Hemos visto películas cuyo protagonista era un perro (de todo tipo de razas, de hecho), gatos, vacas, cerdos o equinos varios… pero, dejando de lado cintas de animación, no habíamos visto nunca a una gallina como actriz principal del relato. En Hen seguimos el itinerario vital de tal plumáceo desde su llegada a este mundo en un centro automatizado de cría hasta que ella misma adopta una descendencia en un contexto inusual. Hen, del inefable autor de Taxidermia (2006) o Free Fall (2014), pone en evidencia la frialdad y crueldad humanas frente a las divertidas peripecias de la gallina y sus repetidos intentos de fuga. Estamos sin embargo a medio camino entre las trepidantes aventuras de Chicken Run (Peter Lord, Nick Park, 2000) y las miserables maquinaciones que atrapaban los burritos de Au hasard, Balthazar (Robert Bresson, 1966) o Eo (Jerzy Skolimowski,2022). Así, la gallina es extraída de su rol de ponedora para devenir protagonista de un futuro caldo, salvándose del mismo no tanto por una fuga voluntaria como por una glotona incursión en una gasolinera. Esta secuencia culminará con la exitosa huida de las fauces de un zorro (que acabará siendo un cazador cazado ante la sorprendida mirada de la gallina) y dará pie poco más tarde a su llegada a un destartalado restaurante, base actual de unos traficantes de personas. Es a partir de este momento dónde Pálfi despliega toda su ironía y humor negro. Los dos largos referidos que tenían un burrito por protagonista devenían progresivamente trágicos anunciando un final desagradable para ambas bestias debido a las malas acciones de los personajes que les rodeaban. Pálfi sitúa a la gallina en el centro de la acción, en un contexto miserabilista (desde las mecánicas cintas en las que caen los pollitos hasta los personajes con las que la gallina se cruza en su fuga), haciéndola caer en el seno de una familia desintegrada que malvive, aislada en el bosque, a expensas de la desgracia de otros. Sin embargo, todo ello queda en segundo plano, como si la tragedia humana fuera un telón de fondo, o un problema menor, frente a las angustias de la pobre gallina, ora ocupada en picotear fuera de su recinto, ora obsesionada con el gallo que llega para convertirla en ponedora. Mientras los humanos se enfrentan, matan o mueren, la gallina sigue imperturbable, con su mirada marciana, incapaz de comprender nada de lo que ocurre, incluso causando graves desgracias, pero sobreviviendo en su animalidad y persistiendo en su objetivo. Pálfi se despacha a gusto alternando secuencias hilarantes de la gallina corriendo con una caja a cuestas o trepando para salir del corral junto a agrias discusiones y amenazas de muerte entre los hombres. Puede que para algunos esta comedia frivolice las tragedias de la vida pero tal vez, aun sin ignorarlas, no debamos darnos tanta importancia. Aparte de los humanos, hay mucha más vida en el planeta y no menos importante. Por cierto, Jessie Buckley, devuelve el Oscar para que lo reciba quien realmente tiene la mejor interpretación del año.
A Werner Herzog le encantan los parajes lejanos, misteriosos, y los personajes excéntricos. Tanto da si hablamos de la Patagonia, la selva amazónica o la Antártida. Es lo mismo si se enfrenta a la complejidad vital de un saltador de esquí, de un obseso de los osos o un escalador. Por todo ello, a priori, da la impresión que Ghost Elephants es una película genuinamente herzogiana. Sin embargo, transcurrido parte del metraje, da la sensación que nos encontramos no tanto con elefantes fantasmas sino con el fantasma de Werner Herzog. La historia arranca con el esqueleto del mayor elefante cazado jamás (y sólo exhibido parcialmente dado el peso de sus restos) y la obsesión que tiene el biólogo Steve Boyes por ver a sus descendientes, ocultos en algún remoto lugar de Angola. Herzog salta del rostro agitado de este personaje a las calmadas palabras de los bosquímanos que devendrán rastreadores para una exploración en el altiplano angoleño, en busca de los referidos animales. Las historias que cuentan, sus rituales y tradiciones, su lenguaje y sus bromas son la parte más interesante de la película y Herzog las recoge, con su habilidad para el detalle humano, con respeto y con sentido del humor. Sin embargo, a mitad de la película, en el momento en que la exploración arranca, la historia se desdibuja y vemos que no estamos ante una película de Herzog sino ante un documental de National Geographic, productores de la película. Se habla de recursos, vehículos, quilómetros a recorrer… y entre unas imágenes y otras de todoterrenos en movimiento, de hombres cargando motocicletas por encima de las aguas de un pantano, aparecen imágenes deslavazadas que parecen de otra película que se desarrolla en paralelo (la entrevista con el rey de la tribu, las extensiones llenas de esqueletos o el hipnótico baño de un elefante en filmación subacuática). En un momento de la cinta Boyes reflexiona sobre la necesidad que tiene de encontrar estos paquidermos, supuestamente los mayores animales sobre la tierra, para, a continuación, verbalizar que tal vez sea mejor no llegar a verlos y seguir soñando, imaginando, que realmente existen en un lugar remoto. Cuando finalmente, de modo muy esquivo, los animales se vean entre la maleza, alejándose del grupo, que les capta con dificultad mediante la cámara de un teléfono (sin poder utilizar el sofisticado equipo que acarrean), Ghost Elephants no alcanza un clímax sino un anticlímax. No hay emoción alguna, no hay épica y, además, el misterio se deforma. Es cierto que vimos como Fitzcarraldo cargaba el barco a través de la montaña; pero la épica culminaba en una derrota gloriosa. Si Herzog planteaba un triunfo más completo, evitaba mostrarlo, como la ascensión no filmada al pico del Cerro Torre. Ahí la gloria se envolvía de misterio absoluto. Ghost Elephants parece, de hecho, un secuestro, el de Herzog a manos de la productora de documentales. De modo parecido al que sucediera en Cave of Forgotten Dreams (2010) o Meeting Gorbachev (2018), este documental no carece de interés, pero sí carece del encanto que el veterano aventurero aporta a sus mejores obras. Tal vez debamos plantearnos que a sus 84 años el director de The Wild Blue Yonder (2005) puede seguir soñando pero necesita de un apoyo exterior que le impide seguir compartiendo estos sueños.







