Tomando de base una novela de Honobu Yonezawa, Kiyoshi Kurosawa se adentra por primera vez en el chambara para proponer una deconstrucción del género. El samurai y el prisionero ofrece, en línea con las inquietudes del cineasta, una mirada más humanista e intimista de lo que solemos encontrarnos en la tradición fílmica sobre el Japón feudal. Kurosawa realiza así un ejercicio metacinematográfico al encarnar el discurso del protagonista de la historia: Araki Murashige.
Sintiéndose atrapado por la brutalidad y crueldad del sistema político-social propio del periodo Sengoku, este señor feudal vive obsesionado con intentar cambiar el status quo y encontrar un camino en el que poder sobrevivir sin tener que ejercer la violencia sobre otros. Bajo este marco, la película procura evitar grandes escenas de acción y se despliega más bien como un thriller detectivesco de carácter episódico que cubre el año de asedio de las fuerzas de Nobunaga sobre el castillo de nuestro protagonista. Cada episodio corresponde a una estación y se desarrolla alrededor de las causas y consecuencias de una muerte inesperada.
Mediante su puesta en escena, Kurosawa hace propias las preocupaciones de Araki. La violencia aparece casi siempre en fuera de campo muy alejada en grandes planos generales y la mayoría de las escenas transcurren apoyadas en largos diálogos donde los personajes se mueven a ritmo de coreografías estilizadas siguiendo los estrictos rituales del protocolo japonés (a destacar la secuencia del ritual del té, por poner un ejemplo).
Sin embargo, a pesar de la pulcritud y el carácter transgresor de la cinta, una serie de elementos juegan de manera sinérgica para desbaratar la solvencia del resultado final. A saber, una excesiva duración (alrededor de las dos horas y media), el ritmo episódico (que contribuye a una sensación de repetición y previsibilidad), la resolución de conflictos a través de continuos deus ex machina y una inconsistencia en el manejo de la tensión narrativa contribuyen en conjunto a reclamar al espectador un exceso de esfuerzo que no todo el mundo sentirá recompensado.







