Entre la meticulosa sutileza del post-humor a croma descubierto de Algo muy gordo (2017) y el ejercicio de terapia flagelada y autobiográfico de Doctor Portuondo (2021), el nuevo trabajo del director Carlo Padial, Pizza Movies (2026), supone un encomiable y enternecedor alegato sobre el absurdo del arte y aquellas ideas que, pese a todo, sobreviven a su rentabilidad. A favor de su particular poética de la guasa, el elenco de sospechosos habituales constituyen un conjunto que se nutre de la afinidad a dichos tiempos cómicos, trabajando una serie de secuencias que funcionan desde su misma independencia. Sin embargo, el corazón y la razón de ser de la película —coescrita junto a Desirée de Fez y Carlos de Diego— se sustenta a través de la complicidad nerviosa de la pareja protagonista: Judit Martín y Berto Romero, sobre los que es posible dilucidar el alter-ego de sus respectivos responsables.
Marcada por la insatisfacción depresiva de una modernidad incierta, el planteamiento central sucede a expensas de un paisaje urbanita perimetrado por esas finas ironías que caracterizan el sentido del humor y el sinsentido de su devenir. Entre sus distintas fijaciones, hay una crítica divertidísima a la propia crítica cinematográfica —curiosa la experiencia ‘meta’ de ser vista en pase de prensa—, donde retrata la precariedad y los dejes del oficio con una propiedad profundamente sentida sobre la que es posible, desgraciadamente, verse reflejado. Abogando por reírse de sí misma, la película ultima un delirio cada vez más retorcido donde lee dicha realidad con una cierta estima, mostrando a estos perfiles extraños (los críticos) desde una complicidad sentida que culmina como una pertinente y alegre reivindicación de la profesión.
Otra de sus obsesiones está vinculada, como no podía ser de otra manera, al dinero. El salto al negocio que anhelan sus protagonistas —una pizzería con temática de cine— se ve frustrado por las expectativas de comprobar cómo todo está sujeto a un sinfín de gastos y directrices que escapan a la idea preconcebida del mismo. Siguiendo esa línea, la secuencia que corresponde al personaje del siempre ocurrente Javier Botet, donde interpreta a un tipo de chef iluminado por su propia convicción del ridículo, resulta plenamente representativa de aquellos perfiles patéticos ligados a redes sociales que pertenecen a gurús digitales y proto-influencers. En la conexión de su pasión ilusa y el descubrimiento progresivo de estos impedimentos, la película termina operando como una estimable llamada a la resistencia contra aquello que la burocracia capitalista, por un motivo u otro, siempre va a intentar tumbar.
Esta última fijación cobra especial fuerza en su último tercio, donde, a pesar de sus buenas intenciones, los protagonistas se deben enfrentar a una demanda por derechos de autor al utilizar diseños de películas conocidas en sus pizzas. En vista de semejante disparate —postura que solo podía defender el talento incombustible de Miguel Noguera—, lo cierto es que no es algo tan descabellado si tenemos en cuenta cómo la justicia toma por válidos estos temas; donde es posible pensar en casos recientes como el de La Filmoteca Maldita y FlixOlé, sobre el que resuena el ideario de esas empresas que se lucran de la privatización y el dominio de una cultura sellada al vacío. Sin abanderarse de nada, el film funciona como un ejemplo de esa libre expresión, del valor genuino del absurdo y de todo aquello que atenta contra los que buscan ostentar más poder a costa de su persecución.
Más allá de adoptar una evidente postura política, el nervio primordial de Pizza Movies se recompone desde la estima de llevar a cabo un proyecto común, por más descabellado que parezca. Esta existe desde sus buenas intenciones y denota el cariño por su creación y, aunque sea desde una acidez afilada e incisiva, hay un tipo de belleza en esa manera de observar el mundo que les envuelve. Una película ideal para todos aquellos que miran continuamente cómo sube el precio del taxímetro.







