¿Qué fue de Baby Jane?

Juguetes rotos

A ti, que eres ella.
A ella, que eres tú.
(Y ninguna de las dos lo sabe)

Robert Aldrich es un cineasta cuyas películas suelen dar más, cuando uno vuelve a detenerse sobre alguno de los peldaños de su filmografía, de lo que nos dicta la memoria al paso de los años y de habernos acercado a muchas otras propuestas y gramáticas fílmicas. Hacía más de un lustro que no veía la película objeto de estas líneas y la nueva impresión, en Septiembre de 2009, ha sido casi inmejorable. Conservaba el recuerdo de una buena obra, y creo que el pase contrarrestó la pereza que puede despertar a priori cierto cine de los años 60, de apariencias un tanto aparatosas, erigiéndola como una pieza, más que brillante, magistral.

Es magistral no sólo por sus elementos llamativos, como pueda ser el duelo interpretativo entre unas enormes Bette Davis y Joan Crawford, que trascendió lo meramente ficticio ya que según parece acaecieron numerosos roces y envidias off screen, las cuales impidieron que Aldrich pudiese volver a reunirlas —también con Victor Buono, que no está menos excelente aquí interpretando al grisáceo personaje llamado Edwin Flagg— en Hush… Hush, Sweet Charlotte (1964), otra producción de Aldrich con la que trató de aprovechar el éxito económico inesperado de Baby Jane contando con los mismos guionistas, y en la que finalmente Crawford se negó a intervenir aduciendo sufrir una improbable enfermedad; y tampoco por sus reminiscencias hitchcockianas (Psicosis / Psycho [1960] había sido un tremendo éxito comercial dos años antes, y Baby Jane contiene también en su argumento un caso de evidente demencia), aunque hablar de un remedo coyuntural en el caso del film de Aldrich sería, a mi modo de ver, errar el tiro estrepitosamente.

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Estamos ante una película que, siendo un tensísimo y a ratos terrorífico thriller en el que el director saca enorme partido de las elipsis, del montaje en paralelo y, sobre todo, del cambio del punto de vista de la narración —haciendo que ésta bascule sobre personajes a los que resulta difícil agarrarse—, termina revelándose como un film crucial sobre la inconveniencia de construir la experiencia vital únicamente en base a elementos de vigencia pasajera y superficial, algo muy instaurado en la sociedad contemporánea y que suele conducir a una degeneración mental fatal en cuanto dichos elementos desaparecen. Aldrich nos ofrece un trozo del esplendor efímero (y aparente) en el arranque del film (que también servirá para poner de manifiesto, más adelante, la desmemoria humana y la volatilidad de la fama —sobre todo cuándo ésta se alcanza vendiendo humo—), pero luego obliga al espectador a asistir a una generosa ración de estampas decadentes de esas mismas personas, momentos que también forman parte de su existencia exactamente al mismo nivel que los otros, pues por mucho que en la sociedad actual se conceda poco valor a los años de la madurez/vejez, los planteamientos de un film como Baby Jane comprenden que cada instante de vida vale lo mismo donde sea, como sea y cuando sea.

Se trata además de un gran retablo psicológico sobre el surgimiento, dentro de la convivencia, del egoísmo y de las peores clases de violencia (la psicológica, insidiosa, sibilina, soterrada, maquiavélica… como preludio de la física). Y también un importante film sobre el alcoholismo (y, en general, el uso irresponsable de las drogas como vía de escape) que jamás alecciona al espectador, pues renuncia a situar el tema en primer término y acompañarlo de subrayados moralistas. La riqueza de la obra (también visualmente: excelente fotografía del superviviente del mudo Ernest Haller) es enorme (de hecho me quedo sin espacio para glosarla), y la actitud de Aldrich modélica, pues elude el sentimentalismo complaciente y apuesta por una actitud descreída no exenta de detalles perversos (siempre con aliento crítico, y por tanto pertinentes). No me resisto a mencionar el muy lynchiano número musical de la Davis al son de la canción/melodía recurrente del film. Y es que, sin afán de obviar, como ya se ha dicho, la labor de Crawford y de los demás actores, Bette vuelve, y vaya si vuelve, a hacer honor en esta película a su ya mítico «I adore playing bitches».