Un nuevo sol se pone en el horizonte de Molins de Rei, y con él se desvanece cualquier resquicio de luz o bondad. La noche vuelve a abrirse paso entre gritos y cacofonías que tan solo una nueva entrega de Terror Molins puede traer. La Peni abre sus puertas una vez más en esta 44 edición del festival, que tiene como telón de fondo el J-horror. Las luces rojas señalizan la entrada a los dementes transeúntes que nos aglomeramos en los aledaños, sedientos de nuevo material con el que poblar nuestras pesadillas. Pero ¿qué es exactamente lo que trae este año? ¿Qué tendencias se concentrarán aquí y qué conclusiones nos puede dejar acerca del estado del género?
La reivindicación del found footage
Entre las diversas corrientes presentes en esta edición, una de las más reiteradas ha sido la del found footage. Este mecanismo narrativo lleva años siendo un habitual dentro del género, mayoritariamente porque se presta terriblemente bien a los bajos presupuestos que tienen las películas —muchas de ellas óperas primas—, pero también porque es una técnica muy efectiva para crear esa sensación de realismo que solo el estar viviendo un momento en directo puede otorgar.
Películas como Bodycam (Brandon Christensen, que llega este año con doble propuesta) ejemplifican esto con claridad. A través de las cámaras adheridas al chaleco de dos agentes de policía, la película construye un viaje pesadillesco con tintes lovecraftianos cuya mayor fortaleza reside precisamente en su dispositivo narrativo.
Aunque su ejecución general no sea especialmente inspirada, la cinta transmite con solvencia la sensación de acompañar a los protagonistas durante su noche infernal. De un modo similar, en Missing Child Videotape (Ryota Kondo), las grabaciones en viejas videocámaras se utilizan para generar incomodidad y tensión mediante imágenes borrosas en las que apenas puede distinguirse el paisaje liminal que esconde su misterio. Es una propuesta menos frenética que Bodycam, más afín al thriller de Ringu o a las atmósferas de Kiyoshi Kurosawa en Pulse, pero comparte la misma convicción: el metraje encontrado como fuente de inmersión y como herramienta para subrayar la fragilidad del presente.
No obstante, el festival también ha ofrecido aproximaciones más expansivas al recurso. Tanto About a Place in the Kinki Region (Kôji Shiraishi) como Man Finds Tape (Paul Gandersman y Peter S. Hall) abrazan las posibilidades digitales del formato, multiplicando fuentes de metraje y ampliando el abanico de dispositivos a costa de perder en cierta medida la tensión de la inmediatez. En el film de Shiraishi, un grupo de periodistas reconstruye la desaparición de un reportero a partir de todo el material que este había recopilado para su investigación. Ese collage de vídeos, plataformas y formatos se convierte en un archivo caótico donde coexisten creepypastas, leyendas urbanas y algo más oscuro. Man Finds Tape, por su parte, construye un rompecabezas más local, en el marco de una familia de un pequeño pueblo de Texas. Presentada como un falso documental, la película despliega un relato lovecraftiano que nunca ofrece respuestas claras, explotando el formato desde su detonante argumental hasta su misma exhibición en salas.
Sin duda, una muestra que plasma a la perfección la versatilidad del formato a la par que nos recuerda el motivo por el que cintas con menor presupuesto se aferran a él por su efectividad para hacer que entremos en el presente de sus películas.
La reconciliación entre comedia y terror
Comedia y terror podrían parecer a simple vista géneros opuestos. Pero si algo dejaron claro los años 80 —además de lo cuestionable de las hombreras— es que gritos y risas pueden convivir sin problema. Esta tendencia, que marcó toda una época con títulos como Gremlins, Evil Dead II o Un hombre lobo americano en Londres, parece recuperar fuerza, y así se ha percibido en la programación del festival.
