Mi única familia

Volver sobre nuestros pasos

Normalmente se dice que es el tiempo el que dicta sentencia sobre la calidad de una película. Si repasamos nuestros tops de hace cinco, diez o veinte años (¿alguna vez no fuimos críticos?) posiblemente hallaremos títulos en los que no hemos pensado una sola vez en cinco, diez o veinte años. Así que será cierto. Ahora bien, la prueba definitiva no es el tiempo, sino la propia vida. Basta un contratiempo o un momento difícil para que todo el cine del mundo se reduzca a un puñado de películas capaz de acompañarnos en el trance. Por ejemplo, mi top incluye películas de amplio reconocimiento crítico como Tardes de soledad, algunas además éxitos populares como Los domingos —la gente hablaba de ella como a la salida de misa—; asimismo, agradezco que autores como Cronenberg (Los sudarios) o Jarmusch (Father Mother Sister Brother) sigan haciendo cine, que no es lo mismo que filmar. Sin embargo, el día en que escribo esto, pequeñas adversidades derivan mis pensamientos sobre todas ellas hacia Mi única familia, un descarnado Mike Leigh con el no menos contundente título en inglés de Hard Truths. Pero no quiero verdades, quiero una sola verdad. Naturalmente, es una cuestión de estado de ánimo. La lección que nos dan las insuficiencias de cualquier lista es que hay que seguir indagando. Es decir, bajarse de la actualidad del año nuevo y desandar el camino que nos ha traído aquí, hasta encontrar, por ejemplo, seres fantásticos en la oscuridad. En otras palabras, imágenes que rompan el hilo de cavilaciones que nos conduce al Minotauro, en lugar de alejarnos de él. Un buen punto de partida son los tops de otros compañeros de laberinto. Mientras, no sé por qué, estos días echo en falta una película de M. Night Shyamalan.

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