La infancia como resistencia
Se me hace extraño escribir estas líneas en español, cuando Tanit está profundamente enraizada en los bosques del Montseny, en una lengua, una textura y una sensibilidad que parecen inseparables del territorio. Hay algo de lo primario, de lo casi prelingüístico, donde las palabras llegan tarde, que inunda de emoción, no tanto por lo que se cuenta, sino por cómo lo hace.
Sin perder la esencia de un cuento infantil como el de Núria Albó i Corrons, Pep Garrido consigue transformar en imágenes en movimiento la historia de crecimiento de una niña que está a punto de tener una hermana pequeña. O, mejor dicho, la historia de una niña que está a punto de enfrentarse a la pérdida, al desconcierto y a la incomprensión de un mundo que empieza a exigirle que crezca.
Tanit (Dolça Salvans Portell) juega con la libertad propia de la persona que aún no ha sido domesticada del todo. Rodeada de naturaleza, se mueve entre árboles y animales, con una intuición casi salvaje. Pero esa libertad convive con la sensación de un abandono parcial: el de una madre (Sara Espígul) que necesita reposar por un embarazo de riesgo. Hay en esa ausencia una grieta silenciosa, que la película no enfatiza, pero que lo impregna todo.
Un día, buscando a su perro Xuc, Tanit se adentra en el bosque y descubre la casa de la abuela Perona (Isabel Rocatti), una anciana que vive sola y a quien todos consideran una bruja. A partir de ese encuentro, la película se despliega en una zona ambigua, propia de los cuentos, donde lo real y lo imaginado conviven sin necesidad de explicarse. Lo fantástico, lejos de ser entendido como ruptura, se sitúa en lo cotidiano, en la posibilidad de que otra forma de ver y de estar en el mundo exista.
No hay fuegos de artificio en la propuesta de Garrido. No hay una apuesta por grandes artificios técnicos. Lo que hay es una cámara paciente, atenta, que parece incapaz —o reacia— a apartarse del rostro de su jovencísima protagonista. En la mirada de Dolça Salvans hay algo que remite inevitablemente a Ana Torrent en el cine de Víctor Erice o Carlos Saura: esa mezcla de opacidad y revelación, de presencia absoluta y de misterio.
Mientras aflora una peculiar amistad entre la niña y la anciana, en su casa las cosas se complican. Pasado un tiempo, la película revela la muerte de la hermana no nacida, irrumpiendo sin dramatismo añadido. Sin embargo, es devastadora. La película no busca explicaciones ni consuelos fáciles; es cuidadosa, y se limita a observar cómo ese duelo obliga a reconfigurar los vínculos familiares.
Hay una escena que condensa toda esa intensidad emocional. Desde la parte de atrás del coche, Tanit le grita a su padre (Sergio Caballero): “no em dona la gana de fer-me gran”. No quiero hacerme mayor. En esa frase hay una resistencia radical, un rechazo a la lógica del crecimiento entendido como pérdida: de la libertad, de la imaginación, de la intensidad de los afectos. Es un grito que no solo pertenece al personaje ya que es capaz de atravesar al espectador.
Porque Tanit no habla únicamente de la infancia. Habla de la dificultad de sentirse diferente. Tanit pertenece a una familia aparentemente estructurada, convencional, pero en su interior hay una nota discordante que no termina de encajar. Se trata de una diferencia difusa y difícil de nombrar. Tanit es “salvaje” en un sentido profundo e infantil: desordenada, intuitiva y todavía no capturada del todo por el lenguaje. Se mueve en el régimen de los afectos, de los gestos, de una ética de la bondad que no necesita justificarse.
En ese sentido, la figura de la tía (Núria Molas) —que trabaja con el ganado, en contacto directo con la materia viva— resuena con otras representaciones recientes del cine español, como la de 20.000 especies de abejas de Estibaliz Urresola. Ambas películas comparten una mirada hacia la infancia que no intenta domesticarla, sino acompañarla en su extrañeza.
Garrido, como ya ocurrió con Urresola, podría ser acusado de cierto academicismo formal. Pero sería una lectura superficial. Precisamente en esa aparente sencillez reside su fuerza: en la delicadeza de los encuadres, en la precisión de los movimientos de cámara, en esos pequeños desvíos de la planificación más clásica que, por su rareza, adquieren una potencia inesperada.
Hay un momento particularmente revelador: tras la pérdida, Tanit mira al cielo. La cámara acompaña su mirada, el plano se vuelve casi blanco, atravesado por nubes que matizan la luz. Y en ese descenso, quien devuelve la mirada es Perona. No hay nada de sobrenatural en la conexión. La “vieja bruja” aparece al otro lado del plano como consagración de un vínculo. El filme habla, también, de un linaje de mujeres que comparten una forma distinta de habitar el mundo, una sensibilidad que desborda lo normativo.
La película avanza así, sin subrayados, confiando en la capacidad del espectador para dejarse afectar. Es el dolor sin decorados lo que articula sus momentos más intensos. No hay grandes discursos, solo gestos: una caricia, una mirada, una presencia.
Acompañada por la música de Clara Peya, la adaptación de uno de los relatos más conocidos de Núria Albó se convierte en una experiencia emocional inesperada. Un cuento que, sin renunciar a su dimensión familiar, se abre a una complejidad afectiva poco habitual.
Y quizás por eso emociona tanto. Porque no impone un sentido, sino que deja espacio para que cada espectador se encuentre con sus propias pérdidas, sus propios deseos, sus propias resistencias. Hay algo en Tanit que abre una vulnerabilidad nueva.
No sé exactamente por qué lloré. Tal vez porque la película toca algo que no termina de formularse. Tal vez porque, como Tanit, hay una parte de nosotros que sigue resistiéndose a crecer, a aceptar las renuncias que eso implica. O tal vez porque, en su aparente sencillez, la película logra algo poco frecuente: recordarnos que sentir, en sí mismo, ya es una forma de conocimiento.
Llarga vida al cinema en llengües minoritzades.






