Hope

Hope, de Na Hong-jin


El director de las escabrosas El extraño (Goksung, Na hong-jin, 2016) y The Chaser (Chugyeogja, Na hong-jin, 2008), Na hong-jin, se lanza al blockbuster con Hope, su nueva película que pasó por Cannes y ahora se proyecta en la 59º edición del festival de Sitges. Es difícil describir con precisión un proyecto como Hope, pero lo que sí está claro es la inmensidad de sus ambiciones e, irónicamente, la relativa sencillez de su desarrollo narrativo, un contraste a la par con la mirada auto consciente de nuestra insignificancia como habitantes de un universo inabarcable para el cerebro humano. El metraje es frenético hasta lo extenuante y se sumerge de cabeza en su caótica propuesta de disparos, persecuciones y destrucción a mansalva en el enfrentamiento a un enemigo completamente imposible de parar y que se revela en pequeñas dosis manteniendo construyendo la tensión in crescendo durante todo el metraje. Los personajes de la película corren incesantemente de un lado para otro sin una consciencia muy clara de qué hacer y siempre con más preguntas que respuestas, movidos por un impulso de supervivencia sustentado en ese estado de ánimo que en inglés se nomina con la misma palabra que da título a la película: esperanza (hope). Aunque el título hace en realidad referencia al pequeño pueblo coreano ficticio de Hope Harbor donde se desata esta suerte de fin del mundo concentrado, uno no puede evitar asociarlo a la inquebrantable esperanza a la que se aferran sus personajes de la que hacen partícipe al espectador, que durante más de dos horas de metraje es testigo de la indefensión absoluta ante la amenaza a la que hacen frente sin rendirse en ningún momento. Como reza Go Bum-seok (Hwang Jung-min) mientras corre sin un objetivo claramente determinado y totalmente abrumado por los sucesos que está viviendo, “estoy perdido y confuso”, una sensación que permea la pantalla en el mejor de los sentidos, intensificando la incertidumbre que se transmite en medio de la acción. En cierto modo, Hope puede verse como una especie de Transformers (Michael Bay, 2007) en su abrazo por el caos desmesurado y la acción desorbitada que sigue esa condición de blockbuster, además de disponer de un argumento que dialoga en varios sentidos con la película de robots gigantes. Sin embargo, por su parte Hope no ofrece la claridad explicativa clásica de los diálogos de Transformers que dejan la trama bien definida y fácil de comprender, más bien todo lo contrario y Na Hong-jin ejerce un vacío críptico negándole al espectador que disponga de las piezas que le permitan tener la imagen completa de lo que acontece en pantalla, situando al espectador en una posición de ignorancia como la de los personajes. La narrativa sorprende expandiéndose con más preguntas a medida que nuevos datos del argumento se van desvelando y ni siquiera cuando aparecen los créditos finales hay una conclusión clara de lo que le depara el destino al pequeño pueblo de Hope Harbor. En definitiva, Na Hong-jin ofrece una ambiciosa propuesta de alto octanaje que ejecuta con una puesta en escena impecable, poniendo de relieve su capacidad para poner su voz autoral al servicio de un espectáculo inconmensurable.

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