Aproximaciones sucesivas

Mucho ha llovido desde que, allá por 2008, la división cinematográfica de Marvel Comics iniciara su andadura con un título devenido con el paso de los años en emblema del cine comercial de calidad: Iron Man (íd.; Jon Favreau) ostenta el mérito de ser tanto un proteico divertimento: ágil, irónico y visualmente arrebatador, como de hacer gala de un poderoso trasfondo épico, apoyado en una convincente relectura del papel del héroe en su contemporaneidad. A partir del narcisismo autocomplaciente de un Tony Stark (Robert Downey Jr.) que vehicula la superación de sus traumas pasados pertrechándose de una cromada armadura hitech, la película de Jon Favreau aportaba su granito de arena a la puesta en cuestión de la monolítica caracterización canónica del superhéroe —en boga por entonces— logrando una taquillera cuadratura del círculo. Que la apuesta parecía segura resulta evidente vista hoy día, pero lo cierto es que sin el veredicto positivo del box office no estaríamos hablando, transcurrida una década, del éxito descomunal del Marvel Cinematic Universe. Para proseguir con la hoja de ruta diseñada a cinco años vista, había que seguir asaltando el panteón de santones Marvel para presentarlos a las nuevas audiencias.

Tras la tibieza con que son visitados Hulk y Thor, así como se profundiza con escaso acierto en el ciclo heroico de Iron Man, llegaba el turno de rendir pleitesía al llamado a ser restante pilar fundacional del MCI, prólogo por añadidura del (primer) gran remate de fiesta: además de ser una gozada retro, Capitán América: el primer vengador (Captain America: The First Avenger; Joe Johnston, 2011) dimensiona con sabiduría la condición arquetípica del alter ego heroico de Steve Rogers (Chris Evans) ubicándole en un tiempo en el que su irredento idealismo no resulta tan estridente como lo será en pleno siglo XXI, confiriéndole un espesor dramático genuino, creíble. Más que como el peón ultranacionalista con el que habitualmente se le ha asimilado, Capitán América se nos muestra como un valeroso supersoldado siempre dispuesto a sacrificarse en la defensa de unos valores universales, y en ese empeño parece destinado a colisionar contra su descreído futuro compañero de filas… el primer cara a cara, en todo caso, no pasará de pelea de gallos. A propósito de Los Vengadores (The Avengers; Josh Whedon, 2012) me remito a lo apuntado en el artículo dedicado hace unos meses a La Liga de la Justicia (Justice League; Zack Snyder, 2017): «A este respecto considero merecido elogiar, entre otras cosas porque se ha escuchado/leído poco, la labor homogeneizadora llevada a cabo por Josh Whedon en Los Vengadores, que pese a cierta irregularidad en el acabado final seguramente derivada de la propia naturaleza de la propuesta, posibilita que durante el grueso del metraje se sigan con interés los diversos desencuentros de todos estos roles potencialmente conflictivos, poseedores de la consistencia dramática suficiente para no ser meros sparring de Iron Man y el Capitán América».

Pese a que allá por 2012 la abracadabrante conclusión de la Fase 1 nos pareciera el no va más en la retórica del gran espectáculo — con las mieles y las hieles fílmicas que ello conlleva— la deriva marveliana posterior ha posibilitado valorarla desde una óptica diferente; más doméstica y, por ello mismo, entrañable. Por entonces la reunión de luminarias heroicas aún cabía en una imagen, como puede observarse más arriba, y el empeño de conferirles una dimensión humana, más allá del tópico, hacía creíble el que, en pleno fragor de la contienda por la supervivencia de la Tierra, el agente Coulson (Clark Gregg) se desviviera porque su ídolo de la infancia le firmará unos manoseados cromos; en esta tesitura de pretendida intimidad, el enfoque de Josh Whedon se rebela acertado… pero lamentablemente no sobrevivirá a la Fase 2. Respaldada la apuesta de Kevin Feige —verdadero factótum del asunto— merced a unos astronómicos beneficios en taquilla, el camino que conduce a Vengadores: la era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron; Josh Whedon, 2015) pasa por seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro con nuevos capítulos de la alineación titular, que tanto en el caso de Iron Man como de Capitán América se salda con sendos títulos con entidad propia, suponiendo en el caso de Capitán América: el Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014) el debut de los hermanos Russo, Anthony y Joe, con un vigoroso thriller trufado de ecos de la Guerra Fría.

Su bautismo de fuego para Marvel Studios aporta la primera piedra del inminente cambio de escala, que será rubricado con la apertura a nuevas tramas espaciales de Los Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy; James Gunn, 2014) y su psicodélica desvergüenza pop. En plena expansión del universo ficcional pergeñado, entrega tras entrega, con la vista puesta en el evento sideral que se vislumbra, ominoso, en el horizonte, la aportación de Whedon a la secuela de Los Vengadores se queda  en un voluntarioso ejercicio de nostalgia ante un modo de entender el cine de superhéroes que, sepultado en el marasmo de un título que apunta en diversas direcciones sin resultar satisfactorio en ninguna de ellas, se revela irremediablemente amortizado; por más que se agradezca el esforzado intento por seguir dotando de consistencia humana a los integrantes del supergrupo, la estandarización de la formula estaba lista para ser replicada n veces, y la primera víctima del rodillo será Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, 2016): en el empeño por llegar a la ansiada confrontación entre las huestes de los dos pilares del Marvel Cinematic Universe, los Hermanos Russo desdibujan temerariamente el trasfondo personal de ambos roles, forzando hasta lo pueril —cortesía de los sucesivos meandros del guión de Christopher Markus y Stephen McFeely— el motivo último de su antagonismo. Todo vale para emular, entre vítores de la exultante platea, las viñetas del celebrado original.