El ejemplo más evidente es Clown in a Cornfield (Eli Craig). Siendo un slasher, ya parte de por sí de un terreno festivo, pero aquí la película abraza abiertamente su vertiente cómica y autoparódica. Repleto de clichés y guiños —incluyendo la reciente moda de los pachachos achechinos como Art o Pennywise—, el film nunca llega a tomarse demasiado en serio a sí mismo como para que estos pesen ni la comedia arrolla lo suficiente como para que cualquier atisbo de tensión se pierda por completo. Es dinámica, divertida y, aunque quizá le falte un clímax memorable, se siente como un slasher sólido y bien dispuesto para pasar un buen (y mal) rato.
En una línea distinta, pero dentro de los tropos clásicos, encontramos Together (Michael Shanks). A través de la mudanza lejos de la gran urbe de una pareja con algunas rencillas todavía sin resolver, esta película propone un juego para nada sutil en su metáfora pero profundamente divertido en su mezcla de influencias y sentido del humor. Metiendo en un mismo cóctel a Stephen King, el body horror de Cronenberg y ciertos tintes lovecraftianos como aderezo; Together consigue sorprender en su literalidad extrema de lo complicado de separarse de las relaciones tóxicas.
Pero más allá de estas aproximaciones relativamente convencionales, el festival también ha proyectado propuestas más rupturistas, como New Group (Yûta Shimotsu) o la serie Silencio, de Eduardo Casanova. Abrazando el absurdo y el mamarracheo como norma, Silencio establece sus no-normas desde su primer diálogo con referencias anacrónicas. Una constatación de que ha venido a jugar y a pasárselo bien utilizando los vampiros como vehículo para explorar una comparativa con el VIH. Ayudándose de su magnífica puesta en escena y chascarrillos, de un modo similar a la autoparodia de Clown in a Cornfield, la serie consigue establecer un tono lo suficientemente ligero como para que su discurso no se sienta pedante del todo (un logro viniendo de Eduardo Casanova) y mantener la coherencia suficiente como para que sus elementos discursivos no se pierdan en su humor. Algo que probablemente le hubiera venido de lujo a New Group que, en su afán por intentar ser demasiado edgy, peca de estar clamando a los cuatro vientos durante todo su metraje lo especial y distinta que es, dejando su crítica social en algo frívolo y echando por la borda cualquier coqueteo interesante con el imaginario de Junji Ito.
Quizás no podamos hablar todavía de moda, pero sin duda muestras cómo esta junto al nuevo constante flujo de películas que hibridan ambos géneros en los últimos años, creo que reafirman este fenómeno como una tendencia en auge. Solo el tiempo dirá si volverá del todo como en los 80.
Mom, Lovecraft is cool again
Para aquellos valientes que sigan leyendo, os habréis dado cuenta de que he citado lo levecraftiano ya en más de una ocasión. Lovecraft lleva décadas fascinando al género con sus dioses incomprensibles, geometrías imposibles y ese terror al conocimiento que nunca debería alcanzarse. Pero precisamente por eso, sus adaptaciones a la gran pantalla siempre se han demostrado… complejas, por decir algo. Plasmar lo imposible y retratar lo incomprensible, a priori, no parece una tarea sencilla. Pero de un tiempo a esta parte parecen ser cada vez más aquellos que, con mayor o menor suerte, se lanzan al vacío de los primordiales extraterrestres, y en Terror Molins, esto se nota.
De todas las películas con ecos lovecraftianos —siete según mis cuentas, siendo estricto, aunque por influencia podrían entrar más— se desprende una conclusión clara: la mayoría recurren a Lovecraft como vía para justificar lo extraño, como un marco que permite que lo inexplicable pueda simplemente ocurrir.
