante al mismo tiempo. Una vuelta de tuerca que haría las delicias de un Poe posmoderno (aunque esto de la posmodernidad está fuera de tiempo y de juego). Los sudarios, siendo cine de género, es principalmente el bestiario de David Cronenberg. El cineasta canadiense maneja su propio duelo particular (su mujer falleció en 2017 y como él mismo ha declarado en diversas ocasiones este film surge de esa pérdida: es obvio desde los mismo planos iniciales, la elección de Cassel como protagonista y su apariencia tan cercana al director) partiendo de su extenso y personalísimo fondo de armario y lo hace de manera realmente extraordinaria porque no hay nada convencional ni vulgar en sus formas, tampoco en sus obsesiones. Originalmente el proyecto iba a ser una serie (Netflix la canceló sin llegarse a rodar nada, solo con la idea y algunos guiones) y lo cierto es que, sin ser precisamente un defensor de las mismas, y menos con la saturación y baja calidad en general que hay en la actualidad, me aventuro a creer que el resultado habría sido aún mejor o al menos habría ido mucho más lejos en la imaginería e indagación que aquí se enuncia más que se encara… quizá porque temo en lo más hondo que esto es casi como un réquiem.







