Nightborn, de Hanna Bergholm

Las dificultades de la maternidad y la mala baba finlandesa se dan la mano en este cinta sobre un matrimonio idílico que se encuentra con un obstáculo insalvable: su primer hijo. El grado de empalagosismo y ñoñería de los primeros minutos contrasta bien con lo que vendrá después: desde el primer plano del sangriento parto, un berrido continuo e irritante se sostiene en el tiempo salpicado con momentos tremendos como los pezones sangrantes, la criaturita arrancando el pendiente de la abuela (y de paso un trozo de oreja) o la hipersensibilidad materna que escucha todos aquellos comentarios que se supone no deberia oír cuando muestran en sociedad al pequeño Kuura, un bebé con mucho pelo y una extraña apetencia por la sangre. Por supuesto, el padre (el pelirrojito de Harry Potter que, como el propio Harry, ha crecido) no se entera de la misa la media, y eso que su padre es sacerdote. La puesta en escena de Hanna Bergholm centra su mirada en el punto de vista materno depositando en Seidi Haarla todo el peso de la película. Es cierto que la ambigüedad suele jugar a favor en este tipo de películas en las que todo el mundo parece conspirar contra el protagonista, haciéndonos dudar de si ha perdido la cordura o, por el contrario, es la persona más sensata de los que se pasean por la pantalla. Aquí no hay género de duda, el niño es un engendro y todo lo que no sea tratarle como tal será un error. La parte final, por eso mismo, es complaciente y divertida a partes iguales, pero también hace que se nos haya olvidado a los diez minutos.

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