Hay películas que parecen llegar a nosotros acompañadas de una instrucción sobre cómo deben ser recibidas. La bola negra me produce esa impresión. Su puesta en escena está tan consciente del efecto que quiere producir que, por momentos, resulta difícil separar la emoción de la manera en que la película intenta provocarla.
Dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, a partir de un guion escrito junto a Alberto Conejero, la película recorre tres momentos —1932, 1937 y 2017— para enlazar las vidas de Carlos, Sebastián y Alberto, separados por décadas pero unidos por el deseo, la memoria y una herencia que atraviesa el tiempo. La premisa tiene una potencia evidente: mirar cómo aquello que una generación no pudo vivir puede reaparecer en la siguiente. El problema es que el relato no siempre consigue sostener la complejidad de esa idea.
Con demasiada frecuencia, los acontecimientos parecen construidos para conducirnos hacia un significado ya decidido. Los giros dependen de coincidencias poco verosímiles y algunas situaciones fuerzan la credibilidad de los personajes y del mundo que habitan. Esto resulta especialmente contradictorio en una película que pretende recuperar una experiencia histórica concreta: cuanto más insiste en dotar de peso a aquello que cuenta, más evidente se vuelve la maquinaria narrativa que lo sostiene.
La misma tendencia aparece en sus metáforas. Hay imágenes que parecen haber sido concebidas para significar antes de que la escena tenga tiempo de producir su propio sentido. La película no deja siempre que una situación permanezca abierta; a menudo la acompaña con un símbolo, una pausa, una cámara lenta o una música que termina de señalar aquello que deberíamos encontrar en ella. La lentitud, entonces, deja de ser una forma de mirar y se convierte simplemente en una manera de otorgarle importancia a lo que estamos viendo.
Es aquí donde la película puede acercarse, por momentos, al videoclip. No por su estilización —que en sí misma no tiene nada de problemática—, sino porque la imagen parece adquirir una autonomía excesiva respecto del relato. La fotografía de Gris Jordana, rodada en 35 mm, es probablemente uno de sus mayores aciertos. La luz, las texturas y los espacios construyen una nostalgia visual extraordinariamente precisa; el trabajo musical de Raül Refree prolonga esa sensación y contribuye a darle al pasado una presencia casi tangible.
Pero precisamente porque estos elementos están tan logrados, también hacen más visible el desequilibrio. La película es, en muchos momentos, más convincente como objeto visual que como experiencia narrativa. Hay planos cuidadosamente compuestos, una atmósfera reconocible y una teatralidad deliberada, pero no siempre existe detrás de ellos una situación con la misma fuerza. La forma termina invadiendo desequilibradamente el relato.
Las actuaciones reproducen esa diferencia. En los segmentos de 1932 y 1937, Guitarricadelafuente como Sebastián, Miguel Bernardeau como Rafael Rodríguez Rapún, Penélope Cruz como Nené Romero y Lola Dueñas como Teresa parecen encontrar una relación coherente con una puesta en escena abiertamente teatral y melodramática. La artificialidad funciona porque forma parte del mundo que la película ha decidido construir.
En 2017, en cambio, esa misma conciencia de la representación resulta menos orgánica. Algunas interpretaciones parecen demasiado próximas a las referencias que intentan evocar, hasta rozar una cierta parodia de ellas mismas. El presente termina sintiéndose menos vivido que representado, como si la película tuviera una idea previa de cómo debe verse una determinada sensibilidad contemporánea.
Quizá por eso La bola negra me parece menos profunda de lo que su puesta en escena pretende. No por falta de temas: deseo, represión, violencia, identidad, memoria y herencia están presentes. Lo que falta es que esos elementos consigan desprenderse de la intención que los organiza y convertirse en experiencia.
Hay una paradoja en todo esto. La película quiere recuperar aquello que permanece cuando el tiempo ha pasado, pero su forma insiste tanto en señalar lo que debe permanecer que termina haciendo visible su propio esfuerzo por trascender. Una imagen puede estar profundamente construida y, sin embargo, permitirnos olvidar su construcción. Aquí sucede con frecuencia lo contrario: antes de entrar en la escena, vemos la mano que la ha dispuesto. Como un bombardeo cronometrado a la perfección, digno de manual, mucho menos transgresor de lo pretendido.
Y quizá ahí esté el límite de La bola negra: no en querer ser bella, emotiva o significativa, sino en confiar demasiado en que la apariencia de esas cosas basta para producirlas. La película tiene imágenes que permanecen. Lo que no siempre permanece con ellas es aquello que intentan hacernos sentir.








