La imagen del ser, discreta pero clara, que muestra el cartel de El final de Oak Street, deshace cualquier intención, en el presente texto, por mantener la intriga con respecto al desconcertante elemento que incluye el último —y esperadísimo— trabajo de David Robert Mitchell. Efectivamente, se trata de una película donde aparecen dinosaurios. Un atrevimiento que supone dar un nuevo giro de tuerca a su breve pero ecléctica filmografía, marcada por el éxito arrollador de It Follows (2014), filme de terror sobrenatural con relectura psicosocial considerado como uno de los fundadores —junto a The Babadook (Jennifer Kent, 2014) o La bruja (Robert Eggers, 2015), entre otros— del ahora denostado término de terror elevado. Al igual que ocurrió con Ari Aster y Beau tiene miedo (2023), Mitchell decidió por aquel entonces romper con las expectativas creadas por la crítica sobre lo que cabía esperar de su siguiente trabajo, dejándonos con el culo torcido con Lo que esconde Silver Lake (2018), un homenaje a la cultura pop y al cine de Hollywood en forma neo-noir laberíntico y alucinado con un protagonista, Andrew Garfield, que parece haber caído en la madriguera del conejo de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carrol, 1865) y seguir allí todavía. Ocho años después y, con una inyección de presupuesto evidente, el director estadounidense decide encomendarse al CGI y apuesta esta vez por una historia familiar de aventuras y factura ochentera, protagonizada por dos estrellas, Anne Hathaway y Ewan McGregor, los cuales dan vida a una pareja en plena crisis matrimonial que, además de solucionar sus propios problemas, deberá enfrentar los embates de un enemigo prehistórico.
Al igual que en su anteriores trabajos, incluyendo su debut, The Myth of the American Sleepover (2010), la acción tiene lugar en un barrio residencial, zona de confort para Mitchell y microcosmos donde todo puede suceder. Las fronteras que delimitan el espacio vuelven a ser claras y si en It Follows las incursiones más allá del vecindario se mostraban en forma de paisajes tenebrosos, en el caso de El final de Oak Street la imposibilidad de abandonar el barrio adquirirá tintes metafísicos. Bajo una apariencia idílica, la familia Platt, formada por un matrimonio y sus dos hijos, lidia con los contratiempos habituales de la vida dentro de una comunidad, incluyendo los tópicos que tantas veces ha retratado el cine de los ochenta, como las quejas de un vecino ante los estragos que el perro de la familia causa en su jardín o las travesuras perpetradas por un hijo menor rebelde, con persecución en bicicleta incluida. Los esfuerzos de la pareja protagonista por mantener una apariencia de normalidad ante aquellos que les rodean pronto se revelan como infructuosos a medida que afloran los reproches mutuos. Sin embargo, aunque en un principio la historia parece encaminarse hacia un drama familiar al uso, el anuncio en un noticiario de unas inusuales ondas espaciales ubicadas sobre el vecindario dará paso a un inesperado giro en la trama. Debido a un desajuste espacio-temporal producido tras unos misteriosos fenómenos lumínicos los vecinos se encontrarán súbitamente en medio de un amenazador ecosistema poblado por dinosaurios, una nueva realidad que inevitablemente nos hace pensar en la emblemática saga Parque Jurásico (Spielberg, 1993), insertada en el ADN de cualquier aficionado al cine.
Con la marca de J. J. Abrams en la producción una entiende muchas cosas ya que El final del Oak Street podría proyectarse en programa doble junto a Super 8 (J. J. Abrams, 2011). En ellas, ambos directores rinden homenaje a los clásicos blockbusters de aventuras para toda la familia, impregnados de esa nostalgia ochentera que tanto está costando soltar. Como era de esperar viniendo de Mitchell, la película está poblada por multitud de detalles y referencias al propio cine y la cultura popular. En la habitación de los niños hay una manta de Superman y un póster de Battlestar Galactica, ambas míticas producciones de 1978. La escena en la que la misteriosa luz entra en la habitación del hijo de la familia, acompañada por un fuerte viento que hace mover las cortinas de la estancia, nos recuerda al Poltergeist de Spielberg, que se estrenó en 1982, curiosamente el mismo año en el que se Mitchell sitúa su historia. Cuando a los ojos del espectador aparece por primera vez la figura de un dinosaurio en segundo plano, una familia del vecindario, ajena al inminente peligro, se dispone a hacer un viaje en coche mientras la más pequeña tararea los acordes de, precisamente, Los Picapiedra, la popular serie de los 60 creada por Hanna-Barbera. Y al igual que sucedía en Lo que esconde Silver Lake, donde a Andrew Garfield se le queda una mano asquerosamente enganchada a un cómic de Spiderman, superhéroe al que asociamos con dicho actor, Mitchell hace un guiño metacinematográfico en este caso hacia Ewan McGregor en la escena en la que éste abraza a los miembros de su familia, una imagen que remite al cartel de Lo imposible (J. A. Bayona, 2012), película protagonizada por el actor escocés. Una vez superado el impacto inicial de encontrar dinosaurios en el nuevo proyecto del director estadounidense, cabe decir que el resultado final es un trabajo cuidado y entretenido, con una factura visual que, sin embargo, rezuma el artificio de la creación digital. La combinación entre el fantástico junto con una problemática familiar bien trabajada, unida a ciertos momentos de humor, la convierten en una película perfecta para el verano, disfrutable y con vocación comercial, todo ello pese a no ser, probablemente, la película de Mitchell que los entusiastas de sus obras anteriores esperábamos ver.








