Wendy y Lucy (2008)

El ecofeminismo de Kelly Reichardt

Wendy y Lucy, Lucy y Wendy son dos seres outsiders, fuera de la sociedad. Lucy, al ser una perrita, es más, si cabe, marginal. Como muchas otras personas y animales, sufrieron las consecuencias de la profunda depresión tras la crisis financiera del 2007, que acarreó la pérdida de muchos empleos y, como consecuencia inexorable en muchos casos, de un techo en el que cobijarse. Esta historia da fe de una realidad que se repite una y otra vez y cada vez más en EEUU, el que se creía —y se sigue creyendo, pese a sus enormes miserias y contradicciones— “el país más rico del mundo”.

Veamos, pues, más a fondo como son sus dos personajes protagónicos, Wendy y Lucy. No es casual que sean una mujer y una perra sus protagonistas, como veremos más adelante. Wendy está interpretada por Michelle Williams, su actriz fetiche que, desde Dawson crece, se ha forjado una carrera en la que ha participado en grandes películas junto a Kelly Reichardt como Certain Women: Vidas de mujer y también en grandes hitos como Los Fabelman, Take This Waltz, Blue Valentine o Brokeback Mountain. Con un carácter humilde y sumiso ya que no forma parte del tejido productivo y eso hace mella en su carácter —solo grita en la intimidad cuando las circunstancias la hacen insoportable— Wendy va sobreviviendo como puede y obedeciendo las órdenes absurdas que la van imponiendo, como la Wendy del cuento de J. M. Barrie Peter Pan. Lucy, una mezcla de labradora como mi perro Sitxes, está interpretada por la que fue la querida compañera de la realizadora y su amor incondicional, su perra Lucy. Aparece en los créditos finales de otras películas como Old Joy y la dedicó la película Certain Women tras su fallecimiento. Es una pieza clave de la película, del cine de Reichardt, de su vida y, por supuesto, uno de sus ejes de su universo filosófico-fílmico por cuanto representa el eje animalista del pack feminista-ecologista-animalista que compone su ecofeminismo, que analizaré más adelante. A esta fidelidad hay que añadir a su guionista habitual, Jonathan Raymond. Así, fruto de un equipo compacto y sólido es como se crea esta cinematografía tan estructurada y personal que compone el cine de Kelly Reichardt.

Siguiendo con sus protagonistas, Wendy y Lucy, estas vagabundean con las ganas de llegar a Alaska donde se le promete un trabajo a Wendy y un futuro esperanzador para ambas. Aquí entronca con nuestra hispana Lobo (Alfonso Cortés-Cavanillas, 2023), donde la protagonista también huye con su perro con inicios distintos, aunque consecuencias similares. Así, en este viaje rumbo a la tierra prometida, como si de un thriller kafkiano se tratara, se van sucediendo acontecimientos a cuál más surrealista: No se puede conseguir un trabajo sin una dirección, pero tampoco se puede tener una dirección sin un trabajo. Nos viene inmediatamente a la cabeza por temática y por estética la magistral y triste a la vez Umberto D. Asimismo se acerca a las y los nómadas por necesidad en búsqueda incesante de empleo precario en Nomadland de Chloé Zhao y a la desasosegante Tierra de abundancia, de Win Wenders, con la misma actriz Michelle Williams; ambas críticas con ese sueño americano que parece desvanecerse. Por supuesto también nos recuerda a Don Justo que busca incesantemente a su perro perdido en Historias Mínimas de Carlos Sorín.

De estos desfavorecidos habla siempre Reichardt y en concreto de lo femenino, ya que como bien decía Carmen Sarmiento, “la mujer es el sur de todos los nortes”. Sus personajes están siempre al borde de la desesperación y al límite, luchando por lo más básico, poniendo de relieve lo que somos como especie humana en esencia, nada más. Para ponernos en situación, y más allá de esta cinta, el cine de Kelly Reichardt presenta un arquetipo de fondo y forma. De fondo, los mismos intereses y reivindicaciones ecofeministas. De forma, un nuevo neorrealismo, una mezcla muy suya del influjo de esos cines de los años 60 que revolucionaron el cine, por cuanto es un cine minimalista con música diegética intencionada para dotar de naturalidad y desprovisto de belleza al uso. Como ejemplo, su obsesión por filmar planos con mirada subjetiva de la era postindustrial, abandonados y sin vida: lo bello de lo siniestro que diría Eugenio Trías. Poetisa de la imagen, desdramatiza el drama con su puesta en escena sin melodrama, con aceptación del destino de sus personajes con resignación. Enlaza con el cine de Bresson por su narración sencilla, lineal, sin aparentes efectismos, pero muy cuidada hasta en los más mínimos detalles. Un enfoque pesimista no exento de cierta esperanza, como la ayuda, en esta ocasión, del paternal guardia de seguridad. Porque en circunstancias amargas siempre hay alguien que ayuda. Pero eso sí, sin exceder los límites que marcan sus trabajos y sus normas dentro de este sistema capitalista opresor y deshumanizado.

La directora, que tiene tras sí una larga trayectoria a sus espaldas, ha redimensionado desde sus comienzos los códigos de los géneros con su visión particular: el western atípico en Meek’s Cutoff, en las Everglades de River of Grass realiza un thriller muy sui generis entre perdedores, en Mastermind filma un heist atípico, hasta la propia road movie truncada de Wendy y Lucy. Aunque todas sus películas tienen un eje en común marcado por el feminismo, la ecología, la amistad y el antiespecismo, en cada película enfatiza algún aspecto más que otro. En el caso de First Cow es la amistad y el anticolonialismo, en Night Moves y en River of Grass el ecologismo, sin escatimar por supuesto la autocrítica ideológica equilibrada. El feminismo prepondera en Certain Women: Vidas de mujer y Showing Up. Para la directora, a la que la Filmoteca Española ha dedicado una retrospectiva este 2026 dado su creciente reconocimiento, su pensamiento engloba una rapsodia de lucha contra el capitalismo, contra el patriarcado y contra el maltrato animal y en pro de la igualdad entre todas las personas, animales y ecosistemas, un activismo antiespecista (como White Dog y Black Dog, que nada más tienen que ver entre ellas salvo perros en su título y en sus planos) y feminista y en armonía con la naturaleza. En definitiva: un ecofeminismo no solo posible sino necesario, y más en estos tiempos que anuncian retroceso.

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