Cine español de (casi) 2025

No voy a hablar del cine español de este año, no porque no me haya gustado, de hecho hemos tenido alguna que otra maravilla entre varias propuestas más que aceptables: Por encima de todas, 8, la última obra de Julio Medem que nos devuelve todo lo mejor de un autor que en realidad nunca se había ido, aunque parece que nadie se acuerde ya de él. También Los aitas, de Borja Cobeaga, o Yakarta, de su colega Diego San José, que se han apartado de la comedia, con la que comenzaron a conquistarnos, con sendos aportes amargos, nostálgicos y sinceros muy bien escritos, dirigidos y también interpretados; también son más que interesantes las dos aportaciones de Nacho Vigalondo (la serie Superestar y la película Daniela Forever) o Una ballena, película enigmática, oscura y atractiva donde las haya, de Pablo Hernando.

Pero como ya he dicho, no voy a hablar del cine español de este año. Me gustaría destacar cuatro propuestas españolas modestas y muy diferentes entre sí que tuvieron su estreno a finales de 2024 perdiéndose en la vorágine de la elefantiásica producción cinematográfica que se viene acumulando en los últimos tiempos y que cada vez resulta más difícil de asimilar. De haberlas visto antes, quizá las habría incluido en mi lista de favoritas de ese año, o quizá no, pero en cualquier caso no quiero dejar pasar la ocasión para hablar un poco de ellas.

Rock Bottom, de María Trénor, es una propuesta arriesgada y con un espíritu nada comercial, de hecho podría decirse que es diametralmente opuesta a eso, suicida si se quiere, pero el cariño y el esfuerzo que hay detrás se notan en todos y cada uno de los fotogramas, llenos de pequeños y grandes detalles que pueden ir desde las baldosas en forma de colmena del apartamento de Mallorca a un libro publicado en el año de la narración o el empleo de las Torres Gemelas en varios momentos con distintas intenciones (nostalgia, paso del tiempo, introducción en la narrativa…). Es algo casi inverosímil y a la vez maravilloso que exista gente que se atreva a hacer algo así. La historia es anecdótica: el prólogo con el accidente que dejó a Robert Wyatt parapléjico un año antes de sacar el gran disco que da título a la peli, y en flashback intercalándose con ese presente en el que Alif (que sería su futura esposa) le acompaña en el hospital, una estancia en Mallorca donde la misma relación se iba haciendo añicos entre drogas, intentos creativos frustrados y la soledad de estar juntos. Pero más allá de eso refleja muy bien, aún a través de pinceladas, una época y una escena muy concretas. El álbum suena completo y algún tema más también, y las imágenes (donde predomina la rotoscopia aunque se alterna con otras técnicas) acompañan y representan lo que dicen las letras, casi a modo de videoclips, pero lejos de parecer algo naif resultan de lo más sugerente. En fin, una pequeña joya.

Tú no eres yo, de Marisa Crespo y Moisés Romera es una muy interesante cinta de terror, género que últimamente en nuestras fronteras tiene bastante que ofrecer desde los márgenes. Se funden guiños a Plácido (el más explícito al mostrarse la película en la TV) o Destello bravío (me niego a creer que no es así) con notables influencias bien absorbidas y mejor implementadas que van desde las temáticas de El impostor o La próxima piel hasta las más atmosféricas como Déjame salir, La semilla del diablo, La invitación o en general cualquier película de sectas. No hay que ser ningún lince para darse cuenta de que algo turbio se cuece en esa casa y el suspense se va construyendo con omisiones y a través de una banda sonora diferente con momentos de desmadre y disfrute como el de la pelea en la cena, pero en general bastante experimental, creadora de ese suspense tan bien llevado hasta el desenlace. La oscuridad es otro factor clave, y es muy meritorio conseguir delimitar la barrera entre lo que se ve y lo que se intuye. Sin ser nada que no hayamos visto antes, es sorprendente encontrarse una película como esta con su presupuesto, y a la vez es algo triste comprobar que no se haga más que promocionar hasta la extenuación toda clase de medianías y que cosas como esta, a pesar de sus irregularidades, sean ninguneadas por la mayor parte de la crítica y todos los premios habidos y por haber.

Yo no soy esa, no la canción de Mari Trini sino la película de María Ripoll, fue una agradable sorpresa, por muchos motivos. En sus cinco primeros minutos llegué a pensar en el género de terror o en un drama mayúsculo, y la película tiene suficientes elementos para haber escogido esos caminos (principalmente el segundo; también el primero en su vertiente «psicológica») pero elige no ahondar en ciertos puntos como sería la angustia del personaje por saber que ha perdido veinte años de vida (sí mantiene a ese respecto la trama de la madre con principio de alzheimer) y se decanta más por el lado cómico, por el que se vende la película y para el que desde luego da bastante juego, con algunos momentos memorables como el del satisfyer. Verónica Echegui, que nos dejó este año, sin duda y tristemente a destiempo, estaba fenomenal, aunque también son muy destacables la interpretación de Silma López y un guion bien trabajado, al margen de rehuir lo ya citado, que probablemente nos daría una película más realista pero también menos divertida. Cuando la vi lo que necesitaba era reírme un poco, y aunque la risa siempre es bienvenida (y sí, me reí incluso con lo de «-Bienvenida a 2024. -Efectiviwonder.»), me vino muy bien. Y la inclusión de los Sunday Drivers en la banda sonora, que probablemente no escuchaba desde hacía los veinte años que la protagonista estaba en coma, fue un plus plus.

Por último, Desmontando a Lucía es un modélico thriller con algún elemento de comedia que aprovecha la química existente entre Hugo Silva y Susana Abaitua y a un estupendo Julián Villagrán en un papel que cualquiera querría interpretar. Puro cine negro más allá de las fugas mentales inspiradas en los noir de los cuarenta, en blanco y negro, mediante las que el personaje de Silva se imagina que es una suerte de Bogart en una de esas historias en las que se veía envuelto adaptando a Chandler o Hammet, entre otras cosas porque es precisamente lo que le sucede cuando se encuentra investigando unas desapariciones con una testigo que no recuerda nada de lo que sucedió la noche de autos, hasta puede que los haya matado. Las cosas no son lo que parecen, ni falta que hace, lo importante es que pasan cosas, rocambolescas y a ratos inverosímiles, pero ese es el espíritu de aventura al que muchos aspiran y que en aspiraciones se quedan. Su director, Alberto Utrera, ha estrenado este año una película inferior, Uno equis dos, pero el listón estaba muy alto. También merece la pena echarle un vistazo.

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