La película de Edwin comienza con un suicidio en un fábrica donde la gente echa muchas horas extra. La denuncia, por supuesto, está ahí, pero el trazo grueso no se separará en ningún momento de la historia. Las hijas de la difunta llegarán al lugar del incidente a tratar de esclarecer las causas y todo nos será explicado por triplicado para dar fe de que no nos perdemos por el camino. Sus diálogos sobreexplicativos, sus alucinantes metáforas (un documental sobre axolotes en la tele para que relacionemos a las asombrosas criaturas con el hermano de las protagonistas, que puede regenerar sus miembros, ahí es nada), escenas delirantes (la posesión de Ida dando saltos como si fuese Dimitri el del meme hay que verla) o la presencia de personajes extravagantes como el del capataz travesti o el citado hermano que termina perdiendo la cabeza (en realidad todo lo demás) son todos aspectos que de primeras no invitarían especialmente al visionado y menos en un festival con tanto donde escoger (aunque la elección no siempre sea factible teniendo en cuenta las dificultades de conseguir entradas para casi cualquier cosa presuntamente interesante). Pero, siempre hay un pero, y esta vez, después de la que le está cayendo a la película, que parece hasta que no me ha gustado (no solo lo parece, no engaño en eso), hay que reconocer que al menos tiene algunas ideas visuales y un cierto sentido estético. No es que me emocionen sus cambios de foco repentinos (aunque al menos no son enteramente gratuitos), ni esos planos con la cámara colocada en lugares inesperados (debajo de un grifo o encima de un ventilador, por ejemplo), pero al menos uno no se aburre con su puesta en escena, que también incluye algunas vistas subjetivas desde el punto de vista del demonio que ronda la fábrica y algo de gore vía efectos prácticos a la antigua usanza. Y cuando estamos hartos de ver películas en las que se deja todo en manos de un guion supuestamente ingenioso (ojo que ha ganado Buddy en este aspecto) poniendo la cámara en cualquier sitio y de cualquier forma que no moleste demasiado a la hora de centrar la atención pues hay que valorarlo, o al menos yo lo hago.







