Mis expectativas para 28 años después: El templo de los huesos (28 Years Later: The Bone Temple, Nia DaCosta, 2026) eran las de una secuela continuista que prosiguiera el desarrollo de lo que Danny Boyle nos había presentado en la anterior entrega de la franquicia, 28 años después (28 Years Later, 2025). En cierto modo, ese es el caso, ya que El templo de los huesos explica qué ocurre tras el abrupto final de la anterior, desarrollando el encuentro de Spike (Alffie Williams) con Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell) en paralelo a los quehaceres del Dr. Ian Kelson (Ralph Fiennes), pero definitivamente consigue salirse de las expectativas y sorprender por lo inaudito de su propuesta.
En este aspecto es especialmente el guion de Alex Garland el que ejerce un mayor peso en instaurar lo inesperado para una propuesta cuyo aspecto formal recoge el testigo de Boyle y mantiene la atmósfera y, en general, un mismo tono visual que conserve la continuidad, pero alejándose de los excesos estilísticos del director británico. De este modo, en El templo de los huesos DaCosta busca un enfoque más funcional, resultando en un lenguaje propio invisibilizado en favor del contenido argumental, algo que no es ni necesariamente bueno ni malo, si no una cuestión de gustos. Aquel espectador al que no le agrade el artificioso lenguaje de Boyle puede que se sienta más cómodo con la pulcritud al servicio de la narrativa de la que hace gala DaCosta. Esto, por supuesto, no significa que El templo de los huesos sea formalmente plana, ni mucho menos. DaCosta hace muestra de una sensibilidad a la hora de exponer a los personajes que conjuga los recursos audiovisuales en pos de una expresividad que comparta su fuero interno. Es, por poner un ejemplo, destacable su representación de Sansón (Chi Lewis-Parry), el zombi alfa que ya apareció en la anterior entrega: ya que él no puede hablar, lo hacen la imagen y el sonido por él. Además, el metraje contiene set pieces que destacan por su osada explosión de energía que irrumpen en medio de la mirada introspectiva que impregna gran parte de la película.
Pero, como escribía más arriba, y dejando de lado aquello más relacionado con la puesta en escena, El templo de los huesos ha resultado en una secuela inesperada, incluso arriesgada, que me ha sorprendido (gratamente). Para empezar, para tratarse de una película de zombis, estos quedan fuertemente relegados a un segundo plano, hasta el punto de que apenas aparecen infectados más allá de un par de escenas cuya función casi parece servir únicamente a confirmar el contexto apocalíptico. Cabe destacar una salvaje escena en un tren, una que conjuga con sorprendente acierto ternura y violencia y que resulta meritoria en su contundente ejecución. Sin embargo, esta ausencia de zombis es un elemento del que me di cuenta a posteriori del visionado, de tan bien integrado que está en el argumento este desvío de la acción. O, por lo menos, los zombis no tienen mucha presencia en masa, que es como suelen aparecer a fin de cuentas, pero sí que encontramos un arco propio, parte central del argumento, en el anteriormente mencionado Sansón. Continuando con esa mirada alternativa que el Dr. Kelson ofrecía a Spike en la película anterior, la empatía incondicional da pie a una extraña, si bien entrañable, historia de amistad.
Viniendo de la reciente Los pecadores (Sinners, Ryan Coogler, 2025), tema en boga debido a su récord en nominaciones en los premios Oscar, es divertido encontrar a Jack O’Connell en el papel de ese mesías psicótico que predica el terror e impone su sangrienta fe sobre los demás, un personaje que inevitablemente dialoga con suma cercanía con su interpretación del vampiro Remmick. En esta ocasión el personaje de O’Connell no es un ser inmortal ni sobrenatural (pese a lo que diga él), y sin embargo resulta mucho más monstruoso como Jimmy que como Remmick. Lo que queda demostrado es su habilidad para ponerse en la piel de carismáticos villanos. De hecho, durante la primera parte del metraje, es chocante el contraste entre la salvaje violencia de Jimmy Crystal y sus “dedos” con la progresiva armonía entre Kelson y su peligroso amigo. Si bien suena extraño y definitivamente es una narrativa fuera de las expectativas, esta extrañeza extiende con acierto el comentario sobre la ira y la violencia que empezó la franquicia hace 24 años (no pudieron esperarse 4 años más para satisfacer una inservible coordinación con el título). Esta mirada más compasiva ante la figura del zombi, de la que 28 años después ya daba indicios, coincide con sensibilidades recientes como las de las obras Descansa en paz (Håndtering av udøde, Thea Hvistendahl, 2023) o We Bury the Dead (Zak Hilditch, 2025), un enfoque empático que intenta alejarse de la más inmediata e instintiva violencia que hasta ahora había sido seña de identidad en el género (aunque se pueden encontrar ejemplos puntuales además de los mencionados) y que, de algún modo, busca un respiro en el convulso contexto sociopolítico que nos ha tocado vivir.
Vamos, que pese a los muchos elementos característicos de una película de zombis, 28 años después: El templo de los huesos despunta como una rareza en el género. La búsqueda de algo más allá de la fuerza destructiva del zombi y el foco en otros elementos como causa de muerte y terror desarrollan las ideas de la saga y las expanden, haciendo del filme un interesante aporte a la franquicia y al género.







