Tradición indie en las venas y esencia autoral incipiente
Siempre es un ejercicio tremendamente excitante y esclarecedor el regreso a las obras primigenias de autorías contemporáneas de gran calado. En el caso que nos ocupa, este pertinente especial sobre la filmografía completa de la reina más plausible del indie cinema estadouniense contemporáneo, la gran Kelly Reichardt, la experiencia resulta tan deudora de toda una tradición cinematográfica que se curtió en la cultura underground del “hazlo tú mismo” de los movimientos contracultuales del cine yanki —o del incipiente punk en lo musical, por ejemplo—, como anunciadora de las constantes claves en la perspectiva analítica de la cineasta norteamericana. Nos situamos en el año 1994 y en su primer largometraje, que Reichardt escribe y dirige como es habitual. El film ya tuvo un impacto significativo con su selección en el festival de Sundance y en Berlín, y obtuvo la nominación para el premio del jurado en el festival impulsado por el legendario Robert Redford, así como para cuatro Premios Independent Spirit en 1996.
Empecemos por recordar las lacónicas descripciones de la autora sobre su película, “una road movie sin carretera, un film criminal sin crimen y una historia de amor sin amor”, porque en ellas queda muy convincentemente sintetizada el alma desubicada de una película que muestra sin ambages el hastío existencial de dos personajes que podrían representar a una parte demasiado significativa de toda una generación, extensible en sus esencias al mismo día de hoy, y a la falla calamitosa del tan cacareado “american way of life”. A Reichardt le han interesado desde el principio esos márgenes en diferentes graduaciones, que la inclemente sociedad norteamericana ha normalizado como unos flancos notables de su guerra sin cuartel por una supervivencia demasiado cara, demasiado desesperanzada.
Aquí además, como buena valedora de sus orígenes personales, la directora sitúa su falsa road movie criminal en los condados de Broward y Miami-Dade donde creció, entre Miami y Everglades, en las tierras que los indios originarios llamaban «el río de pasto». Así nos lo cuenta con una sugerente y emocional voz superpuesta la protagonista durante una suerte de prólogo introductorio. Nació en 1962 en el Hospital Coral Cables de la Universidad de Miami —sus padres decían que era tan brillante que llegó al mundo en aquella ilustre institución académica—. La llamaron Cozy por el batería preferido de su padre Cozy Cole. Su madre se marchó cuando ella tenía diez años, y su padre siempre le contaba que se fue con el circo —a ella le gustaba imaginarla cuan brillante acróbata, cubierta de lentejuelas, pero sin red para sostener su caída—. Aunque su padre no era católico, la llevó a un colegio religioso, y ella nunca le contaba la verdad al cura en la confesión, tenía unos cuantos falsos pecados que ir desgranando para cumplir con la obligación impuesta. Aunque nunca se tocaron, Bobby, el marido invisible que apenas vislumbraremos en algún fotograma fugaz casero, le escribió cartas de amor durante toda la educación secundaria, y cuando le pidió matrimonio, ella le dijo que sí, con el convencimiento de que él la amaba, y de que ella algún día podría corresponderle. Toda esta inquietante bitácora vital, la acompaña Reichardt de una selección de estampas ilustrativas a modo de álbum familiar de fotos. Cuando una potente música jazzera y las imágenes alternas de los músicos que la interpretan —con un especial protagonismo del padre músico—, irrumpen entre los títulos de crédito, la cineasta nos presenta su película River of Grass junto a ese paisaje verde interminable y característico. Y vuelve a recordar Cozy (y Reichardt también) a los primeros pobladores, que consideraban aquellos páramos inhabitables. Sin embargo, dicen que se va a construir una gran urbanización.
En la vida cotidiana de Cozy (Lisa Bowman), el hastío, la profunda desafección por unos hijos que parece no haber deseado verdaderamente, sus acrobacias casi infantiles —tan potentes a nivel visual y expresivo—, que podrían recordar a esa madre perdida, remiten a una vida hendida de insatisfacción y soledad. Pero, como nos continua relatando la narradora, resultó que había otra persona en un condado cercano que se sentía tan solo como ella. Lee Ray Harold (Larry Fassenden, otro ilustre del cine independiente estadounidense) existe sin oficio ni beneficio, durmiendo en la habitación de la casa de su tía que ocupa desde la adolescencia y deambulando en su Cadillac azul de un lugar a otro de la costa. Un buen día se encuentra accidentalmente con la pistola perdida del padre de Cozy, que tuvo que reorientar su carrera a la de detective de policía inevitablemente errático. Y esa misma noche, conoce a Cozy en un antro nocturno al que ella ha huido como una tabla de salvación frente a la desgana existencial que la colapsa. Entretanto, Reichardt continua desgranado los pedazos visuales de una vidas a la deriva, en el nuevo tatuaje de Lee, en el cuerpo desnudo de Cozy en la ducha preparándose y acicalándose para esa pequeña escapada, en el recorrido de la cámara por las fotos de la infancia y la adolescencia que cuelgan lastimosamente de la pared. Como también en los paisajes urbanos, tan marca de la casa de la autora, filmaciones cadenciosas de los destartalados muros grafiteados, de las calles invadidas de maleza y desconchones, del vacío espacial y emocional.
A partir de este encuentro fortuito, los acontecimientos les involucran en un tiroteo mortal y emprenden un caótica huida sin un dólar en los bolsillos para abandonar el sur de Florida. Así es como inaugura Reichardt una línea temática que retomará en sus siguientes películas, la preciosa Wendy and Lucy, una suerte de Umberto D contemporáneo, y Meek’s Cutoff, su primera revisitación del western, ambas sobre personas que intentan abandonar un lugar con la frustración de la precariedad de recursos, mediante las que siempre cabe la reflexión sobre qué es lo que se busca y qué es lo que se pierde. Sobre un espíritu genuinamente existencialista —“¿Dónde llevarán todos estos caminos?”, se pregunta Cozy en un momento dado mientras observa las carreteras que rodean metafóricamente su vida—, el discurso del film se adereza con toques de humor absurdo para componer un film que bebe de míticas obras setenteras como Malas tierras (Terrence Malick) o Carretera asfaltada en dos direcciones del iconoclasta Monte Hellman, como también de un clásico incontestable como Bonnie & Clyde (Arthur Penn), al mismo tiempo que hace gala de una libertad creativa en el manejo de todos los elementos de la trama muy estimulante y fresca. Probablemente la referencia más directa e íntima podría ser otra cima del cine feminista de los años setenta del siglo pasado, Wanda, de Barbara Loden, una película de atracos y fugas que se termina transformando en un retrato de una mujer desencantada con el mundo, ya que aquí también, los personajes y las situaciones mutan y se desvelan en realidad como la biografía de Cozy.
Reichardt, como sus personajes, deambula de una referencia a otra hasta completar una propuesta muy especial, libre, honesta, vital, que suena a vinilo underground de los años noventa, una de esas películas de carretera que cantan viajes sin fin y amores imposibles. Un film, dividido en cuatro actos numéricamente presentados en pantalla —y de ningún modo puedo dejar de destacar el retorno a la percusión jazzera inicial, pero con otro ritmo mucho más acelerado, al inicio el capítulo final—, que enlaza a la perfección con los elementos nucleares de otras tantas propuestas posteriores, como las mujeres problematizadas que se cruzan en un pequeño pueblo de las llanuras de Montana en Certain Women, y del cine de Reichardt en amplia extensión. Un cine genuinamente independiente, propio, reflexivo e incisivamente humanista en su pausada quietud.








