Soudain, de Ryusuke Hamaguchi. Cannes 2026

Humanización

El cine de Hamaguchi oscila, dentro de su vocación humanista, entre las obras más sintéticas como fueran La rueda de la fortuna y la fantasía (2021) o Evil Does Not Exist (2023) y las más expansivas como la exitosa Drive my Car (2021). Soudain se sitúa en este segundo grupo. Y hay que admitir que 196 minutos son necesarios para incluir en ella la bella historia de amistad de Mari y Mari-Lou, la propuesta de libertad de pacientes de salud mental, su integración en obras teatrales, la gestión de las residencias geriátricas, la orientación humanista en el trato de residentes con alteraciones cognitivas, teorías sobre el capitalismo y su relación con el descenso de natalidad en Japón o la importancia de una actitud resiliente frente a enfermedades graves…

Hamaguchi es, ciertamente, un cineasta humanista y cuida a sus personajes. Tal vez les idealiza, pero presenta identidades complejas, con ilusiones, propuestas, incertidumbres o miedos. Soudain arranca en un descanso de Mari-Lou, directora de un centro geriátrico privado, que está desarrollando un proyecto de humanización, especialmente orientado a mejorar el trato de pacientes con demencia. Los pasos de la estrategia a aplicar, basados en el respeto (aunque el paciente pueda no percibirlo) y un trato amable (evitando que la visita a la habitación del paciente se pueda sentir como una intrusión), se desarrollan con un acercamiento suave, una situación del interlocutor a la altura de los ojos y a distancia próxima (para facilitar el reconocimiento facial por parte de aquellos que todavía puedan hacerlo), un saludo verbal y un contacto físico delicado. Mari-Lou es una profesional comprometida a desarrollar sus objetivos a pesar de la restricción económica que la empresa privada le marca y vemos cómo muestra el procedimiento a diversos trabajadores del centro.

Camino de casa encontrará a Tomoki, un joven nipón perdido, afecto de discapacidad intelectual por patología neurológica. Mari-Lou le cuida hasta la aparición de su padre y otra joven. Goro es actor y viaja con Tomoki mientras protagoniza una obra teatral creada por Mari. Esta, a su vez, es una filósofa que ha decidió mostrar en el escenario la necesidad de liberar a los pacientes mentales potenciando sus capacidades.

Será a partir de la obra de Mari que ella y Mari-Lou desarrollan una amistad que será cada vez más intensa. Los puntos de vista de antropóloga y filósofa, ambas próximas en su concepto de la liberación de los pacientes, da lugar a un diálogo rico en ideas, planteamientos y retos intelectuales. En una secuencia nocturna extraordinaria, aparentemente festiva, desarrollada al lado del Sena, la directora japonesa comentará, de modo tan inocente como asumido, que está en un estadio terminal de cáncer. En este contexto, Mari empezará a bailar mientras la antropóloga, boquiabierta, trata de recuperarse de la sorpresa. También lo deberá hacer el espectador si quiere seguir el hilo argumental tramado por Hamaguchi. Imitando esquemas de la Nouvelle vague, dinamitándolos, la cámara seguirá a las dos jóvenes mientras deambulan e intercambiando confidencias. Sin embargo, su conversación no será la propia de una comedia romántica como pudieran desarrollar Truffaut, Rohmer o Rivette, sino que se acercará a la densidad de otros autores hablando de la muerte, y de la vida, de la situación de los ancianos o de la demografía japonesa. Hamaguchi alarga la secuencia hasta el mismo geriátrico dónde ambas intercambiaran conocimientos. En tanto que la francesa dará una clase práctica de curas atendiendo una paciente, la japonesa impartirá una clase magistral (cara a Marie-Lou pero también cara al espectador) sobre el impacto del sistema capitalista en el descenso de natalidad nipón.

El director de Drive my Car utiliza como en aquella ocasión una estrategia muy elaborada para mostrar sus objetivos que son, en parte un análisis de la vida y la muerte como fenómenos que recorremos, en parte mostrar la empatía y la amistad como herramientas de resiliencia. La estructura de la cinta pasa, por ello, de una narración muy expositiva durante una hora a la secuencia climática mencionada (que se desarrolla durante cerca de otra hora) para, posteriormente, mostrar el impacto de una en la vida, personal y profesional, de la otra y viceversa.

La excelente secuencia que nos lleva de la calle al geriátrico, de la fiesta a la tristeza, lleva al espectador a una tercera parte de la cinta mucho más optimista en la que la enfermedad se vive con normalidad, como parte de la vida, y en la que Mari y Mari-Lou plantean una actitud positiva en todo momento. Si bien Hamaguchi peca de ingenuidad en algunas escenas (los masajes de pies mutuos entre cuidadores y enfermos), el humanismo que despiden las imágenes confieren a Soudain una extraordinaria fuerza vital que se contagia al espectador y transforman la potencial densidad de la obra en una cinta que se antoja liviana.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.