Hay nombres que inmediatamente resuenan en nuestra cabeza cuando se pronuncian, es escucharlos y en seguida se activan imágenes, temas e ideas, y en el caso concreto de un director de cine, también películas, por supuesto. El nombre que nos ocupa, Ingmar Bergman, es, sin lugar a dudas, uno de esos. Ya sea porque en el mundo de la cinefilia se menciona habitualmente, por las imágenes tan míticas que se le asocian o por ciertas temáticas que se pueden calificar de bergmanianas, el director sueco es toda una personalidad a tener en cuenta y digna de dedicar un tiempo a explorar su filmografía (y de revisitarla también).
Siendo el cine su clara predilección como medio para expresarse, algo que reitera con frecuencia, Bergman también hizo varios y muy diversos escritos a lo largo de su vida que ofrecen una ventana, además de las pantallas de cine, a su mente siempre observadora y analítica. El autor de Persona (1966) o El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1967) expresó reflexiones, ideas y opiniones en conferencias, artículos, ensayos y otros textos diversos que acompañaban a sus películas y guiones. Las palabras nunca están ahí cuando las necesitas, publicado por la editorial Fulgencio Pimentel, es una recolección de dichos escritos, textos que van desde una redacción como estudiante a sus últimos proyectos cinematográficos. Teniendo en cuenta la famosa cita del director que da título al libro, con la que Bergman expresaba su desconfianza en el medio escrito, es divertido enfrentarse a sus inquietudes formalizadas en letras impresas en papel, una aproximación a su persona que muestra una complejidad contradictoria digna del más sesudo pensador. Para un creador tan autoral como Bergman, sus divagaciones y reflexiones están impregnadas de la constante tensión entre las pulsiones artísticas de un cineasta y las responsabilidades comerciales de un director, entre su deseo por expresar sus inquietudes creativas y la dependencia de agradar a un público que no necesariamente tenga las mismas aspiraciones artísticas para el cine, y su mirada crítica, a menudo dirigida a sí mismo, resulta en un libro tan fructífero para divagaciones como desesperante ante la perspectiva de un medio artístico que a veces se siente tan cohibido por las implicaciones económicas.
Uno de los aspectos más llamativos para el que escribe es, sin embargo, el gran sentido del humor que transmiten los diferentes textos. La mirada irónica del autor sueco da pie a ocurrencias que son tan divertidas como críticas, y el desenfado con el que a menudo expresa su punto de vista transmite las ideas con ligereza, sin por ello renunciar a la severidad de sus palabras. Comparaciones y metáforas de lo más ocurrentes (y efectivas), comentarios satíricos y burlones o entrevistas a sí mismo en las que por poco se lía a guantazos con el falso entrevistador, Bergman formalizaba su enrevesada psique envuelta de una capa de diversión un tanto juguetona. Por supuesto, reitero que esto no le resta densidad al contenido, que a veces proviene del conocimiento adquirido en su carrera y otras de una filosofía observadora y analítica. Como cabría esperar, no es raro encontrar en varios de los textos el planteamiento de preguntas o cuestiones que probablemente no tengan solución, y tras la ironía y el humor se esconden horas y horas de reflexiones sobre conceptos que perseguirán al lector largo rato tras la lectura.
En definitiva, Ingmar Bergman era un artista cuyo medio de expresión era el cine, de eso no cabe duda, pero los textos que escribía son también de sumo interés. Poder leer algunos de los pensamientos que había tras sus películas es ya de por sí un material exquisito, lo cual sumado a su experiencia como director y su capacidad de formalizar con aparente sencillez aquellos temas que le rondaban la cabeza, hacen de Las palabras nunca están ahí cuando las necesitas una lectura digna de su autor.








