Si comentamos que el argumento de El sonido de la caída gira en torno a una serie de jóvenes de la misma saga familiar a lo largo de un siglo, podemos imaginar que estamos ante una de aquellas narraciones decimonónicas y anquilosadas. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El sonido de la caída está más cerca de la reflexión sobre el paso de la vida (más bien del paso del tiempo) en un espacio que deviene común para diversas generaciones, resultando en una suerte de escenario conocido, reconocible, para el espectador por el que transitan personajes que no se conocen entre sí. Estamos pues en el terreno del magistral comic book Here (2014) de Richard McGuire o de su adaptación cinematográfica —Here (íd., Robert Zemeckis, 2024)—. Es más, si consideramos el tono impregnado a las imágenes por parte de la directora, cabría apuntar que la película con la que está más emparentada es A Ghost Story (David Lowery 2017), con esas imágenes que oscilan entre una y otra época y el ambiente de ensoñación permanente.
En El sonido de la caída, los personajes viven, sufren (a menudo) y gozan (en alguna ocasión) a lo largo de todas las épocas. Podría plantearse que esta rutina vital es el eje de la cinta. Pero, sin dejar de ser cierto, Mascha Schilinski trabaja las situaciones comunes a todas ellas: el peso de la familia, las imposiciones paternas (o maternas), el sexo como carga, a la par que como fuga, la obsesión por la muerte, por, incluso, celebrar la muerte… Y frente a esta dinámica, desarrollada mayormente en el interior de la casona o en el patio de la misma, la Naturaleza se ofrece como una alternativa sensual y confortante para todas las jóvenes, aunque, además, sea también la puerta hacia otros mundos más lejanos. Los campos agrícolas plantean un horizonte de fuga que genera dudas acerca de la existencia a Angelika, pero que también “dan alas” a Lia y Alma en una escena mágica. El río, por otro lado, es la frontera a otra realidad. Literalmente, para Erika, huyendo de los rusos vencedores de la Segunda Guerra, y para Angelika, en su oportunidad por pasar a la Alemania Federal. El río es también, una opción de cambio radical. De la vida a la muerte, como Nelly preconfigura, como Kayas pregona, retando al destino. Y, para la solitaria Lenka, preadolescente, es el espacio dónde se irá desprendiendo de la niñez, viviendo una primera amistad, con la paradoja que configura el paso del tiempo de que tal recuerdo queda difuminado y su importancia disminuida.
El grueso de la historia, no obstante, se desarrolla mayoritariamente en las habitaciones de la casa, en la sala común o en el patio. Allí confluyen (sin sucesión cronológica alguna, vinculando las vicisitudes de las jóvenes de distinta época) las historias de la pequeña Alma que, a sus siete años, va descubriendo la vida y la muerte. La de Angelika, prisionera de un entorno comunista que no la deja respirar. La de Lenka, en ese verano que nos puede ser contemporáneo, en el que ilusiones y miedos se atropellan.
A nivel visual, se ha conseguido recuperar el tono de las fotografías de finales del siglo XIX para esa época concreta pero la belleza y los tonos amarillentos de la imagen, los claroscuros, persisten en toda la cinta, dando no sólo a las secuencias correspondientes a la historia de Alma, en el inicio de la Primera Guerra, pero también a las contemporáneas, una sensación de irrealidad, de ensoñación. Así, la presencia de la fotografía de otra Alma muerta, da pie a plantearnos si la Alma que estamos viendo (cuyo deambular de una habitación nos lleva de un tiempo a otro, en una excelente solución de montaje), que parece invisible para sus hermanos cuando se oculta, no sea más que un fantasma que está siguiendo la trayectoria de hermanas y tíos, hasta un plano dónde ella y su hermana fallecida son retratadas junto con el resto de la familia en esa macabra ceremonia. Los tonos melancólicos se extienden a través del tiempo en varias escenas del patio durante el asedio de Uwe a Angelika pero también en las de playa, sean de Angelika o de Lenka. La muerte aparece pues configurada como parte de la vida. Una amenaza que ronda y a la que debemos enfrentarnos en un momento u otro. Algunos consiguen huir más tiempo (como la bisabuela a la que la parca sorprenderá camino del wáter), otras ceden ante ella, incluso asumiéndola. Pero el mayor mal no es ese sino la amenaza que se cierne sobre todos las jóvenes y que se retrata intermitentemente, empezando por el bofetón que Erika recibe, por la venta de Lia al vecino, el abuso que sufre Trudi de modo continuo y el que también padece Angelika. Todos ellos prefigurando el malestar que Lenka siente cuando se cree observada, al desnudarse, por un adulto.
La habilidad de la directora consiste, no obstante, en no destacar exageradamente ninguna de estas situaciones, sino integrarlas en la historia global. Siendo una cinta que evidencia el machismo, la denuncia no se sobrepone al resto de sensaciones.
Y utilizo la palabra sensaciones, en lugar de ideas o tramas, porque El sonido de la caída o Mirar al sol (según título original) es una obra esencialmente sensorial. Son los sentidos de las jóvenes que se despiertan a la vida y que Schilinski comparte de modo admirable con el espectador. Es la intimidad del domicilio familiar, la luz del campo, los sonidos del viento, las referencias a sabores que se identifican con recuerdos… Frente a la constancia de la muerte, la directora reivindica las calidades de la vida. De ahí el sonido (los sonidos) que introduce ante la inminencia de un salto de secuencia o de un descubrimiento que sacude a cada una de las protagonistas. Tal vez, si nos paramos a pensar, todos hemos sentido alguna sensación vertiginosa en nuestras vidas. Es el sonido que nos indica el cambio, que nos recuerda el rápido paso del tiempo, nuestra fragilidad, y nos apremia a disfrutar de la vida. Esa capacidad que nos traslada Schilinski con las imágenes otorga a la cinta belleza y trascendencia.







