El hilo invisible

El hilo invisible (2017)

Save the last dance for me

De los muchos alumnos, seguidores, discípulos o como quiera llamárselos que ha tenido Martin Scorsese, Paul Thomas Anderson es quizá el menos evidente, y no porque él no se haya acordado de su «maestro». Por las formas nadie lo diría, porque Anderson no se empeña en inventar el cine con cada nueva película, buscando el plano, la escena o la secuencia que le permita mezclar en unos pocos minutos todo el cine que han visto sus ojos. Pero ¿y por los temas? Ahí sí. Ahí es donde el cineasta neoyorquino y el director californiano comparten el sustrato que convierte sus películas en una novela filmada de Upton Sinclair. En el caso de Anderson, literalmente, cuando se atrevió con Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007).

Hablamos de utilizar el conflicto entre el individuo y la sociedad para retratar un país, Estados Unidos, que para Scorsese nació en las calles y para Anderson solo se entiende desde la intransigencia puritana. No importa cuándo o dónde sitúen sus historias, ambos autores emplean la imagen para escribir la crónica acelerada —ambos también comparten la ansiedad como expresión básica de la vida y del arte— de una sociedad sostenida sobre el miedo y la violencia. Las armas, en definitiva, del capitalismo, que todo lo corrompe. Scorsese, al principio empujado por Schrader, siempre fue transparente en este sentido, y el tiempo ha hecho lo propio con el cine de Anderson, que no necesita a ningún Schrader para encender la hoguera.

El hilo invisible (Phantom Thread, 2017) no transcurre en Estados Unidos, sino en el Londres de la década de los cincuenta. Pero esta costura espaciotemporal no es sino el dobladillo de un traje hecho a la medida de su habitual mirada crítica sobre una enfermedad, la avaricia, que sus cintas presentan como la auténtica pandemia de nuestro mundo. Anderson declaró en su momento que la idea para la película se le ocurrió mientras guardaba cama por una enfermedad. Al apreciar que su pareja le miraba postrado con una mezcla de ternura y cariño, pensó que hacía mucho tiempo que ambos no estaban tan unidos, y entonces se dio cuenta del yermo sentimental al que puede conducirnos la rutina del día a día.

De modo que El hilo invisible va de enfermedades y sentimientos olvidados, como Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), la obra más injustamente infravalorada de su director. Pero a la manera de Anderson, es decir, como una alegoría de esa carcoma sistémica que nos devora a todos. Hasta que algo o alguien nos recuerda nuestra mortalidad. Alma (Vicky Krieps), nombre alegórico donde los haya, es el aliento que (re)anima la existencia mecánica de Reynolds Woodcock, el atildado modisto que interpreta Daniel Day-Lewis en El hilo invisible, y que al igual que todos los personajes creados por Anderson es una tortuga escondida en su caparazón. Entregado a su trabajo y sin un ápice de empatía hacia los demás, igual también que todos los protagonistas del cineasta, Reynolds no se permite sentimiento alguno en su cotidianidad, salvo las sonrisas complacientes que le brinda a su selecta clientela, poniéndose una de esas «máscaras de la ficción» que, según la afortunada expresión de Román Gubern, nos permiten movernos en el escenario de la vida.

Precisa, inflexible y calculada al milímetro, como sus costosos diseños de alta costura, la ritualizada rutina de Reynolds es una magnífica metáfora de cómo la maquinaria capitalista fabrica sus más preciadas piezas; piezas cuyo propósito es mover otras piezas que a su vez mueven otras piezas en un engranaje que ni puede ni debe pararse. Hasta su breves descansos, en forma de paseos campestres o de almuerzos en el restaurante donde trabaja Alma, obedecen a una inercia encorsetada que no se sale del patrón establecido. Reynolds es y será útil para sus clientes y tendrá aceptación entre la alta sociedad en la medida en que cumpla a rajatabla sus (de ellos) liturgias. Su vida, en definitiva, no le pertenece. Es un siervo elegido, pero un siervo al fin y al cabo, de un orden superior: el dinero.

No es de extrañar, por lo tanto, que la crítica cinematográfica haya entendido habitualmente la irrupción de Alma como el hilo invisible que altera la puntada perfecta de Reynolds. Sin embargo, esta disrupción, que no es otra cosa que la entrada del amor en un corazón aparentemente muerto y a la deriva —esta es otra característica común de los personajes escritos por Anderson—, adquiere en esta película una dimensión muy diferente a la que tiene en otros títulos, como la ya mencionada Embriagado de amor, Boogie Nights (1997), The Master (2012) y Licorice Pizza (2021), en las que funciona como el clásico motivo que redime en parte o talmente al protagonista.

No, Reynolds no se rinde ante Alma para disfrutar en compañía de su otoño vital. Si baja la cabeza ante ella es para avivar la ya menguante llama de su creatividad. Alma le interesa más como musa que como amante, lo cual queda de manifiesto en la famosa y algo ridícula escena de la tortilla. Cuanto más tóxica (tal cual) y tormentosa sea su relación, con más energías renovadas acudirá Reynolds a su taller. El éxito, la edad y la falta de competencia han hecho mella en su genio, así que como buen hijo del lujo, que es la máxima expresión del capitalismo, según observó acertadamente Werner Sombart, el infalible modisto echa mano de la aguja más punzante del sistema: la instrumentalización de las emociones. Necesita amar, o convencerse de ello, para no perder pie en la industria de la moda. La maniobra es mutua, puesto que Alma también utiliza a Reynolds para subir de golpe varios peldaños en la escala social. Ella también es una rueda dentada, aunque le pida cínicamente que la trate con cuidado.

Entonces, ¿no hay ningún sentimiento noble en El hilo invisible? El baile de fin de año, ¿no es la escena más romántica de 2017? No, y ni falta que hace. Para que la parábola sea redonda, Anderson necesita que sus criaturas sean un ejemplo de la absoluta perversión humana que causa el más inhumano de los sistemas económicos y sociales. Y si nos ponemos meta y somos un poco malos, también podemos decir que es el final adecuado para una historia cuyo origen es la explotación de un sentimiento real. Lo que daría por conocer la opinión de la pareja de Anderson.

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