Lo que nosotros llamamos “guardar las apariencias” en chino mandarín se conoce como 面子 (miànzi), comúnmente denominado “Face”. El escritor y lingüista chino Lin Yutang, afirmó que este término realmente no puede traducirse ni definirse. Para la cultura china y taiwanesa es una presencia que lo atraviesa todo. En otros países también es importante la imagen de uno mismo, limitada a partir de lo que aprueba la sociedad. Pero, sin duda, para los chinos y taiwaneses es algo que va mucho más allá. Es una armonía social que buscan, es algo que solo se puede otorgar, perder, luchar y obsequiar. Un término completamente abstracto y presente que se expande mucho más allá de la dignidad. Es el respeto, la reputación y está más relacionado con el cómo te perciben los demás, que con quién eres o lo que has hecho.
Lin Yutang igual diría que en este artículo estoy tratando de lograr algo que es imposible, pero para eso está La chica zurda, para introducirnos el concepto de “Face” a partir de una historia conmovedora, cruda y tierna a partes iguales. Sin nombrarlo, el término está en el corazón de la película y en cada uno de sus personajes desde el inicio, e inunda cada secuencia poco a poco. Es solo al final, que se desborda completamente, ayudándonos a comprender un poco mejor esta costumbre y manera de vivir tan arraigada a su cultura. Y aunque probablemente jamás logremos entenderlo del todo, sí que podemos llegar a preguntarnos ¿Cuál es el precio que pagan por mantenerla?
“La mano izquierda es la mano del diablo”. Esta terrible frase fue la que la directora de la película, Shih-Ching Tsou, escuchó de la boca de su abuelo cuando era tan solo una adolescente. En 2001, la compartió con un joven Sean Baker y ambos vieron pronto el potencial que tenía esta anécdota. Viajaron juntos hasta Taipéi y empezaron a trazar una historia que ha costado más de 20 años sacar a la luz. Shih-Ching y Baker han coescrito una película que narra la historia de una madre y dos hijas que tienen que empezar una vida de nuevo en Taipei, tras abandonar el lugar en el que se mudaron hace mucho tiempo. La madre, Shu-Fen (Janel Tsai), decide abrir un negocio de fideos en uno de los mercadillos nocturnos más grandes de la ciudad. Su hija adolescente I-Ann (Shih-Yuan Ma) es una joven algo impertinente, siempre a la defensiva y que trabaja vendiendo nueces de betel, una de las frutas más adictivas, legales y perjudiciales del país. Dejó el instituto hace unos años y ahora pasa sus días ganando su propio dinero y cuidando de su pequeña hermana I-Jing (Nina Ye), una niña encantadora y divertida que orquesta la narración de todo el film.
Con la vuelta de ellas tres a la capital taiwanesa, el reencuentro con la familia que una vez dejaron atrás es inminente. Pronto todo serán reproches, exigencias, dinero y mentiras. La inocencia de I-Jing es lo que va a traer algo de claridad a esta situación de opresión y enfrentamientos constantes entre la madre y la hermana, los abuelos o las tías.
Cuando el abuelo de la pequeña la ve utilizar la mano izquierda, la película empezará a envolverse a partir de la superstición de que es la mano que hace “el mal”. I-Jing va a tomarse esas palabras de forma literal y empezará a robar en todas las tiendas del mercadillo, mientras su madre y hermana trabajan. A su vez, todos los demás personajes y sus decisiones se irán poniendo de la misma manera bajo cuestión.
Es a partir de los ojos de la pequeña que entramos en esta historia familiar sobre personas imperfectas. La primera imagen que abre la película es la niña mirando por un caleidoscopio. Una visión muy pertinente por lograr concentrar a través de una sola mirilla múltiples reflejos, colores, formas, atravesados por un mismo destello. El resultado: una familia fragmentada en una Taipéi llena de luz y de color.
