Conoce a los bárbaros, de Julie Delpy

El mercado de los refugiados ucranianos está saturado

Me disculpo de antemano por este subtítulo lapidario. Habrá quien lo tache de oportunista, populista o incluso demasiado simplista y grosero. Pero es que el percal está como está —y no voy a decir nada más al respecto—. Es evidente que entre amplios sectores de la ciudadanía contemporánea esta frase solo viene a corroborar una realidad que no por resultar tan incómoda, tan vergonzosamente aberrante, deja de ser terroríficamente cierta —y me viene a la cabeza aquella barra de Los chicos del Maiz— “le pisaron el cráneo, porque era negro y no ucraniano”.

Es evidente que a la actriz, guionista, productora y directora francesa Julie Delpy le preocupan las mismas problemáticas socio-políticas que a los raperos valencianos, entre otros tantos. Y en esta su última propuesta como realizadora, ha decidido retornar a los mimbres expresivos y narrativos de la comedia aparentemente ligera para abordar una incisiva radiografía social del racismo y la xenofobia, absolutamente extrapolable al escenario global —ella misma reflexionaba sobre sus razones en la elección del género, “después de investigar y hablar con decenas de refugiados, me di cuenta de lo absurdo de la situación. Los problemas surgen cuando la gente se siente rechazada y no querida”—. De hecho, el humor negro y abrasivo se cuela con inteligencia y contundencia en unas cuantas ocasiones durante estos días en un pequeño pueblo de la Bretaña francesa.

Conoce a los bárbaros comienza con un divertido parlamento filmado del señor alcalde anunciando la acogida de una familia de refugiados del país en guerra. Delpy se afana en mostrarnos las pequeñas miserias del marketing político, la ridiculez del líder municipal que está especialmente preocupado por su aspecto en pantalla, por la bonanza de la corbata azul que le ha recomendado ponerse su mujer. La votación en el seno del Consejo local consiguió la mayoría suficiente con dificultades, gracias al voto del empresario fontanero, que pronto se descubrirá muy cercano a los postulados de esas nuevas alianzas nacionales tan pujantes. Y va y resulta que finalmente la familia que se van a tener que contentar con acoger han escapado de Siria. Hay que destacar que se reserva Delpy el papel de Joëlle, la maestra de escuela progresista que abanderó el proyecto, y no dudó en falsificar determinados requisitos administrativos para que los exiliados árabes pudiesen llegar al pueblo.

A partir de esta contrariedad irresoluble —sería tan políticamente incorrecto rechazarlos frente a los refugiados preferidos de Europa—, los diferentes miembros de esta pequeña comunidad se irán retratando. Delpy utiliza este inconfesable contratiempo para mostrarnos en perspectiva coral las contradicciones que anidan en la conciencia europea, componiendo un fresco social demoledor. Desde el viejo comunista permanentemente enfrentado con los que califica de fascistas sin titubeos, hasta todos esos vecinos y vecinas, que en su equidistancia, terminan por fortalecer el prejuicio más ciego y aniquilador.

Porque al otro lado, frente a este grupo humano desubicado, encontramos a unas personas sensibles, formadas, y profundamente destrozadas, que van a poner todo su empeño en conseguir sobrevivir, en adaptarse a un entorno que los recibe con una pintada en la fachada de su nuevo hogar: “Bárbaros”. Como en la renombrada novela de J.M. Coetzee, el rechazo a la otredad se construye desde el desconocimiento, la deshumanización y el miedo a la diferencia, cimentado desde los postulados ultraderechistas tan en boga. Pero afortunadamente, las genuinas conexiones humanas se van imponiendo, en el compañero de clase enamorado de la hija mayor del clan, en el affaire otoñal y culinario del abuelo viudo con una tabernera local, o en la intervención crucial de la hermana soltera del padre, médica de profesión, que salvará a la hija del fontanero en un parto de urgencia. Será Geniève, su mujer, la que decida ponerle Alma a la nueva bebita. También será ella la que con su agradecido convencimiento, modifique la actitud funesta de su marido y de unos cuantos más. Y por último, unos meses después, la filmadora y facultativa casi despide el film, con las grabaciones que nunca ha dejado de capturar con su cámara, y que Joëlle disfrutará encantada desde el otro lado del mundo —al fin y al cabo, el amor se puede colar por cualquier rendija, incluso en las conversaciones en línea con un cooperante de aquel lado del mundo—. La secuencia final de Alma, bailando con una prótesis en la pierna mutilada, sobre los ritmos de Zamilou del rapero sirio Bu Kolthoum, reconforta.

Es así como Delpy, pese a la crítica descarnada que desarrolla en el film, no renuncia de ninguna manera al optimismo, a la confianza en el ser humano como ciudadano consciente y empático. No renuncia en definitiva a proporcionarnos esperanza entre tanta podredumbre moral, y con el más contagioso sentido del humor. Ha querido el destino más aciago, que una artista excepcional, Marjane Satrapi, originaria de otra nación destruida del muy devastado Oriente Medio, haya fallecido el día que estoy escribiendo. Dicen que “de pena”. Pues bien, desde lo más auténtico de mi corazón, pese a no tratarse de una obra mayor —me refiero por descontando a esta película, sobre Persépolis me faltan las palabras para agradecerla—, vengo con estas líneas a reivindicar a artistas que desde un lado del mundo, o desde el opuesto, deciden crear para conjurar la injusticia, para testimoniar el poder transformador del arte y la cultura, defendiendo la alegría.

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