Fatherland, de Pawel Pawlikowski

La Europa rota

Acabada la guerra, en 1949, asentados los bloques capitalista y comunista, y desbrozando los escombros, Thomas Mann, premio Nobel mediante, es invitado a celebrar la pervivencia literaria y espiritual de Goethe en sendos actos, uno en la Alemania Federal, otro en la República Democrática. Mann, impecable en su presencia y severo en su discurso, no deja de ser un personaje frágil y es ayudado, seguido, custodiado, por su hija Erika (una extraordinaria Sandra Huller). Pawel Pawlikowski lo presenta como a un personaje extremadamente contradictorio. Rotundo en su crítica al nazismo, del que huyera en 1933, y distante al comunismo, pero, en todo caso, defensor de unos valores y de unas ideas de nación y de moral que parecen haberse desvanecido con la masacre que significara a Segunda Guerra Mundial. El distanciamiento con su hijo Klaus (autor de la novela Mephisto, cancelada por el gobierno nazi y publicada póstumamente por editoriales socialistas), al que infravalora por su adicción y rechaza de modo despectivo por su actitud depresiva evidencia una intransigencia y una lucidez en progresiva decadencia. Los enfrentamientos con su hija, por otro lado, modulan la relación pasando de la oposición mutua a cierto entendimiento, durante el cual ella suaviza la relación paterno-filial y él parece entender que su mundo ya ha desaparecido. Al final de su periplo, ambos se refugian en un pasado artístico del clasicismo alemán, escuchando una pieza en el mismísimo órgano en el que tocara Johann Sebastian Bach.

Pero para llegar a esa suerte de purgatorio, ambos han atravesado un infierno. El personal, en primer lugar, con el suicidio anunciado de Klaus, acusando a su padre por pretender vivir en el pasado e ignorar la realidad mundial post bélica, recordando los suicidios de Benjamin, Roth o Zweig e instando a una despedida masiva. El marcado, impecable, blanco y negro propio del director es más adecuado que nunca en esta película y la primera escena, en un plano secuencia con el cuerpo desnudo de Klaus, anunciando por teléfono sus intenciones, alertando a su familia y al mundo de la situación de descalabro moral, fija el tono de la historia.

El segundo lugar, pero directamente relacionado con la tragedia íntima, está alrededor de la familia. En determinado momento se pregunta a Mann, residente en los Estados Unidos, dónde está su hogar. Responde que su domicilio está en California pero, admite, que no sabe dónde tiene su patria, su «Heimat», su «Fatherland». Aquella Alemania ideal, próspera y culta, ha sido víctima del terror y despedazada posteriormente por los vencedores. Aún más, el resultado no es sólo el desmembramiento de la Arcadia germánica que Mann idealizaba, sino una contaminación por parte de los nuevos amos, capaces de cualquier movimiento con tal de incrementar su poder. En la Alemania de Mickey Mouse, se acepta a ex nazis, algo que comprenden entre náuseas padre (que rechaza el proyecto de los nietos de Wagner por filo nazi) e hija (que ve entre los invitados a su ex marido, actor amigo de Goering). En la Alemania de la hoz y el martillo, la pobreza y el autoritarismo son evidentes y los niños son la prueba del control del partido. No hay, en momento alguno, subrayados por parte del director que presenta todo ello con amarga sutileza.

Tal vez, sin embargo, lo más terrible de Fatherland no radica en la historia del viaje de Thomas Mann y Erika sino en las resonancias que la situación política de aquella época, presentadas en la película de modo tan explícito como sutil, tienen en la nuestra. Es dudoso que existiera en momento alguno esa Alemania soñada por Thomas Mann, culta, expansiva artísticamente y rica. No parece que la reunificación la oriente tampoco en esa dirección. En cuanto a la Unión Europea, la dependencia que tiene de los grandes poderes económicos y las divisiones internas, las diferencias de criterio en cuanto a relaciones internacionales o a la aplicación de normativas internas que perjudican a sectores primarios y secundarios internos, se asemeja más a la Alemania de los 60 que a un concepto de cultura o nación independientes. Si Thomas Mann perdió su «Heimat», es muy posible que nosotros no reconozcamos en Europa nuestra «Fatherland».

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