Hamnet, de Chloé Zhao

Cómo hacer que Shakespeare gane el Oscar

Las obras universales permiten, a los que saben hacerlo, que se juegue con ellas, que se las reformule, se las adapte a los tiempos, se les busquen significados ocultos o pasajes ignorados. Hay, en la filmografía internacional, todo tipo de adaptaciones de las obras de Shakespeare. Las hay plenamente conseguidas, como serían los casos de Orson Welles con Othello (1951) y Campanadas a medianoche (1966), Akira Kurosawa con Ran (1985) o Kenneth Branagh con Enrique V (1989), autores que captaron la esencia de la pieza teatral y le dieron una dimensión plenamente cinematográfica. Algunas adaptan la escena y refuerzan la palabra con una puesta en escena que trata de ignorar el origen pudiendo ser algo acartonadas o alcanzar la épica o el lirismo. Hay que ver y comparar obras como El Mercader de Venecia (Michael Radford, 2004), las versiones de Ricardo III (Lawrence Olivier, 1955; Richard Loncraine, 1995), Coriolanus (Ralph Fiennes, 2005) o los muy diferentes Hamlet (Lawrence Olivier, 1948; Aki Kaurismäki, 1987; Franco Zeffirelli, 1990; o Kenneth Branagh, 1996, son autores de algunas de incontables versiones) o Macbeth (Orson Welles, 1948; Akira Kurosawa, 1957; Roman Polanski, 1971; Justin Kurzel, 2015; William Oldroyd, 2016; Joel Coen, 2021). Algunos autores topan con un muro al tratar de adaptarlo. Michael Almereyda en un par de ocasiones, con Hamlet (2000) y con Cymbeline (2014). Otros juegan, libremente y con cierto éxito, con él, adaptándolo al musical. Branagh, sin duda, con Trabajos de amor perdidos (Love’s Labour’s Lost, 2000). Pero también están Jerome Robbins y Robert Wise, Baz Luhrmann y Spielberg y sus versiones de Romeo y Julieta. Alguno como Julie Taymor desarrolla una apuesta estética que refleje el terror (Titus, 1999). Finalmente, hay quien lo utiliza para reflexionar sobre el teatro, la puesta en escena y la interpretación como serían los casos de Looking for Richard (Al Pacino, 1996 ) y, una vez más, Branagh en En lo más crudo del crudo invierno (A Midwinter’s Tale, 1995) o el insólito Grand Theft Hamlet (Sam Crane, Pinny Grylls, 2024).

Sirva esta lista, absolutamente incompleta y errática, para entender que las obras maestras pueden, deben, usarse, tanto como reverenciarse, para crear nuevas obras que puedan constituir apuestas innovadoras e interesantes… Pero hay quien toma el nombre del bardo en vano. Hay cierta película (cuyo solo nombre me desencadena reflujo y náuseas intolerables) que arrasó en los Óscar basándose en una supuesta relación amorosa de Shakespeare con una noble patrona. Aquella boba comedia romántica ha sido justamente olvidada (pese a lo cual las plataformas están actualmente recuperándola) y bien poco aportaba al conjunto de películas basadas en las obras inmortales del autor de Como gustéis. El éxito de critica y lectores de la novela Hamnet (Maggie O’Farrell, 2020) ha dado pie a una versión cinematográfica. Nada que discutir aquí. Tampoco nada que discutir sobre el hecho de que la trama imagine pasajes de la vida de Shakespeare que son recreados con libertad o directamente imaginados. Para eso están las versiones, la autoría y la reelaboración de los palimpsestos, sean literarios o cinematográficos. Tal vez el problema de una obra como Hamnet (la película) radica en su condición de producto y en que sus productores (llámense Steven Spielberg o Sam Mendes) no se proponen tanto una obra autoral como, precisamente, un producto que debe darles réditos.

Sin entrar en las diferencias (notables) que existen entre la novela y la película (de nuevo, una opción plenamente lícita desde el instante en que O’Farrell firma también el guion), el problema de la propuesta radica en que se desarrolla con un objetivo más crematístico que artístico y ello se nota, desafortunadamente, en la construcción de la cinta. La historia que se desarrolla más allá de los primeros sesenta minutos considera la vida de Shakespeare (cuyo nombre no se menta hasta la penúltima secuencia) como parte de un drama de época. La relación del escritor con su mujer Agnes y el nacimiento de sus hijos, Susanna, Judith y Hamnet, es narrado con agilidad y dando preeminencia absoluta, punto de vista narrativo incluido, a Agnes. Su relación con la Naturaleza y su lado esotérico adquieren relevancia y dan consistencia al personaje, muy por encima de la definición que se hace de su pareja. Es un aspecto que se podía encontrar en la errancia en espacios abiertos de los protagonistas de las películas anteriores de Zhao, The Rider (2017) , Nomadland (2020) o Eternals (2021) y que se integra perfectamente en la historia que se cuenta. Sin embargo, a partir de una tragedia familiar, el personaje de Agnes se reduce a una madre doliente y reaparece (aunque sin excesiva relevancia argumental) el de Shakespeare. A partir de este nudo, Zhao desplaza la acción del campo a Londres, al Globe, dónde William estrena Hamlet. Y es allí dónde se culmina el plan (o, quizás) el despropósito. Aunque no hemos sabido prácticamente nada de la creación literaria hasta este momento, Zhao cambia el punto de vista de su protagonista para lucir cómo una obra cumbre de la historia se revela, entre líneas, para una espectadora implicada, como la catarsis del dolor. Si el conjunto de Hamnet hubiera evolucionado combinando lo íntimo y lo supremo, tal final habría sido coherente. Sin embargo, el salto de dimensión de lo personal a lo universal se releva como la culminación de un artificioso plan para asociar emotividad y arte. Si en el grito de dolor de Agnes entendí una reivindicación por el Oscar interpretativo (sí, ya veo que estoy poniéndome muy cínico), la elevación de la banda sonora y el cambio de primer plano de Jesse Buckley (numerosos en toda la cinta) a una panorámica sobre el público que se arremolina junto al actor que interpreta Hamlet son la indicación para que el respetable se eche a llorar y las luces de la sala pillen a todo el mundo in fraganti, pañuelos en la mano.

Es cierto que Hamnet no es el ridículo que fuera la película de John Madden (como verán me niego a nombrarla). Pero es una lástima que intenciones tan claramente de marketing dejen perder una historia y un personaje que daban mucho más de si. Y me refiero, por supuesto, a Agnes y a Hamnet. De William Shakespeare ya hablan bastante las muchas, grandes, películas realizadas sobre sus obras.

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