La doble vida de Verónica

La doble vida de Verónica, de Krzysztof Kieślowski

Una habitación más

Hace poco (re)conocí a una de esas personas que llegan con una familiaridad difícil de justificar. Algo antiguo en su presencia no encajaba con lo que tenía delante y provocaba una ligera incomodidad: la disonancia entre unas facciones y una voz nuevas y la impresión, casi física, de que aquello era apenas la forma reciente de algo ya conocido. Recuerdo entrecerrar los ojos, como si al alterar un poco la imagen pudiera aparecer el rostro al que alguna parte de mi cuerpo estuviera intentando volver. 

Podría buscar explicaciones razonables, pero la verdad es que esta vez no me apetece hacerlo. He decidido creer en las vidas pasadas. Me consuela y me ayuda a relacionarme con aquello que mi vida va dejando atrás: las cosas que posponemos hasta que ya no pueden suceder, las versiones de nosotros mismos que no llegamos a ser, las personas a las que quizás encontramos demasiado pronto o demasiado tarde y aquellas, como es ahora el caso, que sentimos y soñamos casi antes de materializarse.  

Una película que quizás estaría de acuerdo conmigo es La doble vida de Verónica (1991) de Krzysztof Kieślowski. Weronika vive en Polonia y Véronique en Francia. Ambas están interpretadas por Irène Jacob y comparten una misma sensibilidad musical, gestos semejantes y una enfermedad cardiaca. Weronika muere durante un concierto. Al mismo tiempo, en Francia, Véronique experimenta una repentina tristeza cuya causa desconoce. A partir de ahí abandona el canto y toma otro camino, como si un cuerpo hubiese aprendido del otro.    

No sabemos si estamos ante dos personas conectadas metafísicamente, ante dos posibilidades de una misma existencia o ante una fantasía sobre el destino. En lugar de explicarlo, la película acumula resonancias: reflejos en los cristales, imágenes deformadas, las marionetas, la música y esas tonalidades verdes y doradas, que le dan a toda la cinta un aspecto a la vez familiar y extraño.

Esa incertidumbre es corporal: los personajes la sienten sin entenderla. Toman decisiones desde esa parte de nosotros a la que no parece que tengamos acceso del todo. Como poseedora también de corazón defectuoso, imposible no quedarme con esa escena donde Véronique juega con un cordón sobre el registro de un electrocardiograma. El electro registra una vida y el cordón nos deja imaginarla como una trayectoria que puede cruzarse con otra, tensarse, romperse o continuar de otra manera. 

Otra escena vuelve todavía más extraña la relación entre ambas. Ocurre en la plaza de Cracovia. Allí Weronika ve desde fuera a Véronique entre un grupo de turistas. Véronique no la ve en ese momento, pero mucho más tarde, al revisar las imágenes del viaje, descubre a una mujer que tiene exactamente su rostro. Lo perturbador no es solo encontrar un doble, sino comprender que había estado delante de nosotros antes de que supiéramos que debíamos mirarlo. 

Pero Kieślowski tampoco nos deja demasiado cómodos en ese no saber. Con la aparición de Alexandre, interpretado por Philippe Volter, esa lectura del destino empieza a torcerse. Este titiritero construye deliberadamente señales para que Véronique las siga. Resulta casi cruel descubrir que aquello que parecía guiarla misteriosamente había sido diseñado por él.

Hacia el final, Alexandre fabrica dos marionetas idénticas a Véronique. Cuando ella pregunta por qué hay dos, la respuesta es sorprendentemente práctica: durante las representaciones las marionetas se estropean y necesita una de repuesto. Después de toda una película buscando correspondencias entre las dos mujeres, esa explicación me decepciona. Puede que no todo lo doble encierre un misterio. El destino puede ser esa fuerza invisible que conecta dos existencias. O tan solo nuestra necesidad narrativa de encontrar un dibujo donde no había más que una sucesión de acontecimientos. 

Supongo que por eso estoy leyendo esta semana El puente donde habitan las mariposas, de Nazareth Castellanos, pensando tantas veces en Véronique. No espero que la neurociencia venga a explicarme las intuiciones de Kieślowski, ojalá no lo haga nunca, pero me gustan las investigadoras como Nazareth que tienden a desconfiar de esa separación demasiado limpia entre mente y cuerpo. 

El libro habla de la plasticidad cerebral, de las huellas que otros dejan en nosotros, de Heidegger y su “habitar” como una forma de estar en el mundo, de relacionarnos con lo que nos rodea y con nuestra condición mortal. Mientras lo leo vuelvo a Suely Rolnik, que me ha obsesionado este verano, y a su “cuerpo vibrátil” capaz de ser afectado sin que sepamos qué nos está ocurriendo. Y también a las arañas, como una forma de pensar una existencia hecha de relaciones, de hilos y de aquello que nos une, aunque no alcancemos a verlo del todo. Me gusta pensar a Véronique ahí, como alguien que habita una realidad propia, pero con habitaciones por las que alguien hubiera pasado antes. 

Esta mezcla entre filosofía y neurociencia me viene muy bien ahora mismo. No necesito que ninguna de las dos valide lo que decido creer; me basta con entender que nuestra conciencia no tiene un acceso transparente a todo lo que sucede. 

Pensar en otras vidas no elimina la pérdida que supone aceptar los límites de la que ahora nos ocupa, sabernos mortales, al fin y al cabo, pero a mí me la vuelve un poco menos definitiva. Dejo abierta una habitación más para aquello que aquí no encontró dónde quedarse. Y también, por qué no, para quien aparece con una forma completamente nueva y deja, pese a todo, la sensación de estar regresando.

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