Una película en la que vivir
Creo haberlo dicho en ocasiones anteriores. Pese tener dos docenas de películas identificadas como mis favoritas, no elegiría ninguna en la que vivir de entre todas ellas. Demasiado complejas, demasiado peligrosas, demasiado… bigger tan life. Vaya, por eso nos suele gustar el cine. Por llevarnos más allá de la vida, por mirar la vida desde un plano superior. Como si el cine nos otorgara una mirada más certera, un discernimiento del que carecemos fuera de la sala oscura.
Hay, no obstante, determinadas obras que podrían tener continuidad fuera del cine, a plena luz. Películas que podrían tener lugar en nuestro barrio, en la casa del lado o, tal vez, en nuestro propio domicilio. Y eso las hace entrañablemente próximas a nosotros. Hace años vivía esa sensación con las Comedias y Proverbios, o con los Cuentos de las Cuatro Estaciones, de Eric Rohmer. Las dudas de la juventud, la pulsión sexual torpemente oculta, las amistades fugaces y las que se perdían o la fascinación por lugares o personajes que, tal vez, no merecían tanto la atención del protagonista o del espectador tenían, para mi, auténtico encanto. Ha pasado el tiempo, mucho tiempo, y ahora siento una relación semejante con las obras de Hong Sang-soo. Las obras del coreano, pese a la enorme distancia cultural, pese a la presencia de personajes con rasgos sospechosamente machistas, se sienten próximas. Tal vez sea el escaso trabajo de puesta en escena, que consigue una sensación de realismo en todas las escenas. Tal vez sea la indefinición argumental y la improvisación actoral, que refuerzan el verismo de unos diálogos que, por banales, suenan naturales. Hong pone en evidencia a menudo el vacío en la vida de numerosos personajes, su incapacidad para relacionarse con normalidad con su pareja, amigos o conocidos y la irregularidad que parece flotar en el ambiente social, fruto a partes iguales de personajes egocéntricos o en situaciones embarazosas. A miles de kilómetros de distancia, este peculiar francotirador de la cinematografía coreana nos trae escenas que nos pueden resultar muy próximas.
Puede que ¿Qué te dice esa naturaleza? no sea la mejor obra de su autor. Nuestro día (2023), en su sencillo y breve metraje, expresaba mejor y con más optimismo un mensaje sobre la posibilidad de vivir felizmente, siendo consciente de la fragilidad de la vida pero gozando de todas las opciones (gracias, en parte, a sus bien distribuidos 83 minutos frente a los 108 de esta nueva obra). Sin embargo, el autor de Right Now, Wrong Then (2015) consigue mostrar con ironía, una vez más, las torpezas que salpimentan nuestros actos. La cinta se abre con la llegada de una pareja al domicilio de esta y a la sorpresa del joven al comprobar que se trata de una finca ajardinada en lo alto de una colina. La oportunidad de visitar la casa que ella ofrece y a la que él se acoge sin dudarlo tiene un giro inesperado al encontrarse en el jardín con el padre de la chica. Más adelante, Hong nos permitirá dudar acerca del conocimiento que ella tenía sobre la presencia o ausencia del padre y de si la supuesta casualidad no ha sido más que una treta de ella para forzar el encuentro. A partir de allí, la situación evoluciona de modo harto curioso. El padre de la joven inicia la relación solicitando probar el viejo vehículo del novio para, un rato después, invitarle a pasar el día juntos. En tono campechano le mostrará la casa y los jardines, reivindicando (con mal disimulada soberbia) el trabajo llevado a cabo para emplazar en ellos los restos de su madre o diversos miradores desde los cuales contemplar la puesta del sol. El joven, por su parte, reaccionará con una actitud sumisa, complaciente y aduladora, alabando la relación que finca y propietario mantienen con la naturaleza.
La situación se forzará a partir de la aparición de la hermana de la joven que considera al novio como un vividor que tiene, tras una fachada de modestia, el respaldo de su padre, un abogado famoso y acaudalado. Hong Sang-soo desarrollará la trama como un juego de gato y ratón, que culmina en una cena dónde el joven sucumbirá a las abundantes libaciones de soju y otros licores (cómo no, secuencia imprescindible en cada obra del autor) hasta el punto de, primero, explotar contra las insinuaciones de su posible cuñada y, segundo, caer dormido.
En esta ocasión Hong Sang-soo ejerce, en cierto modo, de demiurgo. Así, el anfitrión evoluciona de un carácter falsamente modesto (en su afán por lucir jardín, mansión y banquete) a un taimado estratega que pretende destapar la verdadera identidad de su posible yerno para, finalmente, revelarse como un padre que desea lo mejor para su hija permitiéndole la libertad de escoger y equivocarse. Frente a él, el joven novio acaba resultando un pobre iluso que pasa de ver abiertas las puertas del cielo a encontrarse maltrecho y, literalmente, tirado en la carretera (en un final tan patético para él como divertido para el espectador).
No puedo, ni quiero, identificarme con ese padre aparentemente todopoderoso. Ni con el torpe joven que fracasa en su primera visita a los suegros (aunque eso también lo he sufrido). Pero no me es nada ajena la sensación de haber presumido de algo más allá de lo razonable, como el primero, o, como el segundo, haber forzado una actitud de humildad o falsa modestia para obtener aprobación. Y, desde luego, en más de una ocasión, la bebida trasegada en una cena (y lo que después ha venido) me ha dejado en un estado lamentable como a los personajes de Hong… Tal vez, por reconocerme en esa fragilidad, siento que podría vivir, y hacer el ridículo, en más de una cinta de Hong Sang-soo.








