Marty Supreme, de Joshua Safdie

Tras años de ser el dúo de directores indie más aclamado del panorama estadounidense (con permiso de los Daniels), los hermanos Safdie han separado sus caminos y han arrancado, al mismo tiempo, sus carreras como cineastas en solitario. La expectación estaba servida por saber si el talento estaba repartido a partes iguales en su código genético. Si bien The Smashing Machine y Marty Supreme son películas muy distintas entre sí, ambas son marca de la casa del cine de los Safdie y ambas han sido aclamadas por su trabajo tras la cámara —Benny ganó el premio a la mejor dirección en Venecia, mientras que Josh ha sido nominado al Óscar—.

Y es que, a nivel formal, resulta evidente que Marty Supreme es la heredera natural de obras como Diamantes en bruto o Good Time, pero hay algo de la esencia de esas películas que se ha quedado en la mente de Benny. Tanto el Adam Sandler de Diamantes en bruto como el Dwayne Johnson de The Smashing Machine caen en un pozo de desdicha fruto de sus decisiones, pero son personajes adictos y, en el fondo, de buen corazón. Hay un elemento humanista y empático en el cine de los Safdie como tándem que parece interesar menos al hermano mayor y Marty Supreme es buena prueba de ello.

Un magnético Timothée Chalamet interpreta a Marty Mauser un vendedor de zapatos que aspira a convertirse en el mejor jugador de tenis de mesa del mundo en 1953. Su ambición no tiene límites y engaña, estafa y miente a quien haga falta para conseguir su objetivo. Es como si el Leonardo DiCaprio de Atrápame si puedes se hubiera criado en la época de Donald Trump y los gurús de las finanzas y luchara por sus objetivos a base de populismo y falta de escrúpulos.

El guion de la película funciona por su ingenio y su ritmo y todo espectador capaz de disfrutar más allá del cinismo de la premisa y el personaje principal será capaz de sumergirse en un trance delirante a través de la noche. Safdie sigue demostrando que su principal referente es el Martin Scorsese de los años ochenta, con sus premisas más mínimas y sus ritmos más cocaínicos. Como ya lo hacían las películas anteriores de los Safdie, Marty Supreme bebe directamente de Jo, ¡qué noche! (1985), y el elemento deportivo llega a recordar a El color del dinero (1986) por sus escenas de pabellón y sus protagonistas trileros.

A pesar de que la entrega de Chalamet es el elemento más llamativo de la cinta, Josh Safdie sabe acompañarlo a la perfección de un reparto tan ecléctico como efectivo. Tanto Gwyneth Paltrow, como Odessa A’zion o Tyler, the Creator encajan en unos roles caligrafiados para sus figuras y añadidos como la presencia de Abel Ferrara elevan el casting de la película a estatus de culto. La banda sonora de Daniel Lopatin y la dirección de fotografía de Darius Khondji no hacen más que remar a favor de la propuesta del director neoyorkino. Por si fuera poco, los títulos de crédito compiten por ser los mejores del año.

Marty Supreme se establece como una de las películas del año apostando totalmente por una propuesta casi suicida hacia lo más oscuro de la naturaleza humana. Una mirada sobre qué es el éxito que encarna un protagonista que no tardará en convertirse en memorable. Es cierto que las escenas más íntimas, donde esperaríamos ver al verdadero Marty Mauser no son más que nuevas máscaras tras las que se esconde un tahúr sin remedio. Quizá Josh Safdie eche de menos el humanismo de su hermano, o quizá simplemente haya perdido la esperanza en la posibilidad de que un ser humano vulnerable esté en disposición de luchar por sus sueños.

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