El monstruo domesticado del feminismo pop
Las mujeres se aminoran espontáneamente, disimulan lo que acaban de conseguir, se sitúan en la posición de la seductora, incorporándose de este modo a su papel, de modo tan ostentoso que ellas mismas saben que —en el fondo— se trata simplemente de un simulacro.
Virginie Despentes, Teoría King Kong
Casi como una secuela involuntaria, ¡La novia! de Maggie Gyllenhaal, estrenada menos de un año después de Frankenstein de Guillermo del Toro, continúa el arco del personaje desde el mismo punto: la condena eterna a vivir en soledad. Sin embargo, introduce una diferencia temporal que casi parece premeditada al pasar de una Europa victoriana de mediados del siglo XIX a los Estados Unidos de los años treinta, para revelar, con una energía casi opuesta, un monstruo que ya no es un ser indomable y salvaje, sino un sujeto tan integrado en la sociedad como cualquier otro outsider, hasta el punto de tener incluso una suscripción a revistas de medicina. Desde esta evolución del personaje, contradictoria con la propia esencia del Frankenstein de Mary Shelley, iniciamos un viaje hacia una supuesta “revolución femenina” encarnada en “¡Aquí viene la puta novia!”, como el propio póster subraya, pero que en realidad termina funcionando como una afanada respuesta a la cultura pop feminista, sin representar los verdaderos valores de esta lucha.
Todo comienza invocando la propia presencia de Mary Shelley como narradora y poseedora de la protagonista, insinuando que la historia que realmente quería contar era esa y no el clásico escrito en el siglo XIX. Sin embargo, inevitablemente, desde el inicio la película comienza a contradecirse y a gritar en lugar de emocionar o persudirnos en una verdadera causa. Por ejemplo, es la propia Mary Shelley quien termina siendo responsable de la muerte de Ida, más que la mafia o la sociedad, como ella insiste en denunciar en unos diálogos delirantes a lo largo de todo el film. Asimismo, su origen mafioso no revela una verdadera violencia femenina, como la película insiste en subrayar, porque parte de un escenario donde ya damos por hecho que los derechos, no solo de las mujeres, sino muchas veces también de los hombres, son violados, pues el verdadero poder y respeto provienen del dinero. tal vez, habría sido más pertinente y lúcido situar el inicio de esta supuesta revolución en un escenario cotidiano, donde hubieran asesinado injustamente a Ida; así, su reincorporación a la vida podría haberle otorgado una voz real y no solo una excusa fantástica para conocer a su coprotagonista.
Del mismo modo, desde el prólogo se introduce la frase más repetida de ¡La novia!: “preferiría no hacerlo” como homenaje a Herman Melville y Bartleby. Pero si es la propia Mary Shelley quien supuestamente posee a Ida para poder hablar y contar una nueva historia, resulta paradójico que su frase más poderosa no sea suya, sino precisamente la de un hombre, desplazando así la voz que la propia película pretende recuperar.
Estos contrasentidos se extienden a lo largo de todo el desarrollo dramático, hasta el punto que, aunque la película intente refrendar lo contrario mediante la sobreexposición y la estruendosidad, la novia termina siendo en realidad un personaje pasivo. Es Frank quien decide revivirla; es él quien determina que su estatus y su sentido serán convertirse en su pareja; es él quien decide adónde huir y cómo hacerlo; es él quien marca el momento en que ambos comienzan a asumirse como monstruos, siendo además el primero en reaccionar con una violencia irreversible; e incluso es él quien establece cuándo la relación se consuma sexualmente. Todo esto resulta profundamente irónico para un personaje como Ida, que supuestamente se construye a partir de la negativa a ser aquello que se espera de ella, pero de manera incoherente termina obedeciendo la estructura narrativa que la película afirma querer desafiar.
Esto, casualmente, se relaciona directamente con su diseño de vestuario: aquel vestido naranja con el que Ida atraviesa toda la película. Aunque aparenta rebeldía mediante el constante escote que deja ver su ropa interior, remite inevitablemente al uniforme carcelario estadounidense. Y eso, en realidad, sí tiene sentido con lo que finalmente encarna su personaje: una mujer que permanece presa de estereotipos durante toda la película y que incluso al final decide no reclamar un nombre propio, sino seguir definiéndose a partir de un sustantivo común: “la novia”. Como si, en lugar de reclamar una voz propia, optara por asumir un lugar meramente decorativo, un vocablo que no se basta a sí mismo, sino que existe de manera genérica y únicamente en relación con aquello que lo define, justo aquello que la película pretende denunciar, sin lograrlo y, sin que su resignficancia se asuma como gesto reivindicatorio.
Lo peor es que, estos innumerables símbolos que van en contravía del supuesto discurso de la película son, en realidad, la trama en sí misma. Es decir, ¡La novia! es, en el fondo, una historia de amor pop entre monstruos domesticados, tan hegemónica que resulta inevitablemente chirriante el intento de enmascararla bajo una forma femenina, denunciante y revolucionaria. Esto es tan evidente que, incluso si no fuera porque la policía persigue a los personajes durante todo el relato, en realidad llevarían una vida —y sobre todo un sentido de la vida— tan hegemónico como el de cualquier otro. Lo único que los hace “diferentes” es que matan, pero ni siquiera eso constituye una verdadera singularidad en nuestro mundo. De modo que aquella supuesta rebeldía monstruosa termina “existiendo” únicamente a nivel superficial, ya que no se busca definirse por su autodeterminación o diferenciación, sino simplemente termina basándose en el maquillaje.
Sin embargo, resulta interesante observar cómo, después del exhaustivo análisis crítico dirigido contra Cumbres borrascosas de Emerald Fennell, adaptación de otro clásico del siglo XIX escrito por una mujer, muchos argumentos denunciaban la romantización del drama por invisibilizar el racismo y la violencia, cuando era evidente que no era la intención de la directora ni tampoco la forma en que la obra se había querido comercializar. Pero ahora, frente a ¡La novia!, una película que se vende como bandera feminista y termina representando casi lo contrario, la crítica parece quedarse corta y adoptar una mirada un tanto pueril, incapaz de reconocer su evidente falta de sentido, únicamente porque su connotativo discurso coincide con aquello que hoy se espera de una película dirigida por una mujer.
Se reafirma así una lógica en la que la agenda social se impone a la claridad y a la eficacia cinematográfica, donde Maggie Gyllenhaal, más que alzar su voz, termina demostrando cómo incluso la popularidad de las causas femeninas puede conducir a la invisibilización de la propia lucha, al reducirla a una forma cómoda de circulación dentro de la cultura pop, justificada por su “voz femenina”, que apela precisamente a valores contrarios a los que dice defender y produce así una ilusión de radicalidad que termina reduciendo la rebeldía femenina en otro estereotipo fácilmente digerible dentro del imaginario de la cultura pop, justo lo contrario de la incomodidad que el monstruo de Mary Shelley encarna en Frankenstein.










