Hay obras que ya se auguran como una excepción desde su primera imagen. En un sector como el que ocupa el anime televisivo —delimitado por géneros y constructos narrativos que obstruyen cualquier atisbo de voz o autoría—, las series que huyen a la norma suelen ser reconocidas inmediatamente como tal. Sin desmerecer el valor referencial que ocupa dicho sector —donde tendrían cabida títulos recientes de la talla de Takopi’s Original Sin (2025), Lazarus (2025) o Nippon Sangoku (2026)—, lo cierto es que a través de la gran pantalla los ejemplos que se desmarcan suelen ser más abundantes, o por lo menos, lo son en aquellas producciones que se han ido distribuyendo durante los últimos años. Por ende, sería pertinente pensar en películas como Look Back (2024), Anzu, gato fantasma (2024), Tu color (2024),100 metros (2025), Scarlett (2025), All You Need Is Kill (2025) o A New Dawn (2026), donde, no exentas de sus respectivos matices, todas destacan por una marcada personalidad que las distingue mediante un cometido formal original y arriesgado. The Last Blossom (2025) de Baku Kinoshita es un añadido mayúsculo a esta lista, pues no solo se jacta de un trazo y un estilo ajeno a lo presumible, sino que compone un relato en varios tiempos que se despliega a favor de una historia íntima y profundamente conmovedora.
Esta empieza desde la vejez de su protagonista, que en su último aliento de vida recuerda los días que pasó junto a la persona que quería (aunque este jamás se lo confesara). Él es un yakuza llamado Akutsu, y del mismo modo que los particulares criminales de las películas de Takeshi Kitano tienen que refugiarse lejos de la ciudad, él también parecía tener que vivir al margen del crimen —aunque participase de sus decisiones—. En aquel entonces fue donde dió cobijo a Nagata y su hijo recién nacido, dejando atrás una vida ligada al malvivir de dicho universo. En el recuerdo de aquellos días, un anciano Akutsu, ya en la cárcel, cuestiona las decisiones que le llevaron hasta allí y si había merecido la pena la vida hasta entonces. Lo curioso y diferente de su interrogación es el cómo, pues el señor lo hace desde la conversación que mantiene con una flor dispuesta en una maceta, la cual, por si quedaban dudas, le ofrece respuesta.
Esencialmente, The Last Blossom habla sobre la fugacidad del tiempo y el sacrificio en pos de la estima. Con un tono reposado, enfocado sobre los pequeños destellos del día a día, la película busca el sentido de la maravilla en la particular convivencia de Akutsu con la mujer que ama en silencio. En esta observación, el director convida a ver ese microcosmos de felicidad fugaz, generando una serie de situaciones sutiles donde resuena el eco de su deseo y su correspondencia. Sin embargo, como se puede intuir por el desenlace al que se ve abocado el personaje principal, las cosas se empiezan a torcer cuando la vida delictiva se interpone con ese rincón de paz ajeno a todo. En este aspecto, la segunda mitad del film cambia de tercio para proponer un drama criminal crudo y sin acentos, mostrando una serie de perfiles vengativos y torturados donde el honor se mezcla con los sentimientos, y viceversa.
Baku Kinoshita, quien ya hubiera trabajado en la serie Odd Taxi (2021) —también, una excepción en su género—, busca alcanzar una trascendencia emocional en la redención (tal vez) posible de su protagonista. Mediante las preguntas que le formula la flor —donde se ríe de las decisiones del hombre—, se interroga, a su vez, el propio absurdo de la condición humana. Akutsu, por su parte, responde ante ello sustentando el por qué de la validez de su vocación final, en busca, quizá, del sentido mismo de la vida. A través de esta ambición, este prometedor autor consigue congeniar algunas imágenes absolutamente evocadoras y magnéticas, donde revela un pulso mucho más próximo al existencialismo y la mirada sobre una belleza que ve más allá de logros o errores. Desde el acercamiento a la explosión de unos fuegos artificiales al comienzo de la película, la voluntad de enmarcar dicho instante anticipa una inclinación consciente a favor de la fugacidad, y cómo lo etéreo constata, desde su mera contemplación, el valor de saberse vivo y consciente del momento, aunque las cosas no sean como quisiéramos que fuesen.
The Last Blossom ultima un precioso alegato a favor de una estima que sobresale, incluso, a su misma correspondencia; en una impostura que ve más lejos y salvaguarda la de aquellos que, pese a todo, nunca llegan a tiempo de decir lo que quieren. Un honesto y sentido homenaje a los perdedores que invita a recordarnos el valor de atesorar la importancia sobre nuestra incumbencia y como nuestro tiempo y los recuerdos que guardamos nos pertenecen y acompañan; algo que, con toda seguridad, también hará de forma excepcional esta misma película.







