Top 2025 – 5. A la deriva

Para mí Jia es sinónimo de cinefilia incipiente e inexplicable cuelgue asiático, a rebufo de aquella ola —esperanzadora, genialoide, desacomplejada y honesta— que arrasó los cimientos del clasicismo (perdón: de mi concepción del clasicismo) a principios de siglo.

¿Qué cómo describiría su cine a alguien que todavía no lo haya descubierto? Pues son danzas sinfónicas —tristes, muy tristes— alrededor de la China contemporánea, esa que pretendió abandonar dogmas y flexibilizar sistemas económicos… pero sin cambiar de Régimen. Y eso mientras todo el mundo le aseguraba que no, que no se podía.

Y sí, sí que pudo. Fácil: sin consultas, sin plebiscitos, sin necesidad de consenso alguno. Con la férrea voluntad de unos pocos y la innegable recompensa de un incremento en los bienes de consumo a disposición de una creciente mayoría, algo que no va necesariamente ligado a una mejora en la calidad de vida. Zhangke está ahí para recordarnos que el Paraíso es un constructo (del partido único, en este caso) y que las fábricas que siempre parecen amenazar ruina, los páramos recién terraplenados, las excavadoras abriéndose paso entre los cascotes y los personajes solitarios caminando con su petate al hombro por el yermo testimonian un fracaso, una quiebra global a manera de corolario de un capitalismo free style que mantiene intacta su capacidad letal.

Sus personajes en tránsito atraviesan —¿bailan?— a través de ese paisaje apocalíptico, bajo neones de megaciudades alzadas en tiempo récord, entre pomposas tramoyas de parque temático o dolorosos recuerdos amontonados de cualquier manera en el descansillo de la escalera. Se les ve resueltos, seguros de sí mismos, con los nuevos mantras bien asimilados: enriquecerse no es malo (siempre que no queden muchos testigos de cómo se forjó esa fortuna), tener amores imposibles es un buen pasatiempo entre tanto pragmatismo y, en última instancia… el (aparente) disfrute colectivo sirve para apaciguar las ridículas ansias de individualismo.

A la protagonista de A la deriva —herida, ni que decir tiene— la seguimos en tres momentos muy específicos de su vida, terminando con los coletazos pandémicos en otra capital del comercio futuro. Ha amado, ha peregrinado en pos de los escombros de un amor con sordina y por último ha acabado recalando en una distopía de robots monocordes, agua nieve, ejercicios armónicos y disciplina laboral convertida en religión de Estado.

Ni una palabra de más, ni una palabra de menos. Siempre a la expectativa, viviendo en la esperanza de que el Otro abandone sus ambiciones y vuelva al presente. Un presente quizás poco halagüeño, carente de toda sofisticación. Aun así, el único atisbo de felicidad que recuerda: cuando no éramos grandes, cuando no formábamos parte de ningún plan quinquenal.

Y así, al alimón —pero con múltiples bajas amontonándose en las cunetas, vencidos por el esfuerzo y el peso de los sueños incumplidos— camina la inminente primera potencia del mundo. De ese mundo a la deriva, con la capacidad de sorpresa anestesiada y el ronzal bien amarrado al hocico.

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