Desde lo alto de la noria de Viena Harry Lime pregunta a su amigo Holly cuántos puntos detendría si, a cambio de cada punto detenido, le pagasen 100 dólares. Cada punto, está claro, son las personas anónimas que caminan a lo lejos bajo la inmensa rueda. En The Spiral Anna Colonna debe decidir si salva a un miembro de su familia aunque ello pueda perjudicar a otro. No es, evidentemente, la misma situación que en El tercer hombre (The Third Man, Carol Reed, 1949) pero sí que estamos ante un dilema moral semejante.
Contó Paolo Strippoli en la presentación de la película que él y su coguionista se esforzaron en crear una familia modélica, feliz, para destrozarla a continuación. Y, ciertamente, la destrozan con sadismo. Los Colonna han transformado una vieja empresa textil en una producción de ropa boutique, alcanzando éxito comercial y fama social. Son ahora la familia cuyas fiestas atraen a la jet set de Bari, tienen contactos y opciones para que su hija desarrolle una carrera como actriz y su hijo sea un futbolista destacado… hasta que la desgracia se cruza en su camino.
Strippoli establece la cinta en cuatro capítulos (cada uno dedicado a uno de los miembros de la familia) y un epílogo (tal vez prescindible, tanto en cuanto todo se podría contar en el cuarto capítulo). El primero culmina con el accidente sufrido por la hija, a raíz del cual la madre (una sufrida Jasmine Trinca que ganó el premio del festival a la mejor interpretación femenina) tiene su primer encuentro con una mujer misteriosa que le propone un pacto: la salvación de la hija será a cambio del perjuicio de otra persona. Ahí el dilema moral que se repetirá en tres ocasiones más con una implacable escalada de angustia para Anna y de tensión para el espectador.
Si bien el mérito de la película radica en un guion impecable que caracteriza a sus personajes de modo muy acertado y completo, la sucesión de enfrentamientos entre la madre y el mefistofélico personaje constituyen los máximos puntos de interés de la obra. Al reto moral que la mujer trata de sortear se contrapone el sarcasmo sutil, elegante, que ofrece esta desconocida (la estranea del título original). Valeria Bruni-Tedeschi (extraordinariamente atractiva y perversa, grave y burlona) enfundada en gabardina y fumando cigarrillos, ofrece sus “favores” como quien no quiere la cosa y, a la par, hunde, entre sonrisas, a la madre en la miseria moral, situándola en un limbo entre su deber familiar y el deber social.
Atrás quedan las fiestas con decenas de invitados de blanco impoluto en torno a la piscina, con orquesta incluida y cubertería de lujo en las mesas del jardín. Atrás, las ilusiones y la familia feliz. Es a partir de las sucesivas decisiones que se desarrolla la espiral del título. Una espiral de despropósitos, amenazas y tragedias que Strippoli tensa con habilidad y que demuestra que el camino del infierno está adoquinado con buenas intenciones. Ciertamente, en El tercer hombre tomaríamos el bando de Holly, sin pensar en detener ningún puntito. Habiendo visto la película de Strippoli, posiblemente no aceptaríamos pacto alguno con la desconocida. Pero, ¿y si no la hubiéramos visto? ¿Y si la vida de una persona amada pudiera salvarse a cambio de…?






