Ciertos sectores de la crítica cultural siempre han parecido tener una cruzada contra el fenómeno pop. Todo aquello que, precisamente por no ser un desafío intelectual, consigue llamar la atención y la admiración de millones de personas. Esta corriente de desconfianza hacia la cultura popular, sin embargo, suele obviar tendenciosamente la función social del entretenimiento de masas; una canción de amor escrita a ocho manos en un despacho y saturada de filtros vocales puede no hablar a las claras del estado del panorama artístico contemporáneo, pero le puede cambiar la vida a una pareja de adolescentes. El cineasta irlandés John Carney ha dedicado su selectiva filmografía a reivindicar el poder sanador de la música pop, además de rendir pleitesía siempre que puede a su querida isla escarlata.
En Letras robadas Carney regresa a los temas que han dominado su filmografía y vuelve a incidir en el poder del proceso creativo en la composición musical, además de dignificar y reconocer a aquellos que se atreven a luchar por sus sueños de artista. La película sigue a un músico frustrado de mediana edad (Paul Rudd) que sobrevive tocando versiones en bodas. En uno de sus conciertos conoce a la estrella de una boys band —interpretado por Nick Jonas— y establecen una inesperada complicidad compartiendo composiciones e improvisando toda la noche. El conflicto surge cuando la superestrella del pop utiliza un estribillo de su nuevo amigo para producir un hit internacional sin atribuirle el mínimo reconocimiento.
El cineasta irlandés utiliza los mismos arquetipos que en sus otras películas para demonizar la industria de la música mientras sigue romantizando al artista. Carney siempre dibuja Irlanda como un estercolero en el que uno no puede más que sentirse atrapado y sus protagonistas luchan por cruzar el mar hasta Estados Unidos o Inglaterra. En Sing Street (2016), Conor (Ferdia Walsh-Peelo) montaba una banda junto al hijo de un cantante de bodas —de nuevo, el epítome del fracaso musical— para salir de su vida miserable en la Dublín de los ochenta y en Flora y su hijo Max (2022), la protagonista (Eve Hewson), encuentra un propósito gracias a unas clases de guitarra en línea con un músico de Los Ángeles. Para el director, la música se explica en su capacidad catártica y combativa, pero ve la industria como un fagocitador de sueños. Por eso, sus personajes más egoístas o negativos los interpretan estrellas del pop: Adam Levine en Begin Again (2013) o, en este caso, Nick Jonas.
John Carney ha vuelto a construir una película con la misma fórmula con la que se elaboran sus queridas canciones pop. El desarrollo narrativo y el mensaje no consiguen evitar ser pastelosos, la puesta en escena no deslumbra en ningún aspecto y ninguno de los elementos con los que trabaja es novedoso. Sin embargo, Letras robadas es una película con mucho corazón y, como una buena canción pop, tiene la capacidad de permanecer en la mente del espectador durante mucho tiempo sin necesidad de virtuosismos.







