Cara a cara al desnudo

Cara a cara al desnudo, de Ingmar Bergman

Cara a cara con el trauma

La reunión, un círculo de mujeres para pensar protocolos, cuidados y líneas preventivas frente al acoso y agresión sexual, fue hermosa. Aun así volví a casa con mal cuerpo. Una incomodidad viscosa, difícil de colocar, que se me quedó pegada a la piel.

Se me pasó por la cabeza, como reflejo aprendido, una frase que odio: “lo que no te mata, te hace más fuerte”. Siempre me ha parecido una sentencia cruel y tramposa. Lo que no te mata, te hiperactiva. La calle se vuelve cálculo, anticipación y estrategia de escape. Pero hay otro efecto, todavía más perturbador. El trauma no solo afina la desconfianza hacia fuera; a veces desactiva el criterio hacia dentro. Oscilación constante entre autoprotegerse y acariciar a los lobos. Entre control y entrega mal calibrada. 

Con esa sensación recordé Cara a cara al desnudo (Ansikte mot ansikte, 1976), dirigida por Ingmar Bergman. Como tantas veces que la mente recurre al cine o a la literatura buscando referentes, tratando de entender lo que nos atraviesa. 

Bergman pone en el centro a Jenny Isaksson (maravillosa Liv Ullmann). Una psiquiatra competente, formada y acostumbrada a escuchar el dolor ajeno con método y distancia. No encaja con una figura clásica de fragilidad. Y sin embargo, cuando regresa a la casa de su infancia, algo se activa: sueños intrusivos, visiones, ansiedad que no encuentra explicación racional. 

Lo importante aquí no es el origen del trauma, son sus efectos diferidos. Esa manera que tiene de infiltrarse en la vida adulta, en el deseo y en la capacidad de estar con otros. Nos muestra el momento en que el andamiaje que sostiene una identidad empieza a fallar. 

Hay algo a la vez perturbador y lúcido en ver a una mujer que reconoce el desajuste, lo nombra, lo analiza, pero ese conocimiento no la salva; incluso la expone más. Primeros planos casi obsesivos, como si se tratara de un diagnóstico. A veces el lenguaje clínico no alcanza y saber ver a otros no significa escucharse a uno mismo. De la misma forma que ser escuchada no garantiza ser comprendida.  

Algo me chirría en el recuerdo. La voz y la complejidad del personaje son extraordinarias, pero su dolor aparece situado, casi por completo, en el espacio de lo privado: la infancia, la memoria, la psique. Bergman no banaliza el trauma, todo lo contrario. Evita el morbo y acompaña la lógica fragmentaria de la memoria, la imposibilidad de ordenar el daño en un relato lineal. Pero vista hoy, produce incomodidad, la de asistir a un colapso minuciosamente observado sin que el mundo se vea obligado a responder. 

La película muestra imágenes de violencia y abuso, pero estas regresan una y otra vez al interior de Jenny, sin desplegarse como conflicto social o estructural. El daño no encuentra un afuera, calle, institución o genealogía compartida, donde inscribirse y lo que la rodea permanece, en lo esencial, intacto. 

Cómo volver a la casa de la infancia, que aquí no es un refugio, es un detonante. Hay familias donde los afectos tienen algo de institucional y donde la culpa, por algo que a veces no sabe ni nombrarse, circula entre generaciones. Bergman filma eso sin necesidad de grandes conflictos, basta la densidad del ambiente, la mirada que pesa.    

Vuelvo a pensar en la reunión, en la necesidad de nombrar y de prevenir. Es posible que los espacios colectivos no funcionen como terapia o solución, pero a mí me ayudan a recuperar la orientación. Me devuelven algo del criterio erosionado y me recuerdan que no estoy sola. Que la alerta no es una falla individual, sino una respuesta compartida.   

Bergman quizás filma parte de eso, lo que queda cuando el cuerpo reacciona y la conciencia todavía no sabe por qué. Y me deja con una pregunta: qué necesitamos del mundo para dejar de vivir permanentemente en guardia. Se me pasa por la cabeza otro pensamiento reflejo que no voy a compartir.

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