Desamor de vida y cine
A estas alturas de su trayectoria, poco se puede objetar sobre la notoriedad del director madrileño Rodrigo Sorogoyen. Desde aquellos inicios obsesivos de tono marcadamente indie en Stockholm, hasta su consolidación con el muy galardonado drama rural As bestas, pasando por sus dos celebradas series televisivas Antidisturbios y Los años nuevos, el cineasta, acompañado generalmente en la escritura por la guionista Isabel Peña, ha construido una obra reconocible en determinados espacios comunes, muy apreciada por gran parte de la crítica y el público. He de reconocer que no estoy yo en general entre sus mayores partidarias.
En todo caso, con esta su última película debo reconocer su capacidad —quizá demasiado reiterativa— para generar estados de percepción de gran potencia expresiva en la plasmación de la tensión emocional y ambiental —sin duda, uno de los sellos de identidad de su cine que más unanimidad en la valoración concita—. Pero en mi caso, tanto como reconozco ese mérito, no puedo evitar una apreciación disonante, la certidumbre de que siempre se termina imponiendo una cierta impostura en la plasmación de las relaciones personales y las pasiones humanas. Y esa sensación me acompaña desde aquella lejana crónica de la desazón amorosa juvenil noctámbula.
Esa presión asfixiante de la que hablaba, se hace presente desde el mismo arranque del metraje, en el reencuentro en torno a la mesa de un restaurante de moda entre el afamado director de cine Esteban Martínez (Javier Bardem) y su hija actriz de reconocimiento escaso, Emilia Vera (Victoria Luengo). Después de muchos años de abandono paterno, el ególatra supuestamente arrepentido le ofrece un papel protagonista en su próximo proyecto durante estos menesteres. La cámara en mano de Sorogoyen, operada por el director de fotografía Alex de Pablo, que realiza un gran trabajo en el conjunto del film, encierra a sus dos protagonistas en un plano cerrado, pegado a sus rostros, a sus gestos, a sus palabras, y muy especialmente a sus silencios, a esas frases punzantes que se autocensuran para evitar la confrontación inevitable —más adelante, conforme avance la acción, veremos cómo terminan por brotar como un torrente en determinados pasajes de la historia—. Y es cierto que ese recurso recurrente del director adquiere aquí un tono más estilizado, cercano al minimalismo, que se va a mantener más o menos estable a lo largo de la historia —y en mi opinión la favorece—.
Hay que decir que la nueva película de Esteban, que además vuelve a España después de una larga estancia en Estados Unidos donde ha formado una nueva familia, será un drama de época sobre la colonización española del Sáhara Occidental durante los años treinta del siglo pasado. El enclave del rodaje en la isla canaria de Lanzarote obliga a Emilia a trasladarse junto al resto del elenco y el equipo técnico, lejos de casa, de su madre —a la que Esteban también abandonó hace muchos años—, de sus amigos. Podemos intuir que la experiencia es un reto laboral y personal, que hay mucho temor al fracaso profesional y al reencuentro emocional. Porque en el otro lado, hay un hombre que no encuentra la manera de sortear el muro de dolor que protege a su hija, incapaz de reconocer de forma honesta y sincera el daño que le causó. Y esa realidad lo desespera. De hecho, asistiremos a una progresiva escalada del conflicto entre ambos que tendrá sus puntos culminantes en el encuentro forzado de Emilia con la nueva familia de su padre, o especialmente, en esa secuencia envenenada de la comida al aire libre y la sopa, en la que el cine y la realidad de las personas que están construyendo la película dentro de la película se fusiona hasta la extenuación emocional. Se podría considerar como el reverso amargo de las cavilaciones existenciales pero siempre cargadas del sentido del humor vitalista y tan idiosincrático de François Truffaut en La noche americana.
En este sentido, pese a la comparación constante a nivel argumental del film de Sorogoyen con la reciente y muy celebrada Valor sentimental de Joachim Trier, aquí el escenario fílmico y psíquico es el set de rodaje, el ejercicio fílmico, la reconstrucción detallada y dramatizada del hecho artístico adulterado por las relaciones humanas que conlleva. Desde luego, respecto al fallido encuentro paterno-filial, pero también en relación al resto del elenco actoral —preferidos de Sorogoyen como Marina Foïs, Raúl Prieto o Raúl Arévalo, entre otros—, que en no pocas ocasiones expresan sin palabras la desazón que el despotismo del director genera.
Mucho se ha comentado también sobre la utilización por parte del creador de formatos variados, que basculan desde la cercanía claustrofóbica de filmación hasta las panorámicas existencialistas y visualmente hermosas de las tierras volcánicas y las aguas embravecidas de la isla afortunada, como del cambio al blanco y negro para transmitir la emocionalidad subjetiva de Esteban y Emilia en pasajes concretos de la narración. Por mi parte, siempre apreciaré la apuesta por la experimentación formal, aunque a mi modo de ver no siempre funcione en la construcción expresiva y narrativa de la propuesta. Por descontado, no puedo terminar este comentario sin destacar las brillantes actuaciones del actor y la actriz protagonistas. Fundamentalmente, porque ellos son esta película.







