Entre un mar blanco de vendas, un ojo nos mira fijamente. Cortes erráticos nos flashean con extrañas imágenes mientras nos acercamos, poco a poco, a ese ojo enrojecido y ensangrentado. Una mirada que solo puede lanzar alguien roto, sin pestañeos y sin palabra alguna.
Con poco más que eso, el tráiler de Clayface despertó el interés de mucha gente, algo nada fácil dentro de una tendencia tan manida como la de los superhéroes. Bueno, en este caso, los supervillanos. Pero la película que hay detrás de ese ojo es otra. Una que, del mismo modo que su protagonista, padece una crisis de identidad.
Matt Hagen es una prometedora estrella de cine cuya vida se trunca al cruzarse con un peligroso mafioso de Gotham. Un cruce que propicia su caída, le desfigura la cara y le relega al ostracismo tras perder tanto el apoyo del público como el de quienes creía sus amigos. Es ahí cuando, desesperado, se ofrece como conejillo de indias para un tratamiento experimental que promete devolverle su bonita cara y, con ella, la vida que le habían robado.
Con esta premisa, James Watkins, autor de clásicos del género como Eden Lake, apuesta por la plasticidad y la cocción lenta. El body horror se dosifica con cuentagotas, crece con el metraje y se adapta a cada situación con gran inventiva, subrayando el estado psicológico de un Hagen que dista mucho del psicópata jokeriano.
El guion, firmado por Mike Flanagan (Midnight Mass, The Haunting of Hill House) y Hossein Amini, presenta decisiones interesantes, y el esfuerzo por invertir tiempo en construir un relato es loable. Hagen es un hombre relativamente sano y empático, un ser humano funcional e incluso exitoso al que destroza una Gotham corrupta, asediada por mafiosos que retuercen la política a su antojo.
Sin embargo, aunque ese desarrollo de personajes y de universo es necesario, porque da el espacio para que el body horror campe a sus anchas, el tratamiento resulta demasiado genérico. Personajes sin fuerza fuera del cliché, con un nivel de película del mediodía de Antena 3, plagan el metraje y lastran una historia que ansía vibrar en otra longitud de onda.
Salvo un fantástico Tom Rhys Harries y su química con Naomi Ackie, todo lo que queda al margen del body horror es una espera tediosa. Las verduras que hay que terminar antes del helado de chocolate.
Y aun así, el tráiler promete una visceralidad que rara vez llega. Incluso James Gunn la vendió como una película de terror, pero la cinta está construida en torno a un drama, donde el terror queda relegado a lo cosmético más que regir el contenido. Quizá le falte espacio por tener que encajar en el DCU de Gunn, cuando lo mejor del cine de DC siempre ha sido defender sus propios intereses al margen de la coralidad, como la cuestionable Joker o la fascinante The Batman.
A pesar de todo, hay un cuidado innegable en los efectos prácticos y en cómo se aplican. Las imágenes turbias ganan terreno según avanza el metraje, y la paleta acompaña el ánimo de Hagen: naranjas al principio, azules cuando se deprime, rojos y negros en el tramo final. Es ahí, cuando abraza lo grotesco, lo gamberro y casi la serie B, donde la película encuentra algo que de verdad funciona.
Al final, Clayface se parece demasiado a su protagonista: quiere recuperar la cara bonita de un drama genérico, de un thriller de venganza de manual, y cada vez que cree lograrlo se le deshace entre los dedos. Lo que de verdad funciona es justo lo que no encaja: la carne, el barro, lo extraño.
No es la película de terror que prometía aquel primer ojo ensangrentado, y quizás tampoco le haga falta. Clayface es una cinta desigual que solo se atreve a ser ella misma cuando se deja romper. Porque ese ojo enrojecido del tráiler transmitía más con su mirada rota que cualquier cosa que vino después.






