Venecia 2026. Volumen 1

Ink, de Danny Boyle

Estamos constantemente sometidos a historias, todo en absoluto se transmite a través de narrativas que faciliten lo que se proponen: captar nuestra atención. Danny Boyle comienza su vertiginoso relato con la famosa y temida hoja en blanco (en este caso una pantalla, para ser más exactos y literales) por la que toda historia debe pasar cuando comienza a materializarse, y poco a poco se forma la imagen mediante la tinta que ocupa el vacío en la proyección dilucidando en sus formas y movimientos el primer minuto de película. Como ese blanco en la imagen, también se conjugan guion y contenido en un diálogo sobre eso, narrativas, y sobre qué y cómo contar algo cuando se pretende crear un relato atractivo, excusa para exponer los detalles que completan la escena: lugar, personajes, propósitos y, en esencia, el porqué del filme. Todo, por supuesto con planos inclinados que ya son imprescindibles de la marca Boyle. Es parte de le esencia de Ink, película en la que un grupo de misfits buscan su voz propia en el mundo del periodismo, que Boyle estampe con fuerza sus formalismos alejados de un cine convencional que prefiera invisibilizar el dispositivo. El estilo tan marcado del director británico siempre se ha caracterizado por sus excesos que, más allá de ponerse al servicio de la historia, también busca la evocación y sugestión de ideas, trasladando este propósito a la elaboración de metáforas audiovisuales que inserta en el metraje. Los personajes de Ink aparecen constantemente envueltos de atronadoras imprentas, papeles en blanco en constante movimiento y montones de periódicos en la calle y en las rotativas, arropados por la maquinaria que define sus vidas y sus objetivos vitales. En términos generales Ink se siente como el Danny Boyle de Trainspotting, remitiendo a aquel desenfado gamberro muy apropiado con la personalidad de los personajes. Ambientada en Fleet Street, Ink echa la mirada atrás para explorar, a través de la historia del medio The Sun y sus responsables, en qué momento el periodismo derivó por derroteros que, con el tiempo, han desembocado en los conceptos que ahora forman parte de nuestro día a día: clickbait, sensacionslismo, morbosidad y, sobre todo, priorizar los clicks por encima de la calidad o ética del contenido. La historia de Larry Lamb (Jack O’connel) y Rupert Murdoch (Guy Pearce) es la de poner a prueba los límites, romper el “establishment” y situarse así por encima del resto de medios. Lo que Boyle cuenta no es un relato esperanzador ni ofrece una mirada optimista, más bien todo lo contrario: con el montaje final conecta presente y pasado como reafirmación de las consecuencias plenamente asentadas, insertando metraje de archivo de hechos actuales que dialogan con lo que The Sun representó en su despegue de popularidad.

Wild Horse Nine, de Martin McDonagh

McDonagh lanza un ataque al fascismo sirviéndose de su ingenioso sentido del humor, situando en el centro del argumento a dos agentes de la CIA que se dedican a desestabilizar democracias en otros países. Los agentes en cuestión, Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell) se postulan como agentes al servicio de la opresión en un viaje de vacaciones tras haber condenado una democracia más. El viaje es a su vez la excusa perfecta para un elemento recurrente en el cine del director irlandés, que habitúa a poblar el metraje de maravillosos paisajes para enfatizar la importancia del escenario, en este caso, en las Islas de Pascua. En este aspecto recuerda especialmente a Escondidos en Brujas (In Bruges, Martin McDonagh, 2008), con aquellos sicarios que buscaban pasar desapercibidos en la ciudad de Bélgica. En lugar de navegar canales de agua, Chris y John se pasean entre las “cabezas grandes” del icónico escenario. Lo de las cabezas grandes no es una licencia gratuita del que escribe, si no un recurso más del ingenioso guion para describir mediante el sentido del humor a sus dos protagonistas, que detestan la palabra “indígena” e imponen sus criterios al resto de culturas en lugar de adaptar su lenguaje. Como en Escondidos en Brujas, la culpa se establece como una temática central en el argumento, una presencia punzante a través del personaje de Chris, que en los primeros compases dice sentirse mal por echar a las polillas a la calle cuando llueve. Su viaje de reflexión formaliza la radicalización que McDonagh postula sin tapujos en la película sin perder en ningún momento el tono desenfadado. Con el aire relajado de unas vacaciones, McDonagh subvierte las expectativas de los géneros a los que referencia o de los tropos asociados a los arquetipos que emplea en su película, en este caso relacionados al espionaje, pero la parsimonia de los personajes solo esconde la frustración que se plantea en el subtexto del guion, consecuencia de la sensación de imposibilidad de hacer frente a unas fuerzas opresoras que juegan una partida amañada con sus propias normas.

Furies, de Rami Kodeih

La película libanesa Furies se presenta a sí misma con una fuerza cinética arrolladora que marca contundentemente la temática y el tono que va a mantener durante sus dos horas de metraje. Lo que Rami Kodeih busca es una recriminación clara y directa contra la corrupción de su país y las consecuencias con las que los ciudadanos deben lidiar por culpa de esa corrupción. Como se sugiere en el filme de McDonagh, los personajes optan por tomar medidas drásticas como única alternativa ante la frustración patente de una situación claramente amañada. Debido a la fuerte crisis económica en Líbano los bancos deniegan a cualquier ciudadano el acceso a sus ahorros, por lo que las hermanas protagonistas, interpretadas por María Nakouzi y Nim Mroue, deciden sacar por sí mismas el dinero que les pertenece poniendo en marcha un plan de atraco. El tono de Furies, además de frenético, es gamberro y desenfadado, sirviéndose del humor para colar alguna que otra perla satírica, si bien la sensación de malestar es lo que despunta por encima de todo, muy en comunión con muchas de las temáticas que se han dado a lo largo del festival. En su conjunto el filme no es ni complejo ni original, siendo el propio plan del atraco en sí una idea bastante explotada, pero es en la ejecución formal donde Furies se gana al espectador y en el fuerte carácter de sus personajes donde Kodeih despunta. El director libanés usa el género para la queja social mediante un lenguaje efectista dedicado a acentuar el dinamismo y el suspense, trabajando con especial énfasis en la tensión de situaciones límite y la incorporación de imprevistos que no den ni un respiro a sus protagonistas, apostando por el entretenimiento de alto octanaje como altavoz para su mensaje.

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