Desde que We’re All Going to the World’s Fair (2021) pusiera el nombre de Jane Schoenbrun en el radar cinéfilo, sus dos trabajos posteriores no han hecho más que consolidar a la directora estadounidense como una nueva voz autoral con un estilo propio. Su última película, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (2026), que se ha proyectado en el Festival de Sitges —siendo uno de los mayores reclamos de esta edición— supone además, un salto cualitativo al incorporar a la actriz Gillian Anderson como coprotagonista junto a Hannah Einbinder. Un hecho que parece ser la consecuencia lógica del interés que la directora ha generado entre las productoras de moda (A24, Mubi) —traducido en términos de inyección presupuestaria— pero que también supone el alejarse un poco más de aquella autenticidad y frescura amateur que desprendía su primer largometraje, donde conseguía capturar el espíritu de la generación que a mediados de los 90 se topó por primera vez con Internet, para dirigirse en la actualidad, y de manera totalmente autoconsciente, hacia una audiencia mucho más amplia. Sin embargo —y esto es algo bueno— las películas de Schoenbrun siguen conteniendo algunas ideas tan enrevesadas que parece que, al igual que sucedía con el maestro David Lynch, únicamente ella tiene la llave para desentrañar todo lo que significan.
Kris (Einbinder) es una joven directora de cine a la que contratan para reflotar la franquicia slasher “Campamento Miasma”, tras el auge y caída de la misma, representado de manera brillante en los títulos de crédito iniciales. Para indagar en los orígenes de la saga y evaluar su participación en la nueva película, Kris entrevista a Billy (Anderson), la final girl que protagonizó la primera entrega, una dama elegante y misteriosa que vive recluida en el campamento que sirvió como escenario del primer filme. Al igual que Gloria Swanson —una semejanza que se verbaliza explícitamente— Billy sigue atrapada por todo lo que supuso para ella la interpretación de aquel papel, hasta el punto de conservar en su habitación los objetos de la película, incluida la figura del villano. Tras esa primera conversación surgirá entre ellas una conexión que irá más allá del proyecto laboral, unidas por la fascinación que sienten ambas hacia aquel slasher primigenio, una fascinación que impregna todo el cine de Schoenbrun, al igual que sucedía con la serie que veían los protagonistas de El brillo de la televisión (2024). Y como en aquel caso, la obra no sólo fascina a las protagonistas sino que también interactúa con ellas, como si dicha creación contuviera un poder que solo los verdaderos fans pudieran desbloquear. En el caso de Campamento Miasma, pese a resultar algo reiterativa en su mensaje sobre el deseo y el bloqueo sexual —que el villano de la película se llame Pequeña Muerte, lo que traducido al francés significa orgasmo, no será una elección gratuita—, el cine de Schoenbrun continúa cautivando tanto por su propuesta estética, que refleja la fascinación de la autora por los imaginarios del pasado, como por lo intrincado de sus tramas. A ello se suma la dimensión personal de su obra, ya que sus películas abordan de forma sutil aspectos de su propia experiencia vital y de su proceso de transición hacia una identidad no binaria, un componente que enriquece y dota de mayor profundidad a su cine.







