A la deriva
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.Romance sonámbulo, Federico García Lorca
Queen Gertrude: […] Her clothes spread wide,
And mermaid-like awhile they bore her up,
Which time she chanted snatches of old lauds,
As one incapable of her own distress
Or like a creature native and endued
Unto that element. But long it could not be
Till that her garments, heavy with their drink,
Pulled the poor wretch from her melodious lay
To muddy death.Hamlet, William Shakespeare
No es del todo casual que, entre las referencias visuales para una campaña de moda, aparezca fugazmente la Ofelia de Millais. La imagen apenas permanece un instante, pero termina contaminando toda la película.
Lina (Isabel Aimé González Sola) es una reconocida diseñadora de moda que, tras recibir un premio en Suiza, vaga por la ciudad de Ginebra hasta lanzarse al agua helada de uno de sus ríos. Esto ocurre en los primeros minutos de la película, donde no hay diálogos ni voces que guíen al espectador, sino un flujo de composiciones audiovisuales que abren preguntas sin respuesta sobre el devenir activo de una protagonista que se deja llevar por un estado de suspensión.
Las imágenes de Milagros Mumenthaler fluyen como un torrente de agua que va dejando restos de espuma a su paso. Como la Ofelia descrita por Gertrude, Lina permanece suspendida entre la superficie y el fondo, entre la entrega y la resistencia. No entra en el agua para desaparecer, sino para habitar un tiempo donde las obligaciones cotidianas dejan momentáneamente de ejercer su peso. Pero Lina, que primero se entrega a la corriente, parece temer que el agua la lleve. ¿Se trata de una fobia? ¿Se trata de un trauma? ¿Una regresión a un estado más infantil?
La figura de Ofelia sobrevuela el personaje de Lina. No porque la película proponga una equivalencia directa, sino porque ambas mujeres encuentran en el agua un espacio de suspensión frente a un mundo que ha organizado su existencia. Lina parece habitar una forma de extrañamiento ante la asfixia social y los roles que han organizado su vida. Como todo en la narración de Mumenthaler, la crítica es sutil, pero la protagonista actúa, desde ese primer momento, una suerte de rebelión —más o menos consciente— contra un entorno opresivo. El gesto de ahogamiento, aquí frustrado, sugiere una afirmación de la propia voluntad en un mundo que le había comido todo el espacio.
Si la Ofelia shakespeariana termina hundiéndose cuando sus ropas, empapadas de agua, la arrastran al fondo, Lina parece ensayar el movimiento contrario envuelta en una manta térmica de aluminio. En ese sentido, la película imagina una salida al llamado «complejo de Ofelia». Felizmente casada, felizmente madre y exitosa en el trabajo, la protagonista se revuelve frente a la represión de su propia voz y al sacrificio de su vida por las necesidades masculinas. Esta suerte de «muerte» propia se enfrenta a la normatividad: un intervalo que habla de la necesidad de Lina por continuar moviéndose, por no convertirse en agua estancada.
Esa negativa a clausurar afecta también a la forma misma de la película. Como Lina, Milagros Mumenthaler no necesita cerrar un relato, sino abrir posibilidades, como un faro que ilumina desde las alturas las diferentes ventanas de Buenos Aires, donde diferentes historias componen un fresco o la sinfonía de una ciudad.
Como afirma la propia directora en varias entrevistas, hay algo de «cuento de hadas» en el tono lúdico, en lo sorpresivo y en la musicalidad de la propuesta. Cuando suena «Venus» de Gustav Holst, el elemento mágico envuelve de onirismo el viaje de Lina. Nuestra percepción del mundo se transforma. Desde lo alto del faro, la madre observa a su hija, a su amiga, a su suegra y la casa de la infancia. La madre deviene niña otra vez para transportarse hasta el lugar de su trauma. Pero este no es un filme que busque o dé respuestas psicológicas a las acciones de sus personajes, sino uno que acoge en el tránsito su razón de ser.
También el rostro de Isabel Aimé González Sola trabaja desde la microgestualidad una ambigüedad que es su única constante. La fascinación por las personas, los objetos, las luces o los movimientos es una pasión compartida entre protagonista y autora que empuja a Lina a recorrer pasillos, calles y estancias sin un rumbo claro más allá de la curiosidad por todo lo que la rodea. La brillante actuación de González Sola forma parte de la resaca con la que las imágenes nos llevan cada vez más adentro del filme, si nos dejamos arrastrar. La ambigüedad de una mirada intensa, de unos gestos delicados pero contundentes, de una indefinición determinada. Una indeterminación que atenta directamente contra las expectativas de progreso, una indefinición que la hacen moverse siempre entre dos aguas.
Una película a contracorriente que evoca una imagen pictórica en cada una de sus composiciones. Una combinación cuidada de sonidos, colores y movimientos que trabajan la puesta en escena para que, como el agua que la atraviesa, su sentido nunca permanezca inmóvil. Si la imagen clásica de Ofelia ha simbolizado durante siglos la mujer cuyo deseo acaba absorbido por el agua, Lina parece invertir ese destino. Tras zambullirse en el río, comienza la transformación. En lugar de clausurar el relato, la inmersión lo pone en marcha. Las corrientes entiende que el sentido de las cosas solo aparece para quien acepta dejar de buscar un destino y decide, simplemente, dejarse llevar.







