Look Back, de Hirokazu Koreeda
Koreeda lleva la segunda adaptación a la gran pantalla del manga de Tatsuki Fujimoto, Look Back, la cual ya inspiró el largometraje de animación homónimo dirigido por Kiyotaka Oshiyama y, en esencia, la reinterpretación de Koreeda no dista demasiado de esta. Bebiendo de la misma fuente, ambas películas insuflan de movimiento las viñetas del manga de Fujimoto, cada adaptación sirviéndose de las herramientas de su medio escogido. Pese a decantarse por un live action con actrices reales en lugar de dibujos, cabe destacar el preciosismo presente en los planos con los que Koreeda construye su Look Back, llenos de colorido que nada tienen que envidiar de la animación. Las actuaciones de las actrices protagonistas, Natsuki Deguchi y Aju Makita, encajan a la perfección en la mezcla de tonos, desde el adorable sentido del humor al desgarrador drama tan enfatizados en el expresionismo del manga o anime, sin desentonar en el mundo más terrenal implícito a la imagen real. Su historia, tan entrañable como lo es desgarradora, se apoya en la pasión de sus protagonistas por dibujar manga, hilo conductor sobre la que desarrollar una preciosa historia de amistad que dialoga con las familias no sanguíneas tan comunes en la filmografía de Koreeda. La reiteración tanto de la historia como de las imágenes del proceso de dibujar se convierte en una reivindicación de lo artesanal consciente de su estado en peligro de extinción consecuencia de las necesidades industriales que exigen cada vez más cantidad y más rápido, demanda que no se aplica en la misma proporción a la calidad del trabajo bien hecho. Esta mirada derrotista supone el giro más doloroso de todo el filme, presente en la separación de dos formas de trabajar distanciadas en sus formas y tiempos, y que en Look Back se convierte en un duelo desgarrador en torno a la muerte de un arte tan tradicional. No en vano, Koreeda se permite en su filme referenciar al estudio Ghibli como una entidad a la que idolatrar por su arte, el cual despierta fascinación absoluta por uno de los personajes, el mismo que simboliza la melancólica personificación, rebosante de cariño y pasión, del trabajo a mano. El guiño es de lo más adecuado si recordamos la discusión que se produjo en internet cuando se popularizó la utilización de IAs para crear imitaciones de lo que podría ser un trabajo del estudio Ghibli, despertando una resistencia activa por parte de todos aquellos defensores (incluido el propio Miyazaki) del arte como resultado del esfuerzo de una persona de carne y hueso. Koreeda se posiciona en este bando al mismo tiempo que celebra la magia que permea en una obra artística y que transfiere los sueños, pasiones, duelos e inquietudes del artista al afortunado receptor de dicha obra.
Primetime, de Lance Oppenheim
Con Primetime nos encontramos ante una propuesta que ejemplifica a la perfección lo que uno podría esperar de una película de la marca A24. En este nuevo trabajo de la productora, Robert Pattinson encarna a Chris Hansen cuando era el presentador del programa de televisión To Catch a Predator (2004-2007), un show televisivo en el que se tendían trampas a pedófilos para capturarlos ante las cámaras intentando tener relaciones con menores (si bien estos era actores que hacían de cebo). Cuando el filme comienza, el mencionado programa ya lleva tiempo operativo y se encuentra ya en la fase en la que fuerzas de la ley participaban en el programa, finalizando los encuentros en el arresto de los depredadores ante la cámara. Haciendo equilibrio entre el humor y el suspense, la mezcla de tonos se ve especialmente favorecida por la extraña (a modo de cumplido) actuación de Pattinson, que fuerza la postiza actitud de un personaje impostado del que es difícil desgranar qué pasa por su cabeza. De este modo, la historia de Hansen según Oppenheim es la de una obsesión enfermiza en la que discernir la frontera entre la búsqueda de popularidad o de justicia se torna una tarea desafiante, si bien el argumento resulta en una coctelera de temas que no siempre se concretan y acaba creando un guion por momentos inconexo. Lo que está claro es la apuesta por un estilo definido, con el look de estar viendo la película en una televisión de tubo y una sensación de que el mundo que se presenta es tan impostado como la personalidad de Hansen, con colores saturados e iluminaciones completamente artificiosas e irracionales, siempre con un plano rebuscado. La dirección de Oppenheim mezcla con dinamismo las grabaciones del programa y lo que sucede tras las cámara, como pasara en El último late night (Late Night with the Devil, Cameron Cairnes, Colin Cairnes, 2023) pero sin separar tan claramente cuando toca centrarse en un ámbito u otro. De hecho, el peso está principalmente centrado en todo aquello que en el programa no se ve, con los problemas de organización, discusiones por conflictos de ideas y diferencias de poder o simplemente imprevistos que podrían perjudicar el programa, a menudo dejando en un segundo plano las pantallas del equipo técnico reproduciendo las imágenes grabadas del programa mientras en primer término contemplamos los sucesos del argumento como tal. En definitiva, la cuestión moral que invade cada escena, la misma que envolvía las discusiones en torno al programa cuando este estaba en activo, es el contrapunto intangible a la obsesión de su protagonista. Como pasaba en Ink, la película de Danny Boyle que inauguraba el festival, el dilema que queda pervertido ante la constante búsqueda de atraer a más público a través de la morbosidad y el sensacionalismo.
Arrested Memory, de Sabu
La divertidísima comedia que plantea Sabu en Arrested Memory se luce con algunos de los gags más divertidos de le presente edición del certamen veneciano. No es que la película no se tome en serio, el duro trasfondo que hay tras el humor absurdo está presente en todo momento como un dolor punzante que se intensifica en momentos puntuales para que no olvides que está ahí, además de ser la semilla que da origen al alocado argumento. Tras una desastrosa redada con graves consecuencias para el equipo del detective Lee (Ethan Juan), a este le encargan entregar el dinero para el rescate de un secuestro, pero debido a sus incipientes fallos de memoria, Lee acaba involucrado por accidente en un viaje sin destino y, lo más desesperante para el torturado detective, sin pasado. Arrested Memory es enérgica y no deja que su ritmo decaiga en ningún momento, alternando entre el propio Lee en su disparatada odisea y el punto de vista de todos aquellos que intentan seguirle el rastro en sus imprevisibles desventuras. Repleta de situaciones completamente desternillantes, el sufrimiento de Lee deriva en cuestiones más trascendentales como la identidad de uno mismo, frágil y cuestionada cuando desaparecen los recuerdos que la construyen, hecho que se entrelaza con el humor al disponer al detective a divertidas equivocaciones mientras le tortura el verse a sí mismo desaparecer lentamente, desconectado de su pasado y de su propio ser, incapaz de reconocerse a sí mismo. El resto de personajes no se quedan atrás y también suponen su buen añadido de humor, ya sea por la incomprensión de lo que sucede o su propia condición de ser, donde el absurdo de sus acciones desentona con la seriedad con que las efectúan y la importancia del problema al que hacen frente. La pérdida de memoria del protagonista provoca que el resto de personajes tampoco sean capaces de reconocerle a causa de su errático comportamiento. Lo único que está claro para Lee, a parte de que está metido en un buen lío (aunque no sepa muy bien por qué), es su sentido de responsabilidad para con sus compañeros. La lucha interna de sus recuerdos contra el duelo definen el conflicto que deriva en la esencia principal de Arrested Memory, trágico en su trasfondo pero divertidísimo en la superficie.