Apoteosis liviana

La Fase 3 se revela, aún más si cabe que sus predecesoras, aplicación estricta del principio de aproximaciones sucesivas; todo conduce, de manera inexorable, a Vengadores: Infinity Wars (Avengers: Infinity Wars; Hermanos Russo, 2018). Con la vista puesta en el gran número final, los diversos capítulos que la componen se caracterizan por una estructura serial que potencia la presentación de nuevos personajes y peripecias interconectadas en detrimento de la añorada solidez conceptual de antaño, definitivamente incompatible con unos esquemas narrativos preexistentes que imposibilitan un análisis consistente de las motivaciones profundas de héroes y villanos. Ante este monolítico apriorismo resulta encomiable el esfuerzo llevado a cabo por cineastas inquietos que, sea a través de arabescos visuales —Scott Derrickson—, sea apelando a la desinhibición cromática de filiación ochentera —Taika Waititi— logran insuflar cierta cualidad estética a los episodios asignados. Ante esta tesitura resulta lícito preguntarse si, tras dilatar de manera tan notoria la conclusión de tal profusión de líneas argumentales, el resultado habrá merecido la pena; la respuesta, como en casi todo, dependerá de las expectativas que cada cual llevara de casa: Vengadores: Infinity Wars se erige en un espectáculo hijo de su tiempo; atronador y liviano en dosis generosas.

Pero que nadie piense que su liviandad juega a su favor, ni mucho menos. Máxime cuando es producto de la presunción, supone uno, de que profundizar en el impacto que una situación límite genera en aquellos elegidos para hacerle frente deviene innecesaria; inclusive contraproducente. La hipertrofia de superhéroes en liza, con la consecuente polarización de escenarios de confrontación, resulta a la postre agotadora, y no tanto por los 160 minutos de duración como, insistimos, por la renuncia expresa a mostrar algo más que su pulida carcasa. Toda vez que el grueso de personajes (más o menos) detallados previamente se limita a lucir uniforme y soltar alguna réplica ingeniosa, el foco de la acción recae sin esfuerzo en un villano-río, brillante ejemplo de némesis redentora: la poderosa presencia fílmica de Thanos, emulación digital de un sumamente convincente Josh Brolin, articula por sí misma la trama policiaca que sirve de hilo argumental, rebelando por añadidura el acierto de vehicular su irresistible impulso homicida a través de una causa, un motivo razonable desde su particular, sesgada óptica. Por una vez el empeño de contentar a las legiones de fans de Marvel Comics, que tienen en un altar al titán megalómano, se salda con una adecuación modélica de su trasunto cinematográfico.

La dimensión galáctica que imprime a Vengadores: Infinity War la pugna por las Gemas del Infinito permite ubicar sus mejores momentos en las coordenadas de la Space Opera, vinculando el plan maestro del implacable demiurgo de la función a la visita de diversos planetas, lo que ofrece a Trent Opaloch —operador habitual de los Hermanos Russo— la oportunidad de lucirse en un registro cromático diferente, de sugerente cualidad pictórica. Sin duda el pasaje más logrado a este respecto —por alinear plástica visual con un dramatismo verosímil— es aquel en que Thanos se ve obligado a sacrificar a su díscola hija en el altar de la Gema del Alma, escenario de inequívoca, sugerente impronta wagneriana. Pese a que las píldoras operísticas no escasean en el abultado metraje, su potencial dramático se diluye en el magma conformado por un agregado de frenéticas batallas que, pese a la brillantez técnica del conjunto —el combate entre las ruinas de Titán despunta como ejemplo modélico de paroxismo— terminan por abrumar, cuando no aburrir. Que los Russo hayan pasado en tan sólo tres películas de articular meticulosas narrativas a gestionar, con evidentes síntomas de agotamiento, equipos de segunda unidad resulta sumamente ilustrativo de la deriva marveliana cuyo culmen, por el momento, encarna este evento cinematográfico. Ante este panorama de acrítica aparatosidad, la recuperación de Alan Silvestri constituye un feliz acceso de lucidez: su espléndido score amplifica exponencialmente la épica heroica que, sólidamente asentada  en nuestro imaginario colectivo desde Los Vengadores, reverbera en la frenética sucesión de imágenes fracturadas.

Comentaba de modo lúcido Adrian Martin en un artículo publicado recientemente en Caiman. cuadernos de cine como, visionando Blade Runner 2049 (íd.; Denis Villeneuve, 2017) había tenido la impresión de asistir a tres episodios de una serie de televisión de cuidada factura. Su reflexión, se comparta o no, resulta aplicable al filme que nos ocupa, pues en su decidido empeño por convertirse en el crossover superheroico definitivo —lo cual, ni que decir tiene, consigue— no pasa de concatenar prólogo, capítulos, finales varios y epílogo en un producto que, de haber interesado a sus responsables creativos obtener el máximo partido a su estimulante premisa narrativa  debería haber dado lugar a una trilogía o, ¿por qué no?, a una temporada completa de una de esas series con las que Marvel Studios ha extendido, con acierto, su volumen de negocio al medio televisivo. Toda vez que la taquilla está más que asegurada por el acumulado de diez años de éxitos se imponía un plus de ambición, pero seguramente a estas alturas sea pedirse peras al olmo marveliano. Tal cual se ha estrenado en nuestras pantallas, Vengadores: Infinity Wars se revela como una oportunidad perdida.