Hijos del miedo

01

Porque aprendimos a leer con Stephen King.

Leer. Juntar dos sílabas, dos letras, los dibujos infantiles —las clases siempre olían a mierda de niño, a lejía barata, a crucifijo bien clavado en la pared y foto de los reyes—, los dibujos infantiles decían mi mamá me mima pero en casi todos los casos era una puta mentira porque mamá andaba muy ocupada dejándose la vista tras mostradores, fregonas, mochos, hasta que se hacía de noche y ya era demasiado tarde para escuchar cuentos o para quitarse el olor a aguarrás de la piel.

Leer, claro, los planes de fomento para la lectura, las campañas de alfabetización y los talleres de invitación a la lectura en la biblioteca del barrio. Arriba invitaban a leer y abajo, en el parque pobrísimo, invitaban al porro pasajero del martes por la tarde, que entraba del tirón en el pulmón y era mucho más divertido que esas mierdas del Barco de Vapor que nos obligaban a memorizar bajo el crucifijo y la foto de los reyes, queda dicho.

El taller de invitación a la lectura se saldaba siempre con una buena ostia al niño que salía de allí, aterrorizado, el niño de lecturas que se iba indefectiblemente sangrando a casa y se calentaba una cena siempre fría, y así la infancia, y así los amores y los días y los trabajos de la infancia y el horror de la infancia, y la infancia pegada sobre la piel como una sábana de carne apestosa que no nos arrancaríamos jamás en la vida.

02

Pennywise, hermano sabio. Hermano de alcantarilla e icono con más fuerza que las estampitas de los santos que los curas estrábicos nos alcanzaban en la clase de religión. Stephen King lo constató mejor que nadie, y luego nos lo clavó en el estómago con una navaja bien afilada: no vas a salir de la infancia en tu puta vida, muchacho. Nadie sale de la infancia aunque le duela el cuerpo de su crecimiento y aunque tenga la regla y aunque sea contratado y aunque sobreviva a sus trastornos alimenticios y aunque suba sus fotos bien bronceado al Instagram en vacaciones.

Pennywise, siempre atento, hijo literario de nuestra infancia y por eso confesor. Pennywise, que huele —en mi caso— al olor de los confesionarios del colegio pobrísimo por los que uno se imaginaba siempre emergiendo su globo rojo y su boca interminable, la araña —que no mantiene la película, desafortunadamente— que anida siempre detrás de los que miraban para otro lado cuando uno tenía tanto miedo que casi se orinaba encima. Miedo de que la infancia no acabase nunca y uno se quedara, como el pequeño George, flotando en mitad de ese agujero asqueroso, detenido, tiempo sin tiempo.

03

La película funciona porque ha sabido ser humilde. No es sencillo. It es una obra mayor de la literatura porque si uno la deja en la misma estantería de La Celestina, del Lazarillo de Tormes, de todas esas obras mayores y estupendas y deslumbrantes que nos obligaron a odiar en las clases de literatura, es decir, si uno deposita cuidadosamente el volumen junto a otros y espera a que caiga la noche, puede observar cómo de su interior de 1600 páginas emerge una tremendísima araña que trepa y clava sus mandíbulas en los textos que la rodean. La araña de la infancia, que la película ha borrado humildemente, como ha borrado también —al menos, de momento— las desventuras de los chicos de Derry cuando pasan la cuarentena y se preparan, religiosamente, para envejecer y asfixiarse dentro de su propio cuerpo.

Nos volvemos más sabios, quizá, pero el tipo de la navaja afilada nunca desaparece. Aunque engorde, deje preñada a la niña guapa del barrio, aunque se compre un polo con la bandera de España y se ponga a vender casas en trajes baratos de H&M. El tipo de la navaja afilada nunca desaparece.

De ahí que de pronto la película sea extraordinariamente humilde y decida hacer exactamente lo mismo que hace que la novela sea irrepetible: escuchar a sus protagonistas. Escuchar a los niños. Dejar 135 minutos para que comprueben, en un maniobra perfecta, cómo hablan, cómo se miran, cómo tiemblan y, finalmente, cómo crecen.

Umbral escribió aquello de estoy oyendo crecer a mi hijo, una de las frases más horrendas y terribles de la literatura española. Eso hace It. Está oyendo crecer a sus personajes.

04

El miedo es intransferible. Pennywise bebe sus tragos estrábicos a base de arrancarse el rostro —¡qué tremendo gesto, qué repulsión las hermosas contorsiones de Bill Skarsgård!— y avanza lenta, muy lentamente. Es un placer pensar en cómo la película se estructura, en la manera precisa, morosa, casi contenida, con la que una escena se desliza cuidadosamente hacia la siguiente. Nada está apelmazado, nada se fuerza: un gesto de horror lleva a otro, un punto de vista conduce al siguiente. Es el tiempo mismo del verano, ese tiempo en el que uno escapaba de sus humillaciones y podía largarse a la playa a sacarse una novia fea y a pasar tardes tremendas en motos de segunda mano entre acequias y carreteras secundarias. El tiempo de verano, que es el tiempo de It, ese tiempo que nunca vuelve, que olvidamos —¡qué tremendo ese olvido-no-olvido final de los protagonistas!—, el tiempo amarillento de los primeros polvos y las últimas bicicletas.

Pennywise emerge de las imágenes, emerge en las páginas de los libros y en las diapositivas, emerge con mil rostros hasta que su propio rostro se quiebra como una hermosísima porcelana china de terror puro. Susurra una palabra (miedo) antes de desplomarse pozo abajo, casi como un descubrimiento, como una epifanía sutil. Miedo. Es la herencia de la infancia, esa casa con tres puertas (terrorífico, algo terrorífico, no demasiado terrorífico) que conducen, siempre, al mismo cadáver. El nuestro.

05

Pennywise se convirtió en el santo de los niños lectores que aprendimos a leer en las páginas de Stephen King. En It, hoy ya puede confesarse, entendimos muy bien aquello que decía Ricoeur cuando afirmaba que leer es, en realidad, leerse a sí mismo. La película gestiona esa sensación y la trata con respeto, sin adaptar nada ni forzar los gestos, esos gestos en los que nos descubrimos. Desconozco cómo será la experiencia del visionado para alguien que no hubiera deseado escapar de aquel San Blas delirante y mudarse a Derry cuando tenía trece años y comenzaba a leer(-se). Desconozco si se sentirá, en cierta medida, reconfortado por las imágenes, satisfecho de saber que alguien ha trabajado con precisión los elementos del relato, los ha tomado en serio, los ha respetado. Me pregunto cómo mirará la película un chaval cualquiera que no se haya arrodillado nunca para rezar a Pennywise, que no sepa lo que es acostarse durante años con esa misma araña/infancia, que no se sienta, al menos una vez a la semana, como esos personajes de la segunda parte que volvían a bajar al mismo túnel para pelear, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, contra el mismo fantasma. Pennywise ha resultado ser, definitivamente, nuestro padre, padre nuestro, el que nunca nos abandona y el que se sigue alimentando de cada inseguridad, de cada decisión dudada hasta el vértigo. Los perdedores, los hijos del miedo.

Los perdedores, de alguna manera, hermanados. Una historia tan hermosa. Una niña rota que hacía el amor con cada uno de ellos —este detalle, por cierto, tampoco lo cuenta la película— portando toda esa angustia definitiva entre sus labios. Nunca ocurrió, ni ocurrirá nunca. Pero era suficiente para seguir vivo. Era la ficción que reconstruía el orden del mundo. Ka, como sabrán bien los niños que aprendieron a leer con Stephen King.