Bunker, de Florian Zeller
La mirada apocalíptica impregna una película más en esta edición de Venecia, si bien con una pequeña ventana de optimismo. La propuesta del director de El padre (The Father, Florian Zeller, 2020) centra su mirada en la paranoia a causa de la diferencia de clases planteando el dilema al que debe hacer frente el arquitecto de renombre Miguel (Javier Bardem) cuando le llega un proyecto que consiste en diseñar un búnker para un excéntrico billonario que quiere protegerse de alguna futura amenaza, sea la que sea esa catastrófica previsión que tanto le inquieta. La premisa sirve a un guion que explora esta necesidad de aislarse cada vez más sin ninguna preocupación por los demás, envolviéndose en una capa de avaricia y subiéndose a un altar de riquezas que sitúa a sus personajes por encima del resto. La brecha entre clases solo aumenta en vista al miedo de perder las propiedades y el dinero acaba siendo un medio cuyo único fin es delinear la diferencia de estatus e impedir el acceso a cualquiera que esté por debajo. En lugar de usar el dinero sobrante en ayudar a su entorno, se gasta en extravagantes sistemas de seguridad contra el potencial ataque de gente pobre. El propio Miguel, en su autoaislamiento, se empecina en prohibir la construcción de una ventana que su vecino de clase obrera quiere para su despacho porque esta ofrecería vistas al lujoso jardín del arquitecto. Desarrollado en pocos escenarios y mayormente mediante diálogos, lo que le aporta un aspecto teatral al filme, Zeller hace gala de su experiencia como dramaturgo para integrar su crítica en cada una de las conversaciones, alternando entre el humor de lo descabellado y lo punzante de su realismo. Por momentos distendida e inconexa, la película también desarrolla el conflicto marital entre Miguel y su esposa Sofía, interpretada por Penélope Cruz. Las discusiones incrementan el absurdo de los miedos de Miguel, cuya paranoia por proteger sus pertenencias le hacen perderse a sí mismo y a su familia a medida que avanza el metraje como parte de la crítica voraz de Búnker, aunque esta cede ante el optimismo de la reivindicación de Zeller por abrir ventanas en lugar de cavar agujeros.
Possible Love, de Lee chang-dong
La diferencia de clases también es el foco en Possible Love, la película que le ha valido el León de Plata a la Mejor Dirección al director coreano Lee Chang-dong en el certamen veneciano. Los conflictos se cocinan a fuego lento con una precisión cinematográfica exquisita y un guion centrado en sus personajes, dos matrimonios, uno de clase obrera y el otro adinerado, cuyos caminos se cruzan por el proyecto de Lee Ji-yi (Cho Yeo-jeong), quien se propone hacer un documental sobre trabajadores que han perdido su puesto de trabajo. Aquí entra el torturado Choi Ho-seok (Sul Kyung-gu), quien tras haber formado parte de las protestas contra su empresa, este fue despedido y le propinaron una buena paliza en lugar de indemnización. Incapaz de hablar, es su esposa Ahn Mi-ok (Jeon Do-yeon) la que muestra más interés por el documental, guiada por la fascinación que siente hacia Lee Ji-yi y, especialmente, su marido Sang-woo (Zo In-sung). Lee Chang-dong contiene a sus personajes y desvía sus emociones en favor de un melodrama que se desarrolla bajo la superficie. Las penas, deseos y conflictos internos se intuyen y sugieren, apoyando el guion sobre un lenguaje visual que, más allá de la exquisitez de la fotografía, utiliza una composición nutrida de información, donde cabe destacar aquello que en los planos ocurre desenfocado y en segundo término, siempre un añadido a la exposición del subtexto sin requerir de diálogos extra. El tono sosegado del filme lleva a que cuando sus personajes explicitan lo que siente, sea mediante diálogo o con acciones, estos se sientan liberados de las cadenas de una sociedad caracterizada por las apariencias y que decide ignorar las problemáticas a las que hacen frente cada día. El documental de Lee Yi-ji resulta el frívolo capricho de una mujer rica empeñada en que Choi Ho-seok hable ante la cámara, diluyendo así la frontera entre amistad e intereses al tiempo que se resaltan las diferencias entre un estilo de vida y el otro, de la inevitable incomprensión de problemas inexistentes con la posesión de riquezas que los invisibilizan.
Company, de Casey Affleck
El tiempo se diluye en la peculiar historia que Casey Affleck lleva a la pantalla con Company, un filme de cuentos recursivos que forman una suerte de matrioska narrativa. Sus personajes, llenos de la melancolía que les impone el tono de la película, deben cargar con el peso del odio que les incita a la violencia, una compañía indeseada a la que no pueden echar fuera. La historia (o historias) se narran con misterio conforme a los códigos del suspense albergando un sutil toque fantástico que se forma sin prisas a lo largo del metraje. La violencia que envuelve la historia es un contrapunto con la cotidianidad aparente de las imágenes que sirven de fachada para ocultar turbulentas emociones, tal y como los propios personajes pretenden no mostrar su verdadero ser o, al menos, se conforman con reprimirlo. El resultado es una sensación latente de insatisfacción y melancolía intrínseca a la pesadumbre de sus situación, si bien Affleck defiende con su película que la alternativa no es dejarse llevar si no que aboga por un estoicismo existencial que asigne un valor acertado a los diferentes aspectos de la vida. Company utiliza el tiempo para aportar una perspectiva sobre la que reflexionar de la condición de sus personajes, evidenciando la finitud de la vida y a su vez lo longeva que puede resultar, donde lo único que resulta constante es el cambio y los imprevistos son inevitables. Es aquí donde Affleck aporta una visión personal que juega con arquetipos del terror y el suspense, tornando su peculiar western en una mezcla de géneros entrelazados con sutileza.







