Fuck the polis, de Rita Azevedo Gomes

La luz del sol griego en invierno

Não te quero

e eu digo que não te quero

e de noite

de noite sonho contigo

Lágrima, Amália Rodrigues

Ela chegou, a noite, de

lábios e de olhos esplêndidos crescia

dentro de mim

coisa definitiva no silêncio

poderosas suas ocultas raízes

não veio do mar a noite veio da fundura da ilha

Eu tinha a impresão de a conhecer

há muito, muito tempo.

A noite, a noite na ilha, João Miguel Fernandes Jorge

Como un poema se comporta la última creación de Rita Azevedo Gomes. «Nuestra época alimenta su desesperación con la fealdad y las convulsiones»: afirma en un determinado momento un filme que es capaz de quedarse con la mirada un poco más en la penumbra y en las sombras que vienen con el viento, la memoria y la piedra.

En 2007, la autora de Frágil Como o Mundo (2001) pensaba que le quedaba poco tiempo de vida al conocer que padecía una enfermedad terminal. Viajó a Grecia, que era su sueño, pero se curó. En los años siguientes pudo filmar obras imprescindibles como A Vingança de Uma Mulher (2012) o A portuguesa (2018). Cuando Rita contó su recorrido por las Islas Cícladas al escritor João Miguel Fernandes Jorge, éste sintió la necesidad de escribir un relato corto, A portuguesa, que no dejaba de remitir a la adaptación cinematográfica de Azevedo Gomes: el anuncio de una enfermedad fatal lleva a Irma a Grecia, el reino de la claridad, donde emprende un viaje dictado por el dios Apolo y guiado por sus lugares sagrados.

Ya en 2024, Rita vuelve a las islas griegas en compañía de una troupe conformada por lxs jóvenes Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Loukianos Moshonas y Maria Novo. El filme-palimpsesto no acaba de desvelar todas sus capas, pero la idea de partir de aquella experiencia inicial se abre a un mar de derivas.

La cineasta lisboeta, a quien la luz del invierno griego persigue sin llegar nunca a alcanzarla, se embarca en una ligera travesía que comienza en la capital del archipiélago: Syros, para luego desplazarse a Mykonos, Delos y aterrar en el continente, pasando por Atenas para llegar al templo de Apolo en el santuario de Delfos. Pero el viaje físico se desplaza hacia lo poético, hacia una poesía honesta que recoge el sentimiento de desilusión de un mundo que se desmorona. Un mundo bañado por una luz excesiva que no nos permite ver las sombras que proyecta. «Es indecente proclamar que somos los hijos de Grecia. Somos hijos renegados».

Hacia el final del «poema», una mágica coda nos trae una de las canciones que instantáneamente nos trasladan al país del tzaztziki y del tsipouro: «Sto perigiali to kryfo» («La orilla del mar escondida»). Rita y sus amistades se encuentran con la voz clave de la música griega contemporánea —la cantante Maria Farantouri los recibe en el salón de su casa— y, entre conversaciones y recuerdos, ésta recita los versos de Giorgos Seferis:

«Con qué corazón, con qué aliento,

con cuántos deseos y pasiones

hemos vivido: ¡error!

Cambiamos de vida.»

Se suma Farantouri a Marguerite Duras, John Keats, Lord Byron, Albert Camus o Konstantínos Kaváfis como parte de la biblioteca que acompaña esta aventura que atraviesa el cine desde Griffith y Lillian Gish hasta la imagen digital y la llamada imagen pobre. «Siempre encuentran nuevos reyes… pero estamos solos… los poetas nos quedaremos».

Si inicialmente el filme habría de llamarse A Céu Aberto, el graffiti en una calle ateniense, presente también en unos versos de Fernandes Jorge, le dio el carácter político que el filme realmente posee. En un mundo deslumbrado por el monstruo del capitalismo —con un islote lleno de tesoros milenarios que se hunde por culpa de los cientos de miles de turistas que invaden la isla vecina—, la poeta relee las ruinas.

Fuck the Polis es un filme que se aleja de la historia, o del historicismo, para pensar la memoria. Una película que se desmarca del cronómetro y de la actualidad convencional del cine de nuestro tiempo volviéndose así realmente contemporánea: siente e interroga al presente desde un pequeño desfase. La película no mira el ahora para confirmarlo, sino para sentir su oscuridad y su luz: ahí donde lo inmediato se disuelve y emerge algo que aún no tiene nombre. En el movimiento entre lo personal de Irma-Rita, lo colectivo del viaje y lo mitológico del paisaje se dibuja una forma de cine-poesía extraordinario —que va literalmente más allá de lo ordinario— y que siente el latir de nuestro tiempo con borrosa y precisa nitidez.

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