Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

Agua, Rolex y fotos de familia

Jim Jarmusch vuelve a las pantallas seis años después de la insuficiente Los muertos no mueren (The Dead Don’t Die, 2019) con la fórmula episódica que cultivara abiertamente en Coffee and Cigarettes (2003) y en Noche en la Tierra (Night on Earth, 1991). En Father Mother Sister Brother se lanza de cabeza en una observación aguda e irónica, pero no destructiva, de la familia, de sus relaciones internas, sus condicionantes, pleitesías, engaños y misterios. Para ello estructura la cinta en tres relatos breves que exploran a la par la normativa interna de la familia como institución (especialmente en los dos primeros cuentos) y los rincones más amables que perviven bajo la trama normativa (como desarrolla abiertamente en el tercer relato).

Lejos de buscar emotividad, algo que nunca ha pretendido, Jarmusch expone de modo distanciado, casi burlonamente, las contradicciones de las relaciones entre padres e hijos, madres e hijas. En su apreciación por el estilo trascendental, depurado, propio de su filmografía —con Ghost Dog , el camino del samurai (1999) a la cabeza, un estilo que tiene auténticos fans pero que también marca el límite con un puñado de espectadores que esperarían mayor emoción en sus obras— irá desarrollando estas tres historias de modo minimalista y hurgando en el interior de alguno de los personajes. Recurre también, como en otras ocasiones, a una estética peculiar que se apoya en una puesta en escena mucho más medida de lo que parece y que utiliza también la repetición de motivos y situaciones con discretas variaciones de una a otra historia, que no solo dan pie a irónicos gags sino que plantean la similitud entre uno y otro núcleo familiar a pesar de la distancia vital o geográfica (cada historia se desarrolla en un punto del planeta): la aparición repetida de skaters al inicio de cada episodio, la presencia permanente de retratos de familia en los muebles, los desangelados brindis y los comentarios sobre el agua que evidencian el vacío de la conversación o el recurso del Rolex como posible quiebro en el argumento.

La primera historia, Father, se desarrolla en una casa aislada en el bosque con la visita de dos hijos ya maduros (Adam Driver y Mayim Bialik) a un padre (Tom Waits) del que están desconectados. La historia arranca con escenas breves de los dos hijos, en su vehículo, evidencian el desconocimiento sobre la situación del padre hasta el punto de reconocer que desconocen cómo se mantiene. El padre, vestido de manera austera les ofrecerá agua, con hielo si prefieren, creando la duda de si el progenitor carece de alternativas por falta de medios. Sin embargo, la duda se desplazará al otro extremo cuando él evite que el hijo, que pagó por ello, vea las obras de mejora de paredes y alcantarillado. Incómodamente, los vástagos tantean la situación o las necesidades del padre, mientras miran las fotografías de un pasado familiar que se antojara más feliz… hasta que descubren el Rolex que el padre lleva en la muñeca. La incomodidad se troca en malestar y ambos marcharán sin saber de cierto la situación de su progenitor, siendo conscientes de que nunca llegaron a comprenderle.

Una elegante y fría madre (Charlotte Rampling) convoca a sus dos hijas (Cate Blanchett y Vicki Krieps) una vez al año para tomar te, el único lapso de tiempo y espacio que comparten… aparentemente, puesto que las tres interpretan una ficción para satisfacer a las demás. Si en el primer relato Jarmuch domina el timing y el montaje, sembrando dudas en los visitantes y en el espectador, en Mother las cartas están aquí sobre la mesa. La madre visita regularmente al psicoterapeuta y la cita anual con sus hijas deviene una suerte de ejercicio de autocomplacencia, permitiéndole ejercer de mater amantísima, mientras que Blanchett y Krieps invierten sus papeles habituales, siendo la primera una modosa hija resignada y la otra una fabuladora. Jarmusch establece una suerte de duelo entre las tres mediante una puesta en escena exquisita, con planos medios de las tres mujeres sentadas a la mesa,combinados con picados y marcando una aureola de santidad tras la cabeza de la madre. En paralelo, recupera de nuevo la noción de que la familia se reconoce feliz a través de los retratos y los recuerdos de infancia y, de nuevo, planta en el curso del cuento las dudas sobre si se debe brindar con alcohol, sobre las propiedades del agua natural… y sobre la calidad del Rolex que luce una de las hijas.

Se remacha el clavo en la tercera narración cuando dos hijos gemelos (India Moore y Philippe Azouri), ambos realmente amantes de unos padres también lejanos, se reúnen tras la muerte de aquellos. La visita de los dos a la antigua casa familiar, un piso en París, y la presencia de fotografías y recuerdos de infancia remata el concepto. Por una parte, la existencia de la niñez como una Arcadia feliz, puntualmente recuperable y accesible mediante retratos de familia. Por otra, el reconocimiento de la distancia entre una y otra generación. La más cálida de las tres historias, aun sin emotividad, el fragmento Sister Brother acerca a hijos y padres a la par que deja claro cuán poco llegamos a saber de nuestros progenitores. Jarmusch se libera estilísticamente en este fragmento y aunque elabora secuencias bellas mediante montaje o encuadre, no se concentra en una única puesta en escena. Tampoco utiliza, más que de modo accesorio, los gags repetidos.

Sister Brother integra las tres historias en una única idea, dando consistencia a un relato único estructurado en capítulos, más que en una película de episodios independientes, como sucediera en Noche en la Tierra. La familia, en tanto que artificio, puede resultar más o menos esquiva, asfixiante o saludable, puede resultar una ilusión más que una realidad, pero, en todo caso, se basa siempre en la conservación del misterio de una generación respecto de la siguiente.

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