Together, Man Finds Tape, Rabbit Trap, La frecuencia Kirlian o Bodycam, todas hacen referencias abiertamente lovecraftianas y me arriesgaría a decir que en prácticamente todas hay algo interesante en cómo abordan el tema. Por supuesto ninguna consigue trasmitir el frío vacío existencial tan característico del escritor, pero al menos a mí me demuestra que parece existir una creciente fascinación por abordar lo imposible. Quisiera también aprovechar para destacar aquí a la previamente citada Man Finds Tape al ser tremendamente respetuosa con la sensación de desconocimiento; a Rabbit Trap por, a pesar de ser seguramente la película más pedante de todo el festival (y con diferencia), crear un juego narrativo fascinante con lo lovecraftiano hibridado en el folclore galés; y la sensación de derrota inevitable de La frecuencia Kirlian.
Sin terror en Molins
A medida que avanzaba el festival, un sentimiento extraño fue creciendo en mí. Más allá del nivel general de las películas —quien acude a un festival sabe a lo que se expone—, había algo que no conseguía identificar… hasta que finalmente caí: me faltaba terror.
Este año, el catálogo (excluyendo la maratón, a la que no pude asistir) ha brillado por una notable falta de películas cuya principal ambición sea la de generar miedo. Sí, es cierto que en todas son visibles elementos característicos del género, pero en muchos casos era algo casi… cosmético.
Por un lado tenemos claramente el auge de la comedia de terror previamente citado que, aunque películas como Weapons demuestren que se puede generar tensión y risas en un mismo marco, no todas saben ni quieren hacerlo. Algo que, dependiendo de la premisa, podría ser comprensible pero es que en la mayoría de estos casos ha faltado, hablando en plata, mala leche. Y quizá el ejemplo más evidente sean los slashers de este año que, salvando a Clown in a Cornfield, les ha faltado empuje. Pero slashers aparte, son muchos los títulos que pienso que no deberían haber sido una película de terror o que sus argumentos para serlo son como mínimo, endebles o poco aprovechados.
Roqia (Yanis Koussim) presenta un marco interesante —posesiones en el islam—, pero termina siendo un drama social sobre el fundamentalismo radical donde lo sobrenatural tiene un rol repetitivo y exiguo; The Surrender (Julia Max) trabaja bien la dimensión maternofilial, pero nunca llega a aprovechar del todo los ecos de Hereditary o la preparación ritualística de A Dark Song; La virgen de la Tosquera (Laura Casabe) consigue un triángulo amoroso adolescente donde la maldad de su protagonista no se blanquea, pero acusa falta de mala leche en su final y de no desarrollar sus indicios ocultistas; La larga marcha (Francis Lawrence) funciona más como una buddy movie de Disney que una distopía terrorífica; incluso la tremendamente original It Ends (Alex Ullom), funciona más como una pieza conceptual que no como una de género pasados sus primeros estertores. Y esto es hablando de tan solo algunos títulos.
Con todo esto, no trato de desmerecer a estas películas: muchas de ellas son valiosas en sí mismas. Pero sí de señalar una tendencia: si esto fuera un fiel reflejo del estado del terror contemporáneo, podría decirse que las películas parecen más querer estudiar al género que no dejarlo hablar. El terror como estética, como acompañamiento, como barniz. Pero ya no como plato principal.
Epílogo
Entramos como despojos humanos y salimos como zombies. La Peni queda atrás un año más y esta vez con un sabor algo agridulce. A nivel personal, siempre satisfecho pues el ambiente y cercanía de este festival es en gran medida aliciente suficiente como para que valga la pena ir, pero las películas proyectadas me dejan con muchas preguntas acerca del estado actual del terror.
No pretendo —ni puedo— dictar sentencia ni extrapolar conclusiones globales, pero empiezo a echar en falta películas que no sean únicamente experimentos, híbridos o reflexiones sobre el propio terror. La experimentación es necesaria, por supuesto, y tiene que haber espacio para todo; pero convendría no olvidar aquello que nos hizo fans desde el principio no fue el cómo, ni el dónde, ni siquiera el porqué. Sino el qué. Y el qué, en este caso, siempre fue el miedo.









