A sus 88 años, Ridley Scott sigue dirigiendo películas, no solo a un ritmo trepidante (cinco películas en los últimos seis años), sino que la escala de sus obras mantiene la magnitud de los blockbusters que representan su carrera. Otro debate es si su nivel de inspiración es el mismo que el de hace treinta años; pregunta lícita después de sus irregulares Napoleón (2023) y Gladiator II (2024). Incluso en sus filmes más irregulares, Scott sigue demostrando ser un gran narrador visual y un contador de historias nato. Si los guiones de sus anteriores películas no estaban a la altura de su filmografía y culminaron en dos obras mediocres; La constelación del perro tiene un libreto más redondo y cuidado, lo que permite brillar al director con un film, quizá menos ambicioso, pero mejor trabajado.
Basada en la novela de Peter Heller, La constelación del perro es un relato de supervivencia post-apocalíptica que se centra menos en la causa del fin del mundo y dirige la mirada a las personas, las relaciones y el cariño que seguimos necesitando para sobrevivir; incluso tras la devastación total. Jacob Elordi encarna a un piloto viudo que no se conforma —a diferencia de su compañero interpretado por Josh Brolin— con sobrevivir y quiere buscar gente más allá de las fronteras de su fuerte. En el proceso, conoce a un padre y una hija (Guy Pearce y Margaret Qualley respectivamente) y establecerá una relación de ayuda y apoyo con ellos.
Las mejores imágenes de la película son las de aviación. Ridley Scott se permite tiempos muertos entre las escenas de acción para poner en valor los Estados Unidos que normalmente no se ven; allí donde el fin del mundo llega más lento. La película reivindica solo con su belleza las granjas de Nebraska, los cultivos de Iowa y los ranchos de Idaho. Para el protagonista (y para la audiencia), el vuelo es un lugar seguro, es hermoso y confortable; el paisaje no se puede estropear y la sociedad del futuro está en las montañas y los prados.
La cinta acierta al poner el foco en el lado humanista del fin del mundo y evita recrearse en las causas o una compleja construcción de universo. Scott no busca un estetismo excesivo y se sirve de una puesta en escena que destaca el trabajo actoral y el sentido de la belleza natural de Estados Unidos. Aún así, las pocas escenas de acción están cuidadas, especialmente una secuencia rodada con un efecto de visión nocturna que acerca a la película, por un instante, al género del terror.
La constelación del perro no aspira a tener la magnitud de las grandes obras maestras de su director, pero esta falta de pretensiones en la escala le permite ser más redonda que los recientes filmes de Scott, que han resultado ser irregulares en fondo y forma. El veterano cineasta inglés vuelve a demostrar su capacidad para explicar la condición humana desde la ciencia ficción y sale airoso de un relato que combina el intimismo con el género postapocalíptico.







