El cine y nada más: infancia etérea, juventud perdida y muerte soñada

Frente a la llamada época dorada de las series y el supuesto éxodo de los grandes guionistas a la narración televisiva, donde pueden campar a sus anchas los giros de guion espectaculares y los personajes arriesgados, el cine se refuerza como hogar de la narración pausada; de los silencios; de la contemplación sentida de las luces y de las sombras.

A lo largo del Festival de San Sebastián varias películas celebraron el cine a secas, la imagen como universo hermético, poderoso, onírico, emocional. En Le lion est mort ce soir (íd., Nobuhiro Suwa, 2017), homenaje absoluto al actor Jean-Pierre Léaud, el niño de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959), la cámara sigue a un actor incapaz de interpretar su propia muerte, a los fantasmas de su pasado y a un grupo de niños que han ocupado su casa para rodar una película casera. La película habla sobre la infancia y la vejez como dos espejos enfrentados y sobre la muerte como puente entre ellos. Pero, sobre todo, el film es un fluir de situaciones entrañables que deja que los personajes —y el espectador— se diviertan en el juego de niños que es hacer cine.

Otro viaje sensorial a la infancia es el propuesto por The Florida Project (íd., Sean Baker, 2017), que nos traslada a un verano pegajoso del Orlando de extrarradio. El espectador flota ante los colores magnéticos y la realidad fosforito de Moonee, una traviesa niña de seis años que vive en un motel de carretera pintado como un castillo violeta. La película oscila entre el humor infantil de Moonrise Kingdom (íd., Wes Anderson, 2012), la pérdida de la inocencia de Boyhood (íd., Richard Linklater, 2014) y el duro retrato de la pobreza blanca en EE.UU. de American Honey (íd., Andrea Arnold, 2016).

En un tono igual de contemplativo pero mucho más crudo y documental se sitúa Soldiers, Story from Ferentari (Soldatii, poveste din Ferentari, Ivana Mladenovic, 2017). La película transgrede tópicos y subvierte roles asociados a la masculinidad y a la pobreza desde el trabajo en la puesta en escena, la improvisación de sus actores y la más radical cotidianidad. Narrando una historia de amor tóxico gay entre un antropólogo y un expresidiario en Ferentari (un barrio gitano de Bucarest), cada escena respira sinceridad y respeto hacia la realidad social. Ahí reside la fuerza del film, así como en sus potentes personajes principales, que intentan encontrar lugar para la expresión de sus sentimientos mientras son presos de un mundo asfixiante que les da la espalda en lo social, económico y sexual.

La vida y nada más (Life and Nothing More, Antonio Méndez Esparza, 2017)

La vida y nada más (Life and Nothing More, Antonio Méndez Esparza, 2017)

La improvisación y la puesta en escena, así como la dimensión social, es también punto fuerte de La vida y nada más (Life and Nothing More, Antonio Méndez Esparza, 2017), que explora la adolescencia de Andrew, un muchacho afroamericano, pobre, recién salido de un correccional y con un padre en la cárcel. Se trata de una sucesión de escenas cotidianas, intrascendentales por sí solas pero provistas de una tremenda honestidad en su conjunto; una visión sin música ni artificios de aquello que quiso contar Moonlight (íd., Barry Jenkins, 2016), aunque despojado del enfoque LGTB que tanta profundidad le dio a esta última.

De juventudes perdidas y mundos irrespirables habla la road movie urbana Sollers Point (íd., Matt Poterfield, 2017). En ella, el joven blanco estadounidense Keith sale de la cárcel para regresar a su casa en Baltimore y encontrar que no hay nada que le espere tras los meses entre rejas: no hay amor, no hay trabajo ni diversión si no vienen relacionados con los mismos asuntos turbios que lo llevaron a la cárcel en primer lugar. La película tiene un guion que parece no llevar a ninguna parte y que no da pie a un desarrollo psicológico del personaje, precisamente para reforzar la espiral de melancolía y rendición existencial en la que este se embarca, una cruzada sin rumbo por la propia dignidad, seguido de cerca por una cámara que nunca lo abandona.

Beyond Words (íd., Urszula Antoniak, 2017) sumerge a su joven protagonista, Michael, en una espiral surrealista en forma de crisis identitaria. Al igual que Keith, el joven polaco Michael quiere encontrar su lugar en un mundo hostil pues, a pesar de tener un buen trabajo y una vida acomodada en Berlín, se resiste a aceptar su condición de inmigrante. Con la irrupción en su vida de un hombre que dice ser su padre, Antoniak cocina una discreta tensión en blanco y negro que culmina con una batalla metafórica cuerpo a cuerpo entre el Michael que se esconde y el que quiere gritar a los cuatro vientos su carácter de extranjero.