Shih-Ching Tsou codirigió Take Out (2004) con Sean Baker y le acompañó en el equipo de producción de Tangerine (2015), la primera película rodada íntegramente en iPhone. No cabe duda de que se ha traído todo lo aprendido a La chica zurda. Film en el que particularmente funciona a la perfección dicho formato. El look digital, angular y cercano que consiguen, no solo les ayudó a nivel de producción (costes, permisos, etc), sino que logra captar la intensidad de la ciudad vista a través de una visión infantil, que es panorámica y pura. Aunque la huella de Baker es evidente para muchos, yo observo a una directora que se alza con una película que es única, luminosa y contundente. Afirmar que tiene “el toque de Sean Baker” me parece reducirla y ocultarla bajo la sombra de su compañero, co-guionista y montador, al que no le debe nada. Porque ambos han trabajado siempre juntos y después de ver La chica zurda no me pregunto cuánto hay de Baker en la película, sino cuánto hay de Shih-Ching Tsou en Baker. Y la verdad, la respuesta no importa. Ambos son creadores que funcionan a la perfección juntos y que logran películas emotivas y contemporáneas. Basta ya de buscar autorías y de menospreciar el trabajo de ambos, dejémoslos tranquilos, que sigan haciendo lo que mejor saben hacer.
En cualquier caso, la directora logra captar no solo una historia sobre mujeres de la clase obrera taiwanesa y su lucha, sino que la misma pieza se convierte en una oda a la belleza de su capital. A su fantástica noche, a los colores y expresión de sus rascacielos y mercadillos, todos ellos, personajes más de lo que fue para ella en general, una vez, su hogar.
El film sigue a estas tres generaciones atravesadas por un mismo concepto: “Face”. Es una película sobre la complejidad y el sufrimiento de la maternidad, pero también de la experiencia de ser hija y la carga maternal que significa. Hace poco, la película fue la elegida por el país para representarlos en los Óscar, y de alguna manera se convierte en un logro enorme para la directora, quien ha afirmado que para ella significa por fin la aceptación del film. Esta candidatura confirma que el propio país se reconoce en una película que funciona como una ventana a la cultura taiwanesa, observada desde una mirada interna que cuestiona y sacude con sutileza, poniendo en contraste la tradición y la modernidad.
El hecho de no poder utilizar la mano izquierda es para la niña un deber, una obligación. Evidentemente ella lo utiliza para poder conseguir sus juguetes favoritos porque no acaba de entender, porque está sola y porque nadie le ha dicho que no hay ninguna mano del bien o del mal. La pequeña niña carga con esa información encima y va haciendo lo que quiere, justificada por la mano que, según cree ella, tiene su propia vida. A su vez, tanto la madre como su hermana, cargarán también con sus propias obligaciones. Veremos una lucha conjunta a través del legado que comparten. Por un lado, la madre se hará cargo de las deudas de su exmarido que acaba de fallecer, y por otro, la adolescente verá como su juventud está siendo muy diferente de la de sus compañeros de instituto. El sufrimiento que ello significa, que germina en la soledad de ambas, no tiene casi expresión. En las mujeres se ha inculcado la idea de que hay que suprimir las emociones, esconder todas bien adentro y no sacarlas a la luz. Aunque eso intentan ambas, no será tan fácil de ocultar como pretenden. Y es que, lo más bello del film, sin desvelar los enigmas más interesantes de la película, se encuentra en el tercer acto. Donde por fin todas ellas lograrán aprender la una de la otra y liberarse, aunque sea muy poco, de esas sombras del silencio, de la mentira y de las apariencias. La pequeña I-Jing entenderá cuál es el camino correcto y aprenderá a decir perdón. Shu-Fen y I-Ann romperán las normas, perturbarán el orden, y a partir de ello, lograrán ver por fin algo de luz al final de un camino muy oscuro.
Solo cuando lo han atravesado podrán ver que a veces el precio que hay que pagar por mantener las apariencias, parece ser demasiado alto.








