Una película de miedo, de Sergio Oksman

Sé lo que hicisteis el último verano

Tarde o temprano, toda imagen alberga fantasmas, dice Sergio Oksman (São Paulo, 1970), que los persigue de nuevo aquí, entre los fotogramas de esta película de miedo, como lo hizo antes (y no solo) en Una historia para los Modlin (2012) y en la magnífica O futebol, reverso paralelo y espejo de la que ahora nos ocupa.

Una película de miedo sigue a un director de cine y su hijo de doce años que se alojan durante unos días del verano de 2023 en un hotel abandonado de Lisboa, un Overlook de andar por casa, de elegante pasado y mustia moqueta roja que, si lo tuviera, sangraría saudade por el ascensor. Sergio (el director) y Nuno (el niño que aún juega, pero a quien le empiezan a gustar las películas de miedo), dueños provisionales de todas las llaves, de los mandos a distancia de todas las teles y del bar, toman posesión del Terminus, que así se llama, como quien conquista el instante que precede a cualquier final.

La película parte de la escenografía de un cuento de terror (el caserón vacío de paredes desconchadas, la habitación prohibida) pero sus motores (el abandono, la maldición, el destino escrito —o no— en los genes, los errores de un pasado que nos persiguen) no son ficticios, sino que surgen de la propia historia del director: su abuelo abandonó a su abuela y a sus hijos, su padre también le abandonó a él.

I will follow you into the dark

En el siglo XIX, una corriente pseudocientífica aseguraba que se podía prever el comportamiento criminal de una persona por sus rasgos faciales. Cuando estudiaron el cráneo de Diogo Gomes, primer serial killer portugués, que desvalijaba a sus víctimas y las tiraba viaducto abajo, encontraron ocho anomalías en su cráneo. ¿La maldad es hereditaria? ¿la maldición se puede romper? Sergio y Nuno se aventuran con una linterna por los oscuros pasillos del acueducto lisboeta en el que Gomes actuaba y ven las películas que en los primeros años del siglo XX se rodaron allí sobre su vida. La primera de ellas, inconclusa, sitúa el viaducto a la izquierda y el crimen a la derecha. La otra se repite plano a plano, pero al revés.

Oksman se embarca también en ese juego de espejos. Cuando su padre les abandonó, se fue a un hotel durante unos días y acabó viviendo allí 15 años. En 2013, cuando el director tenía ya 44 años, se acababa de separar y residía provisionalmente en un hotel, llamó al padre que le abandonó para reencontrarse con él en Sao Paulo. ¿De qué podían hablar padre e hijo, dos hombres adultos, con una elipsis de más de tres décadas entre ellos? Esa pregunta tiene solo una respuesta posible. Oksman volvió a Brasil en 2014 con la intención de ver el Mundial de Fútbol con su padre y filmar esos encuentros, buscar el tiempo perdido en las rutinas que jamás tuvieron, con los partidos de fondo como prueba y señal de que la vida sigue. De sus conversaciones en el coche, único hogar compartido de sus vidas, se compone O Futebol.

Doce años después, en Una película de miedo, Oksman al otro lado del espejo ya no es el hijo, sino el padre de un niño llamado Nuno, y se dedica a perder el tiempo con él para intentar ganarlo mientras varios fantasmas gravitan alrededor. Los fantasmas del director o de la historia —si es que son distintos— habitan en todos los espacios vacíos que filma y en los que se recrea: la pelota que rebota sobre el papel pintado, los polvorientos pasillos, la piscina vacía. Espacios desiertos que hacen patentes a quienes no están y no estarán, mientras padre e hijo, presencias pasajeras, inquilinos de ese instante, charlan fuera de campo.

La realidad supera a la ficción

Oksman es documentalista y, como demostró en Una historia para Los Modlin y en la propia O Futebol, especialista en componer relatos con fragmentos, en montar su discurso con pocas piezas: una casa, un misterio sumamente endeble, unas películas viejas. Con esos mimbres, declara una intención desde el principio: atrapar el momento, filmar el último verano de la infancia de su hijo. Para lograrlo (acierta en eso) lo mejor que puede hacer es jugar con él a lo que sea, a la casa encantada por ejemplo, mientras va soltando cuerda y le deja ver pelis de terror prohibidas hasta entonces. Le acompañan en este teatrillo dos personajes intencionadamente etéreos o desdibujados (como fantasmas, se diría): el amigo y encargado del hotel (el fotógrafo portugués Daniel Blaufuks) y una mujer de su pasado, cineasta también (la directora y actriz portuguesa Ana Moreira). Todo es real y todo es también puro atrezo, como el director se encargará de recordarnos en la última escena. Para entonces el niño habrá cruzando la puerta. No le dará ningún miedo. Y no podrá entender por qué a ti sí.

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